martes, 26 de agosto de 2014

La boleta

En aquella pequeña habitación, mal iluminada, en la trastienda del bar de Juanfran, antiguo entrenador de nuestro equipo de futbol, entre el denso humo, el olor agrio a sudor, entre carcajadas socarronas, parecía que el tiempo no hubiera pasado. Tras una cena emotiva, cargada de viejos recuerdos, con café, muchas copas y puro, volvimos a compartir una velada de cartas.

Hacía más de tres años que llevaba sin ver a mis amigos. Así que entre naipe y naipe, nos fuimos poniendo al día de nuestras últimas peripecias, mezcladas con recuerdos de los buenos momentos, y de algunos no tan buenos.

Borja repartía las cartas. No había perdido su falta de habilidad con el tiempo, y hasta en tres ocasiones se le había caído la baraja.

-      Te hiciste las “Américas” en tres años, no está mal, nada mal. Te hemos echado de menos Ángel - me disparaba Borja a bocajarro mientras torpemente repartía las cartas.
-  Gracias. No pare de trabajar


Enfrente de mí Gaby revisaba un boleto de apuestas. Le gustaba el futbol con locura y era un sufrido hincha del Atlético de Madrid.

-    Una y otra y otra.... No hay manera. El Atleti siempre me la lía.
-    No juegues haz como yo, te quitas de problemas y ahorras una pasta. - apuntaba Carlos de manera muy sensata a pesar de las copas que llevaba encima.
-     Joder, si que estuvimos a punto de pillar una buena, desde entonces yo tampoco he vuelto a jugar. Sí señor, el último fin de semana que pasamos juntos hasta hoy – dijo Borja mientras terminaba de repartir las últimas cartas.
-       Ves Gaby. Haz como Borja y yo. Deja esa afición idiota. Y sobre todo deja ese equipo lastimero que siempre la caga – insistía Carlos que era madridista hasta la médula.
-     Yo tampoco he vuelto a jugar a las quinielas, en Estados Unidos no hay afición al fútbol, aunque se apuesta a todo. Nunca he tenido suerte en los juegos de azar. – dije con cierta tristeza.

Todos nos miramos de reojo, a la vez que interpretábamos la jugada que las cuatro cartas que teníamos entre las manos nos ofrecía. Gaby me guiño un ojo, en otra situación podría haberlo interpretado como un signo de complicidad, incluso pensé en ello, pero evidentemente se trataba de una treinta y una, y encima era mano.

De repente Carlos, dejo las cartas sobre la mesa, y con un tono evocador, rayando en la tristeza, nos miro sombrío diciendo.

-    Si que fue mala suerte, si hubiéramos acertado aquel maldito Sporting-Oviedo, ahora seriamos millonarios. Ángel no tendría que haber ido a Florida y yo no tendría que haber aceptado aquel jodido trabajo en Carrefour. Y tu no....
-          Yo no tendría que aguantar borrachos todas las noches vomitando por el Metro. Menuda mierda. – dijo Gaby de manera cortante, y dura.
-          Y que pasa con los cuatro años que me he tirado haciendo la puta carrera que a mi padre se le antojo. Lo peor es que estoy sin blanca, no me suelta un duro. – levanto la voz Borja con cierta mala leche.
-          Etc, etc, etc. Ahora el que la pilló, estará forrado - apunto pensativo Carlos.
-        Nunca se supo quien la engancho - expreso Gaby dejando las cartas sobre la mesa una a una, como intentando recordar.
-     Imagino que como siempre, el que acierta se marcha a las Bahamas ipso facto – dijo Borja con una mezcla de ironía y melancolía.
-   Aquella noche tan desafortunada habíamos quedado como todos los domingos y nadie apareció, excepto… - continuo diciendo Gaby.

<<Así recordó Gaby aquella noche en la barra del bar, tomando una cerveza importada que Juanfran traía directamente de Alemania, y nos esperaba mirando el reloj impaciente, cuando apareció María. La recordaba tan sensual, tan morena, tan angulosa,  que siempre sabía adornarse con aquellas posturas tan glamurosas. Recordaba su marcado acento porteño - se crío en Buenos Aires. Hija de inmigrantes españoles de segunda generación - mezclado con su perfecto castellano producía un efecto disonante y marcaba un aura desconcertante a su alrededor.

