A ritmo de vals circulaban sobre la pista unas
quince parejas de todas las edades. Eduard las dirigía y corregía, desde el
centro del salón, con un correcto castellano matizado por su inconfundible
acento alemán, a pesar de llevar más de treinta años residiendo en Palma de
Mallorca. Su mujer Elisabeth una inglesa de sesenta y cinco años, esbelta y
elegante, que conservaba aquellos rasgos que delatan una gran belleza en la juventud,
tarareaba el característico ritmo de vals, desde la zona elevada al fondo del
antiguo salón de bailes, mientras señalaba el compás con las manos. Ambos formaron
una gran pareja galardonada internacionalmente. Ahora en su edad de oro se
dedicaban a la enseñanza de lo que había sido su vida.
Jaime
se afanaba por mantener el paso. Hacia un mes y medio desde que acompaño a su
amigo Vicente por simple y llana curiosidad, ahora todos los viernes iba a
tomar clases sin faltar. Era uno de los jovencitos de la sala, con tan solo
veintidós años. Su pareja solía ser Luisa, una de las pocas mujeres que acudían
en solitario a la academia del señor Eduard. Luisa tenía cerca de treinta años
y al principio le impuso algo de respeto, pero su carácter afable y su falta de
pericia, similar a la del novel Jaime les hizo congeniar enseguida. Luisa no
era una mujer que Jaime pudiera considerar bella, pero si hermosa y con un
especial atractivo, no solo físico. Le atrajo su jovial madurez, sus
experimentados rasgos, su confortable sensualidad, y su alegre carácter. Poco
duraron sus expectativas, tras confesar Luisa su relación con un hombre casado,
en una de las conversaciones mediante las que se iban conociendo, entre baile y
baile.
Aquella
tarde Jaime se esforzaba por tirar de su pareja. Luisa en un visible estado de
desanimo, había acudido a clase tras la insistencia de su hermana Clara, que
junto a su novio eran una de las más experimentadas parejas de la sala. Jaime
no había querido preguntar por el contundente moratón que mal disimulado por el
maquillaje lucia en el ojo derecho Luisa. Había tratado de animarla, con malos
chistes, y jocosos comentarios de los desaciertos de otras parejas, y de los
suyos propios, arrancando algunas tibias sonrisas de los labios de Luisa, y
algún que otro monosílabo. Entre bailes, y en los distintos cambios de pareja
que se iban sucediendo Jaime consiguió, con la ayuda de Clara, que un grupo se quedaran
al final de clase para picar algo en un pequeño celler entre el carrer de la Botería
y de la Mar, en la zona de la lonja, y luego tomar una copa en el Ábaco. Luisa
acepto a regaña dientes, oliéndose la jugada pues en varias ocasiones había
declarado su predilección por la decoración romana de este local y su ambiente
refinado.
En
el pequeño celler ocuparon una mesa para diez comensales. A pesar de la animada
conversación Luisa se mantuvo esquiva y pensativa. Durante el pequeño paseo
desde la taberna, por la Botería y el Paseo de Sant Joan, hasta el Ábaco Jaime
decidió hacer las dos difíciles preguntas ¿Por qué? Y ¿Cómo? A lo que Luisa
correspondió con evasivas, y acabo alegando un estúpido accidente doméstico.
Cuando
comenzaron con el segundo gyn tonic, el grupo se había reducido a siete personas, Luisa, Jaime, Clara y su novio Miguel y tres mujeres cercanas a los
cuarenta años, Magda, Luna y Silvia, todas rebosantes de energía y un aguante
al alcohol de primera, pues las copas de vino durante la cena cayeron de tres
en tres. Luisa parecía más animada, la conversación había pasado por distintas
fases, y ahora ganaba cierta profundidad cuando alguien pronuncio la palabra
“patriarcado”.
-
Como
yo lo veo, esto sigue igual. Que si discriminación positiva que si políticas de
igualdad, y al final mi jefe es un tío, el único del departamento. – aclaró Magda
la mayor del grupo.
-
Y
que esperabas, el patriarcado subyace históricamente en nuestras mentes, se
transmite de generación en generación. – afirmo Luna, con rotundidad.
-
Y
sobre todo lo trasladan las madres. – puntualizo Jaime con cierta cautela.
Miguel
se removía incomodo ante la severa mirada de su novia. Clara se levanto.
- Bueno
chicos y chicas – enfatizo la dualidad, arrastrando la palabra – nosotros nos
vamos mañana tenemos lío en casa de Miguel. – dijo mientras ofrecía la mano a
su novio.
Todos
se levantaron para despedir a la pareja, en un cruce de besos y parabienes muy
protocolario.
- Creo
que yo también me debería ir. El sexo masculino me deja solo, y expuesto ante
experimentadas mujeres. – sentencio Jaime con una ligera sonrisa y un guiño
para Luisa.
-
Ni
se te ocurra. Has sido el promotor de todo esto, y tú te quedas hasta el final.
– le corrigió Luisa.
Apuraron
sus copas entre risas, con algunas de
las chanzas que Silvia locuazmente relataba sobre hombres. Ya con Luisa
bastante animada y sonriente. Nadie parecía tener prisa el ambiente distendido,
la conversación y los efectos del alcohol, habían generado una atmosfera de
camaradería entre las cuatro mujeres, donde Jaime no parecía encajar pero lo
disfrutaba como una más.
-
Os
propongo tomar la última en un apartamento del que dispongo, aquí cerca en la dársena
de Santa Bárbara. – ofreció Luisa gentilmente, mientras hacía señas al camarero
para que trajera la cuenta.
-
Está
claro que esto no lo podemos dejar así, en lo mejor. – afirmo Luna.
-
Y
lo que está aprendiendo este joven. – dijo Magda.
- Y
lo que le queda. – apunto Luisa mientras cogía a Jaime de la mano y tiraba de
él en dirección a la salida.
Todas
asintieron y emprendieron la marcha tras ellos.
Luisa
abrió la puerta. Encendió las luces, y un gran ventanal en el amplió
apartamento con vistas al puerto y el paseo marítimo, suscito palabras de
exclamación entre sus invitados. Luego dedico unos breves minutos a mostrarles la
lujosa vivienda decorada de manera sencilla pero elegante. Además, disponía de
un dormitorio con una esplendida cama de agua, donde Silvia se permitió una
pequeña voltereta, entre risas y chismorreos obscenos de la concurrencia.
Enseño la cocina con los más modernos electrodomésticos, y finalmente un
precioso baño con jacuzzi. De vuelta a la sala Luisa se acerco al mueble bar, y
saco varias botellas.
-
Jaime,
cielo, serias tan amable de traer hielo de la cocina.
Jaime
que miraba por el ventanal, sin decir nada, se dirigió a la cocina.
-
No
encuentro la nevera. – alzo la voz desde la puerta.
-
Esta
dentro de la despensa, junto al tendedero.
-
Ok.
Abrió
la puerta de la despensa, y sin encender la luz se dirigió al frigorífico. Le
costó encontrar el dispensador de hielo, saco una bandeja llena de hielo con
ambas manos y al salir cerró la puerta con un punta pie. El portazo hizo que el
cadáver que se encontraba escondido entre la nevera y el escobero rodara por el
suelo. Jaime miro hacia atrás con una expresión dura pero continuo hasta el
salón.
Una
vez sentados junto al mirador en unos cómodos sofás, Luisa ofreció algo que
beber a sus camaradas de farra.
-
¡Cómo
te cuidas Luisa! – dijo Luna mientras ofrecía su vaso para que Luisa le
sirviera un whisky de veinticinco años. - Y un par de hielos, por favor.
-
¿Qué
tomaras, Jaime?
-
Yo
preferiría seguir con la ginebra y la tónica.
-
Perfecto.
Cuando
todos dispusieron de un vaso en la mano, Jaime propuso un brindis.
-
¡Por
las grandes mujeres!
-
Por
ellas. – corearon todas al unisonó.
Entrechocaron
sus vasos y bebieron, y tras un pequeño silencio lleno de miradas. Luisa tomo
la palabra.
- Os
agradezco vuestro apoyo y amistad. He de ser franca con vosotros, este moratón
no es fruto de un accidente. – hizo una pequeña pausa para coger aire – He sido
objeto de una agresión por parte de mi amante, tras una discusión ayer noche,
aquí mismo.
-
Ese
hijo puta, no te merece, sea quien sea. – intento consolarla Silvia al notar el
temblor de su voz.
-
Mierda
de tíos ¿Quién los necesita? – continuo Magda con una torcida expresión en su
boca.
Jaime
seguía callado, circunspecto. El había supuesto lo que había pasado, estaba
prácticamente seguro de ello. Creía conocer a Luisa lo suficiente, una mujer
abierta y sincera, para advertir no solo los signos inequívocos de aquel golpe.