-          Hello, Gaby.
-          Y los chicos ¿Dónde andan? – conteste.
-      No creo que vengan. He visto a Carlos y andaba jodido con lo de la quiniela. Borja regaño con su Padre y Ángel andaba coqueteando con una preciosa amiga mía.
-          Casi me alegro, así tendremos tiempo tu y yo de...
-          No te alegres tanto, he venido a decirte que no los esperaras. Y a despedirme de ti – Le corto María
-          ¡Cómo! ¿Por qué? – pregunte sorprendido.
-          Lo hemos pasado bien.
-          Lo podríamos haber pasado mejor, pero tu … - me quede pensativo sin terminar la frase.
-      Déjalo estar, me equivoque con Carlos – me dijo con aquella frialdad que nos cautivaba mientras tomaba distancia de uno.
-          Todos habríamos querido ser Carlos – tome aire - Decidido me voy contigo.
-          He encontrado un trabajo fuera de esta ciudad y necesito estar sola un tiempo, ya sabrás de mí, chiao.
-          Llámame, o dame tu teléfono. – dije de manera dubitativa mientras la veía marchar.
-          O un beso. – termine diciendo para mí mismo mientras la veía salir por la puerta del bar.

Así era María. Perturbadora, imprevisible y cuando tomaba una decisión no había quién consiguiese torcer su camino concluyo Gaby>>

La noche había traído los ecos del que debió ser su último encuentro y Gaby, mientras daba un trago largo de su vaso, se dirigió a todos enseñando un boleto de apuestas.

-      Mirad todavía conservo una fotocopia de aquella maldita última apuesta – dijo Gaby al terminar de beber.
-          Sí, fue mala suerte que el Oviedo ganará al Sporting. – insistió Ángel.
-       De eso nada, que el Sporting mando a segunda al Oviedo, menudo cabreo tenía mi padre. – Afirmo Borja con contundencia.

<<También Borja rememoro como había vivido esos momentos, preludio de una larga separación entre nosotros.

-       En vez de preocuparte tanto de tus amigos, y de esa chica, deberías centrarte en la carrera – dijo mi padre, mientras bajaba del mercedes en la plaza del barrio donde había quedado con María.
-          Estudiar, competir, comprar, vender ¿Qué sabes de amistad, amor o compañerismo? Solo te interesa el dinero.
-      A ti también te interesa el dinero, pero el mío. En el buffet a mis espaldas dicen que eres un niñato holgazán y mal criado que sangra a su padre.

Borja tenía grabado en la cabeza hasta el último detalle y nos describía como María salía de un taxi saludando con un indescriptible gesto del brazo que parecía abarcar el mundo con cariño, y que siempre recordaría con nostalgia.

-          Esto último es hereditario pero yo lo hago por derecho, o no eres mi padre. Vete ya por ahí – le solté al pesado de mi padre.

Así Borja agarro del brazo  a María y salieron andando en dirección contraria, mientras su padre seguía recriminándole su despecho.

-          ¡Cómo está tu padre! No – me dijo María.
-          Así toda su vida, hoy peor que ha perdido el Oviedo, pero verte me alegra el día. Estás estupenda, para variar.
-    Espero no empeorar la situación. Los chicos no irán al café, tienen un gran disgusto por lo de la quiniela…. Y yo he venido a…. despedirme.
-    ¿Dónde vas? ¿Por qué te vas? Nos vas a dejar así por las buenas – intente que me diese alguna explicación.
-       Debo cambiar de aires, tengo una oferta de trabajo y…  debo irme. – María salió corriendo entre la gente y nunca más volví a verla>>

Todos habían olvidado las cartas. Gaby recostado sobre su silla apuraba su copa de Dyc con cola. Mientras yo escuchaba atentamente el relato de Borja, recostando la cabeza sobre un brazo encima de la mesa, que miraba a su vez las cartas como hipnotizado. Carlos abrió la cartera saco un papel que ondeo como si fuera una bandera.