- No
lo entiendo. Se ha desvivido por mí, me ha cubierto de regalos y atenciones,
este apartamento me lo cedió para que hiciera lo que quisiera. ¿Qué ha
cambiado? – hizo una pausa que parecía buscar una respuesta – Durante el último
mes su mal carácter, su agresividad verbal hacia mí. Al principio lo achacaba a
problemas en los negocios, luego… no sé qué pensar. Todo lo que yo hacía estaba
mal, y…. – termino con un breve sollozo.
- Parece
la historia de mi vida, cariño, solo que fue durante diez años. Hasta que tuve
los arrestos de separarme de aquel mal nacido. – expuso con mucha frialdad
Magda.
Luna
y Silvia se removieron en sus asientos, mirando a Magda con vivo interés. Jaime
se sentó junto a Luisa y la tomo por las manos. Luisa bajo la cabeza, y Jaime
cogiendo su barbilla la levanto y le deposito un suave beso en el ojo
amoratado, ante la atenta mirada del resto.
-
No
solo duelen los golpes.
- Así
es Luisa. Yo también he sufrido la violencia de un macho engreído en mi puesto
de trabajo. Nunca me pego, pero el trato autoritario, vejatorio, rayando lo
violento, los comentarios insultantes por parte de mi jefe duraron lo
suficiente para que tres años más tarde tenga que seguir en terapia, y me
cueste hablar de ello ¡Y todo por ser mujer! – termino Silvia con un visible
temblor en sus palabras y en sus labios.
-
Bueno
parece que hemos entrado en el terreno de las confesiones de lo inconfesable. –
apunto Luna.
-
Porque
debe ser inconfesable ¿Por qué? – alzo la voz Jaime, y todas quedaron
paralizadas – No lo entiendo. Soy un hombre. Sí, pero lo comprendo. No entiendo
que nos pasa…. Tampoco somos todos ¡Pero esto es una puta mierda! – se le
quebró la voz.
Un
silencio agónico sobre paso la estancia. Todos permanecían con la mirada
perdida. Luisa metió la cara entre las manos. Luna decidió romperlo.
-
Me
toca. Yo también tengo mi historia y bastante reciente.
-
Coño,
no se salva nadie. – interrumpió Magda.
-
Todavía
no se lo he contado a nadie. No sé si porque nadie me creería o porque no sirve
de nada. Lo cierto es que mi socio ha estado acosándome sexualmente. Hace un
año que participo en una empresa inmobiliaria, fruto de la absorción por una
gran cadena de la isla de mi pequeña y exitosa agencia. Al principio, que si
estas muy buena, que si tu novio se lo pasara en grande, y pensé bueno otro que
quiere hacerse el gracioso. Pero desde hace dos meses comenzó a mirarme
descaradamente el escote o el trasero, luego a tocarme el culo haciéndose el
encontradizo, y por último, intento besarme y meterme mano la última vez que
nos quedamos solos.
-
Menudo
cabronazo, lo habrás denunciado ¿No? – pregunto Silvia.
-
Sí,
mi abogado le mando un buro fax pidiéndole que se mantuviera a distancia de mí,
y el hijo de la gran puta ha arruinado la sociedad llevándose por la puerta de
atrás todo el capital disponible a otra de sus sociedades, dejándome en la
ruina. – increíblemente Luna parecía serena al terminar sus historia.
-
Siento…,
de verdad, siento mucho que por mi culpa estemos todas reviviendo miserias. –
dijo Luisa con un acentuado tono de culpabilidad.
-
No
te preocupes, mujer. – la tranquilizo Magda – Mi desgraciado matrimonio me hizo
más fuerte. Me hizo valorar más a mis amigos, los de verdad, que disfrutara mi
tiempo ¡Que viviese! Aquel cabrón me tuvo meses pleiteando, difamándome,
puteándome todo lo que pudo ¿Aquello me ha dejado huella? Sí, por supuesto pero
ahora soy yo, no su sombra, ni su paño de lagrimas, ni su puta cuando no tenía
con quién acostarse. Me cago en su negro corazón.
Magda
levanto el vaso lentamente.
-
Por
nosotras. – propuso.
Y
todos acudieron a golpear el cristal de aquella copa, animosamente. Para luego
apurar el vaso hasta el final, con ansia.