-         Yo también guardo la fotocopia de aquella quiniela como una reliquia a la mala suerte, y debió ganar el Oviedo, sino la tendríamos acertada – dijo Carlos mostrando un papel muy ajado.
-          Pues, juraría que gano el Oviedo – asintió Gaby.
-          Veis fallamos ese resultado poniendo un 1 – continuo Carlos.
-          Deberíamos tener los 14 resultados. Porque gano el Sporting. Yo nunca mire un solo resultado pero de este estoy seguro – seguía manteniendo Borja.
-          Que no gano, que la revisamos…. – comenzó a dudar Carlos.

<<El recuerdo de María y él sentados en una mesa entre arrumacos mientras revisaban la quiniela invadió la mente de Carlos.

-          ¡Joder con el Oviedo! seguro que has cogido bien los resultados.
-          Sí, me los dio Ángel cuando me dijo que tenía que volver a Florida urgentemente. ¡Vaya suerte! nos ha roto la quiniela – se quejo María.
-          No hay manera. No voy a hacer una puta quiniela más – dije.
-          Siempre dices lo mismo. Déjalo, no te preocupes. Tengo que decirte algo importante.
-          Más importante que perder 200 millones – exclame sin saber lo que se avecinaba.
-          Me voy – me dijo María de una manera glacial.
-          Sí, vete a casa porque tengo un humor.
-          No Carlos, me voy de la ciudad. Te dejo.
-          Anda no digas tonterías, llámame mañana y hablamos cuando se nos pase lo de la quiniela.
-          Eso haré – me dijo para contentarme>>

Carlos con las manos en la cara y un tono lloroso, agravado por su embriaguez casi balbuceaba.

-          No volví a saber de ella.
-          Fue un día fatídico. – Le consolé.
-       Ángel, empiezo a pensar que fueron muchas casualidades en 48 horas, desde entonces no nos hemos vuelto a ver, tú, te fuiste de repente a Florida – dijo Gaby dirigiéndose a mí. - y hemos estado tres años sin saber de ti. María se marcho sin dejar rastro. El resto nos separamos. Pero, ¿Donde coño esta el boleto original? – acabo preguntando Gaby.
-          Siempre lo sellaba Ángel. - dijo Borja mientras se encolerizaba.

Borja se levanto señalándome, y Carlos secándose las lágrimas, se puso también de pie tambaleándose. El ambiente empezaba a enturbiarse de una manera preocupante.

-      ¿Dónde te metiste aquella noche? Tu tenias el boleto y te marchaste con el dinero, cabrón – me dijo empujándome Carlos, que había perdido la compostura y me incriminaba como a un delincuente.
-          Estas equivocado yo tenía un trabajo urgente que cerrar y... – me defendí.
-       Y te marchaste con la pasta y nos dejaste tirados, te voy a... – protesto Gaby, cortándome de manera acusadora
-     ¡Es un cerdo! pero así no solucionas nada, déjale que se explique. – dijo Borja mientras sujetaba a Carlos, alarmado por su agitación.

Estaba sudando, el alcohol y el agresivo calor ambiental que se había generado hacia que se inundase mi frente. Saque un pañuelo blanco con la inicial “M” bordada, para secarme el sudor.

-          No sé nada de ese boleto. Aquella semana estuve...
-          Más que un cerdo es un puto traidor  – me arrebato el pañuelo Gaby y se lo enseño a Carlos.
-        Lo voy a matar, de donde has sacado un pañuelo de María – se abalanzo Carlos sobre mí, trastabillando con la silla.
-          Dejad que hable, y luego me lo cargo yo – intercedió Borja, amablemente.
-          Lo siento, de verdad que lo siento. María me volvía loco como a todos y....

<<Me embargo un gran sentimiento de culpabilidad y comencé a explicar mi cena con María, aquella noche en la que los cuatro habíamos tenido algo que ver con aquella mujer, que nos encandilo a todos.