-
¿Quién
quiere otra? – mostró el vaso vacío Luisa.
-
Voy
a por más hielo.
Y
se levanto rumbo a la cocina. Jaime con rostro serio siguió con la mirada a
Luisa.
Un
grito agudo y angustiado que parecía surgir del centro de la tierra sobresalto
a todos los presentes. Jaime abandono a la carrera la habitación. Tras el
corrieron Magda, Luna y Silvia. Delante de la puerta pudieron observar como
Jaime sujetaba a Luisa que parecía desplomarse, mientras miraba un oscuro bulto
en el suelo. Se acercaron, lentamente, con cautela ante lo que pudieran
encontrar. El grito fue unánime.
-
¡Dios
mío! – exclamo Silvia.
-
¡Ostias!
– grito Luna pegando un brinco.
-
¡Será
hijo puta! – se acerco Magda dándole una patada con saña.
Jaime
una vez comprobó que Luisa se encontraba bien, la dejo sentada en una silla de
la mesa de la cocina. Volvió hacia la despensa, apartando a las tres mujeres, y
cerró la puerta.
-
Venga,
vamos. – tras una breve pausa dubitativa – Habrá que llamar a la policía.
-
Espera
no te precipites. – replico Luna.
Silvia
se había sentado al lado de Luisa, Magda y Luna hicieron lo mismo, y Jaime fue
a buscar una silla al salón para hacer lo propio. Un silencio oscuro,
tenebroso, sobrevolaba la estancia. Las miradas hacia la puerta se repetían una
y otra vez.
-
¿Por
qué le has dado una patada? – pregunto Luisa dirigiéndose a Magda.
-
Ese
hijo de puta es… era mi exmarido ¿Se puede saber que hace muerto en tu cocina?
-
Era
mi amante, el cabrón que me hizo esto. – Luisa se señalo el ojo ostensiblemente
nerviosa – No sé porque está muerto, algo que no puedo negar que deseara ayer
por la noche.
-
Bien,
vale, pero habrá que llamar a la policía, insisto.
-
Antes
de hacer nada valoremos la situación. – apunto Luna con una pasmosa serenidad.
-
Hijo
de puta, cabrón, cabronazo, muérete, cerdo, cerdo….
-
Tranquila,
tranquila…. Respira hondo, relájate. – intervino Jaime ante la crisis de
Silvia.
-
No
sé qué está pasando aquí, pero ese hombre además de ser el exmarido de Magda y
el amante de Luisa, era mi socio, el hombre que me ha dejado en la ruina, que
acabo con la empresa de mi vida. No estoy apenada por su muerte.
-
Un
come mierda, y un jefe hijo de puta. También es eso. – concluyo Silvia con
lagrimas en los ojos y una medio sonrisa que daba miedo.
Luisa
se levanto y comenzó a caminar en círculos como una autómata. El resto calló.
Nadie se atrevió a intervenir. Las miradas se entrecruzaron en todas
direcciones, el ambiente se fue serenando lentamente. Jaime se acerco al
fregadero tomo un vaso y lo lleno de agua. Se lo bebió de un trago y lo volvió
a llenar.
-
Me
das uno a mí. – pidió Silvia.
-
¿Estamos
seguros de que está muerto? – pregunto Luna con mucha serenidad.
-
No
me cabe la menor duda. – afirmo Jaime, una vez que se hubo sentado.
-
Lo
que esta claro es que ese hombre, es… era… tenía algo que ver, algo malo que
ver con todas vosotras.
-
Cierto.
– confirmo Luna – eso nos hace sospechosas a todas, yo diría que a partes
iguales.
-
Pero
yo no le he matado. – lloriqueo Silvia.
-
Si
no lo hice en su día porque habría de hacerlo ahora. – propuso Magda – Yo diría
que Luisa y Luna tienen muchos más motivos.
-
Tú
crees, de verdad, que si lo hubiese matado ocultaría el cadáver en mi casa.
-
En
su casa, querrás decir cariño. – puntualizo Luna.
-
Vale,
y que más da. Yo no he sido.
Todos
miraban a Luna esperando una confirmación de lo que pasaba por sus cabezas.
-
No
pensareis que he sido yo. O sí, claro que lo pensáis. Pues quizás haya sido yo,
pero igual que todas vosotras. Que casualidad, todas tenemos cuentas pendientes
con ese hombre, somos amigas que bailan juntas en la academia del señor Eduard,
y todas acabamos en casa de la victima el día de su muerte.
-
Creo
que Luna tiene razón. Habría que valorar todo esto antes de acudir a la
policía.
-
Sería
mejor evitarlo. – intervino Magda.
-
Quién
va a echar en falta a este demonio. No tiene amigos, no tiene mujer, ni hijos,
ni socios, ni empleados, ni familia. Deshagámonos del cuerpo y punto final. –
propuso Luna con mucha seguridad.
-
¿Qué
opinas Luisa?
-
No
sé, Jaime. Esto me sobrepasa.
-
¿Y
tú, Silvia?
-
Creo
que Magda y Luna pueden tener razón.
Un
nuevo silencio se instalo en la sala. Todos mostraban con de cansancio y
abatimiento. Luna se levanto en dirección a la despensa y abrió la puerta.
Todos se giraron con un gesto reprobatorio.
-
¿Qué
hacemos? No cabe duda que era un desgraciado, una mala persona, de esas que la
sociedad puede prescindir ¿Cómo puedo ayudaros?
-
Jaime,
tienes que deshacerte del cadáver. Tu no eres sospechoso de nada ¡Hazlo por
nosotras! También por todas las mujeres que sufren la violencia que tú genero
provoca. Podrías compensar un poco esa balanza tan inclinada entre hombres y
mujeres.
-
No
me parece… no sé que decir. Os comprendo, os entiendo, os quiero, pero esto no
me parare correcto.
-
Es
correcto acosar en el trabajo, es apropiado golpear mujeres, es justo abusar
sexualmente de ellas, es apropiado machacar ex esposas. Yo creo que no. –
insistió Luna.
-
Bien
os ayudare.
Dispusieron
todo para hacer desaparecer el cuerpo inerte de aquel hombre. Jaime se encargo
de buscar un medio de transporte. Silvia y Luisa limpiaron a fondo el
apartamento, mientras Magda y Luna, mucho más tranquilas, envolvieron el
cadáver con sabanas y bolsas de plástico. Tras planificar las coartadas de cada
una de ellas, y abandonar de manera secuenciada el apartamento, Jaime espero a
que pasaran los servicios de limpieza y a las cuatro de la madrugada, tras
comprobar que no encontraría a nadie por los alrededores, empujo un carro con
el difunto al fondo de la dársena, al que amarro varias pesas con cinta americana.
Luego volvió paseando por el paseo marítimo canturreando “Tonto, tonto eres, no
te pienses mejor que las mujeres. Malo, malo eres…”
¡Perdón!
Con permiso ¿Te importa que me explique?... La verdad es que estaba deseando que
me lo pidieran, es más lo había planificado hasta el último detalle. Yo era el mínimo
factor común. En el segundo mes de mis prácticas, hace cinco años, en el
despacho de mi tío Alberto conocí todos los entresijos del traumático divorcio
de Magda. Javier su exmarido la acuso de cuanto pudo y más, sus abogados
destrozaron con pruebas falsas y manipuladas la pobre defensa que planteó el
buffet donde era becario. De Luna conocí, recientemente, todos los ardides
legales y alégales que utilizo Javier para apropiarse de su negocio, dado que trabajo
contratado para Fuster&Borrás gabinete jurídico que defendía los intereses
del finado, y tuve fácil acceso al dosier. En cuanto a Silvia da la casualidad
que mi hermana Laura era su terapeuta, y fue muy sencillo acceder a su
expediente, de esto hace ya dos cuando localice al que fuera amante de mi madre.
Francamente ese engendro la había dejado muy tocada. De Luisa, y su relación
con aquel hombre, por llamarle de alguna manera, tuve conocimiento tras haberle
seguido durante varios meses. Entablar amistad con ella era pan comido, primero
por que es una estupenda persona, y segundo cuando sabes todo lo que yo sabía.
Alguien
se preguntara que hago yo en medio de todo esto. Cuatro mujeres maltratadas por
el mismo hombre. El nexo en común arranca hace seis años. Desde entonces lleva
mi madre ingresada en un hospital, imposibilitada de cuello para abajo tras
sufrir un brutal accidente allí en aquel apartamento. Sí, en el mismo que
acabamos de abandonar. Ella nunca quiso confesarme lo inconfesable, y siempre
sostuvo que se trato de un tonto accidente doméstico en casa del entonces su
amante. Por supuesto nunca la creí, o más bien nunca lo entendí.
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