-          Me alegró mucho saber que quisieras cenar conmigo.
-          Te has vuelto una persona muy interesante, tanto ir y venir a EEUU te sienta bien. – me dijo María, con aquella voz y ese acento que me enloquecía.
-       Pues, tu estas tan radiante como siempre. Un poco más de vino – intentaba coquetear con mi mejor sonrisa.
-       Si gracias. Voy a ser sincera, me gustaría ir contigo mañana a Florida. Creo que tú y yo sintonizamos bien.
-          ¡Y Carlos!, ¿Qué hay de Carlos? – pregunte con gran sorpresa.
-          Eso acabo.
-          Pero, si ayer estabais de lo más enrollados.
-          Así es, pero las cosas pasan y....
-          Hay que aprovecharlas. Camarero la cuenta.

Acabe contando a mis amigos como tres años atrás los engañe. Me fui con aquella increíble mujer sin decir nada. No tuve valor para enfrentarme a ellos, y cogí aquel avión sin pensar en las consecuencias>>

-        Cacho cabrón,  nos dejaste sin quiniela y me birlaste la novia. – me empujo Carlos, chillando.

Parecía que se le había pasado la curda de repente. Me tenía contra la pared y Gaby y Borja detrás de él me traspasaban la piel con su mirada.

-          Os prometo que de la quiniela no se nada, recuerdo que aquella semana estuve muy liado y le pedí a Maria que sellara el boleto.
-          ¿Cómo? – me espetó Gaby, a tres centímetros de mi cara.
-          ¡Anda la ostia! – soltó Borja.
-          ¿Dónde está María, ahora? ¿Qué paso? – insistió Carlos abriéndose paso entre Gaby y Borja. Como en una carrera de relevos.
-          Pasamos tres semanas fantásticas y,  ... y luego desapareció. Nunca pensé que....
-          Que te utilizará como un juguete, y nos engañara a todos como a chinos. – acertó a decir Carlos como en un ataque de lucidez.
-          Y nos robase 200 millones, como quien quita un caramelo a un niño. – apuntilló Gaby.
-          ¡Joder con María! con lo buena que estaba. – lamentándose, añadió Borja.
-          ¡Ya te digo yo! –

Me miraron todos con ganas de pegarme y cierta envidia sana. Así es entre amigos.




FIN

domingo, 24 de agosto de 2014

Riesgos laborales

1.      Muy mal ambiente


Hay días para olvidar. Días en los que no debería haberme levantado de la cama. Días que podría confundir con una pesadilla. Este había sido uno de ellos.

Según entre en la oficina, cansado y ojeroso, tras una noche "toledana", percibí que la cosa aún podría empeorar. La noche había sido un ir de aquí para allá, tras haber recibido un whatsapp del antiguo camello de mi ex novia, del que aunque parezca paradójico acabe por ganármelo para la causa, tras la última recaída de Laura. Relación que tras un largo y tortuoso proceso de desintoxicación habíamos dejado. En él me alertaba de que había vuelto a las andadas.

Allí estaba Juan sentado en mi mesa, con cara de dolor de muelas para entregarme un dossier de la compañía que últimamente ocupaba mis quehaceres laborales, para realizar otro análisis de riesgo ante una nueva licitación.

- Espero que tus andanzas nocturnas no te hayan dejado exhausto. El jefe lo quiere para mediodía, y esta vez no hay excusas que valgan. - soltó como un exabrupto mientras lanzaba el portafolio encima de la mesa.

- No es lo que tú crees. Los últimos trabajos me han costado algo más de tiempo pero han sido iguales o mejores que los anteriores. - intente disculparme sin entrar en detalles que no me apetecía hacer públicos.

- Venga Faus no me toques los cojones. El jefe te está calando, y ya no eres su niño bonito. - Estaba claro que quería hacer sangre, y yo no estaba para entrar en enconamientos personales o laborales.

- Al grano ¿Para qué hora has dicho? - solté mirándole no sin cierta mala leche.

Juan se levanto, se sacudió la camisa con ese típico gesto de limpiarse la mierda, y se marcho sin decir nada más.

Como todavía tenía que acabar dos análisis más. Decidí hablar con Roberto. Aunque desde mi llegada a la empresa habíamos sido uña y carne, la relación se había enrarecido, y le notaba que quería tomar cierta distancia conmigo.

-¿Qué tal Rober? Y Ana  ¿Sigue tan guapa como siempre?- le dije con la mejor de mis sonrisas, que en aquellas condiciones sonaba a lamento lastimero, mientras me acercaba a su mesa.

- Hola Faus, todo bien. - me respondió con cierta desgana, casi sin mirarme.

- Veras Rober, tengo un apretón de trabajo y... - sin dejarme terminar me interrumpió.

 - Ni los sueñes Faus, yo tengo también mis líos, y solo te acuerdas de mí cuando necesitas que te saque las castañas del fuego.

Adrian se acerco desde la mesa contigua, sin que nadie se lo pidiese. Yo ya me temía lo peor, porque nunca habíamos congeniado.

- Mira tío, creo que eres un jeta. Te lo has montado muy bien. Has conseguido hacerte con los expedientes de relumbrón, y nosotros no hemos dejado de currar en lo que nadie quiere. Pero eso se ha acabado. 


Entre el cansancio y la sensación de hostilidad que percibía empezó a removérseme el estomago, y la nausea se apodero de mi mundo y de mi razón.

2.     Increíble acusación


A la mañana siguiente nada más atravesar el umbral de la oficina sentí como media docena de ojos se clavaban en mí, como finos aguijones. Sin decirme buenos días, ni preguntar por mi estado de salud, Roberto me indico que el jefe quería hablar conmigo inmediatamente. Enseguida vi como se entreabría la puerta del despacho de Adolfo y con un gesto de mano me indicaba el camino.

Cuando entre él ya estaba sentado al otro lado de la mesa, alisándose la corbata con gesto adusto.

  - Buenos días, jefe. - dije mientras pensaba en el rapapolvo que me aguardaba por no tener el trabajo al día.

- ¿Como estas, Faus? No andaré con rodeos, primero porque no se darlos y segundo porque el tema me escuece personalmente. - no hacía falta ser muy perspicaz para notar que fuera a mejorar mi situación.

- Tú dirás. - me acomode para encajar mejor el golpe.

- Mira Faus he recibido varios correos con insultos y amenazas, el último ayer por la tarde. - me sentía observado como si esperase alguna reacción en particular.

- Y ¿Qué tiene eso que ver conmigo? - atine a decir no sin cierta extrañeza.

Se me quedo observando, cerrando los ojos como si quisiera penetrar en mis pensamientos.

- En el último hemos podido identificar el correo desde donde se mando. - hizo una pequeña pausa como esperando que yo dijese algo. - Y resulta que es el tuyo. - me quede noqueado, en algún momento de mi juventud había recibido un puñetazo y en ese instante reviví la misma sensación.

- No tienes nada que decir. - insistió no sin vehemencia y haciendo ademán de levantarse, para luego volver a sentarse.

- Esto yo, no sé que... no sé cómo..., es decir no creerás que yo iba a hacer eso ¿Verdad? 
- llegue a decir medio balbuceando.

- Yo ya no creo nada. - se aflojo el nudo de la corbata como si le molestara. - Lo he puesto en manos de Recursos Humanos.

Nos despedimos con bastante aspereza, y salí de allí con una asquerosa sensación en la boca del estomago que me empezaba a ser familiar. Más que sentarme me derrumbe sobre la silla de mi puesto de trabajo intentando buscar algún sentido a lo que estaba pasando en mi vida. Repasando mentalmente de manera inconexa los últimos acontecimientos, sin encontrar significado a nada de lo que estaba viviendo. Así permanecí durante, lo que bien pudieron ser varios minutos, pero que mi reloj insistía en asegurarme que fueron casi dos horas.

Después recobrar algo de serenidad, y tomarme una tila de la máquina del pasillo, que además procede como laxante, decidí comprobar mi correo. Efectivamente, allí estaba un correo dirigido a Adolfo con un tono que superaba mis peores expectativas de mal gusto y de procacidad. Alguien había manipulado mi ordenador, y había enviado en mi nombre un correo para incriminarme en tamaña calumnia. ¿Quién? y ¿Por qué? Eran preguntas que se me agolpaban en la cabeza. Tanto que tuve que tomar un paracetamol, que evitó que el dolor de cabeza pasara a mayores pero agravo el revoltijo de estomago que venía padeciendo.

Haciendo repaso de quién podría haber accedido a mi ordenador, recordé que hace unos meses tuve que salir corriendo, y le pedí a Roberto que terminara un trabajo y lo enviara desde mi correo. Nuestra relación no atravesaba un buen momento, como pude comprobar el día anterior, pero no lo justificaba, ni tenía la percepción de que Roberto fuera capaz de aquella maldad.  También recordé que Adrián fue el encargado del cambio de los sistemas informáticos que realizo recientemente una empresa subcontratada a tal efecto, y quizás pudo tener acceso, de alguna manera. A este sí que le veía capaz de aquello, y más. En todo caso acceder a un ordenador en estos tiempos, y con mi clave de alta seguridad "12345678", no se me antojaba muy difícil con lo que cualquiera podía haber entrado impunemente, y hacer cosas aún peores. Ahora empezaba a comprender la necesidad de un buen sistema de seguridad informático ¡Un poco tarde!

Seguía dándole vueltas a mi más que peliaguda situación, y no entendía nada. Había recibido varias felicitaciones por mis informes de las dos importantes licitaciones que me habían encomendado, en las que incluso mi jefe había participado de forma muy activa, hasta el punto que había sido agasajado no hacía ni un mes con una subida de sueldo. Bien es cierto, que tras el último expediente para nuestro más asiduo cliente, una toda poderosa empresa, mi jefe me había ordenado repetirlo hasta tres veces, al detectar un problema financiero que  imposibilitaba la operación. En cuanto, a la relación con mis compañeros era la habitual, con unos mejor y con otros simplemente no la había. Aunque no podía desprenderme de la amarga sensación que me producía haber llegado el último y haber pasado por encima de mis compañeros, en algunas ocasiones olvidando los principios más elementales de la camaradería y el trabajo en equipo.
 

3.     A la calle


El día siguiente comenzó en la misma línea. Cuando llegue a mi mesa, al otro lado encontré a un hombre enjuto, bien afeitado, repeinado con la raya a un lado que se agarraba con fuerza a un maletín.

- Buenos días, en que puedo ayudarle. - me ofrecí nada más llegar, con la mosca tras la oreja, mientras me sentaba.

- Buenos días, me llamo Benito Díaz, tengo el encargo de Recursos Humanos de instruir un expediente contra usted por un caso de acoso laboral. - me contesto del tirón, sin ningún tipo de miramiento.

- Como ya le explique a Adolfo no entiendo lo que está pasando, y desde luego no tengo nada que ver en ello. – me sentí como en un interrogatorio donde debía negarlo todo, y a punto estuve de solicitar un abogado. Me traicionaba mi gusto por el género policial.

- En todo caso vengo a informarle que dispone de tres días para formular alegaciones, y que este tipo de falta muy grave puede conllevar un despido disciplinario.- dejo entrever una mínima sonrisa que me preocupo incluso más que lo que acaba de oír.

- A ver si puedo explicarle que aunque el mensaje salió de mi ordenador, yo no lo envié. Pudo hacerlo cualquiera. – seguía respondiendo a preguntas que no me habían hecho. Algo que me estaba desconcertando sobremanera.

- Ya le he dicho que usted puede hacer las alegaciones que estime oportunas. Las pruebas de que disponemos son las que son, y no otras. – aquella afirmación me dejo helado. Empezaba a tener la sensación que alguien había dictado sentencia.

Un silencio incomodo que me pareció eterno se rompió cuando se levanto mi interlocutor.

- Aquí tiene mi tarjeta. Envíeme cuanto antes sus alegaciones. Para no alargar el asunto en demasía. - extendió la mano para entregármela. Tuve que agarrarla al vuelo pues ya se daba la vuelta para marcharse.

- Adiós.

Y se marcho sin más, dejándome mudo y helado a pesar de los veintiocho grados que padecíamos en aquella oficina, en los prolegómenos del verano cuando aún no se ponía el aire acondicionado.

Después de lavarme la cara, intente poner en orden mis ideas. La primera conclusión era que alguien me estaba jugando una muy mala pasada, y la cosa podía dar conmigo en la calle. La segunda era que ese “alguien” debía tener unos motivos. Y tercero, no debía ser alguien ajeno a la oficina. Me estaba jugando mucho, y o daba con aquel malnacido o nacida (no quiero utilizar un lenguaje sexista, aunque en mi oficina no haya mujeres algo que nunca he entendido, y siempre he echado de menos), o acababa en las filas del paro.

Lo primero que decidí investigar fue quien podría estar en la oficina el día, y a la hora,  que se envío el e-mail desde mi ordenador. Gracias a una amiga de control laboral, y después de invitarla aquella misma noche a cenar, y pasar un rato del que no entraré en detalles, pero me elevo la moral, descubrí que a esa hora solo habían estado Juan y Adrian en el despacho. Al día siguiente, con la excusa de recuperar trabajo atrasado me quede hasta tarde en el despacho, y anduve fisgoneando. Primero en la mesa de Juan donde no encontré nada que llamase mi atención. Después, y con más ahínco, repase minuciosamente la mesa de Adrian. Accedí a su ordenador, gracias a la malsana costumbre que tienen algunos de apuntar su clave debajo del teclado, algo que yo evidentemente no necesitaba por raciones obvias. Procedí meticulosamente a repasar su correo, y después de revisar la bandeja de entrada y salida sin encontrar nada que arrojase luz a mis preocupaciones, abrí la papelera sin grandes esperanzas. Allí pude leer un correo de mi jefe donde contestaba las quejas de Adrian por darme a mí determinados trabajos­­, y a la postre haberme ascendido, teniendo en cuenta que había cometido errores de bulto, y que él tenía mayor antigüedad y experiencia en el despacho. Los términos que utilizaba no me dejaban en muy buen lugar, y se despachaba a gusto con descalificaciones. Por otro lado mi jefe tan solo daba acuse de recibo y “tomaba nota”.

Empezaba a pensar que Adrian era algo más que un candidato a jugármela de aquella manera. Sobre todo por una afirmación que a cualquiera podría poner sobre aviso “y si no ya tomare yo las medidas oportunas para acabar con esta injusticia”, decía mi inefable compañero.

Decidí volver a examinar esos expedientes, donde según Adrian, había errores de bulto. Se trataba justamente de los dos informes que me supusieron un incremento salarial notable, y donde mi jefe se tomo un gran interés. Imagino que por tratarse de nuestro mayor cliente. Tras aplicarme una coca-cola desempolve los dos dosieres, y tras un largo y tortuoso repaso, llegue a una conclusión que me empezaba a dar una pista de lo que podía estar pasando. Adrian tenía razón.

Con una enorme sensación de inutilidad y de culpabilidad, abrí el último trabajo que había hecho de esta compañía. Se trataba de aquel informe que tuve que repetir hasta tres veces y que permanecía bloqueado porque había encontrado un problema financiero que suponía un riesgo para la transacción. Mi jefe había insistido en que era igual que los anteriores, y que no suponía ninguna aventura. Lo que descubrí me dejo frío pero hizo mucha luz sobre el asunto. Había una coincidencia entre los tres informes, en todos se daban las mismas condiciones, en los dos primeros yo había dado mi beneplácito, y en el tercero no. En este último había hecho bien mi trabajo pero nadie me había felicitado, más bien todo lo contrario.

Solo me quedaba comprobar una cosa, y confirmar mis sospechas. Y sí, allí estaba, la empresa que subcontrataba nuestro cliente figuraba en el registro mercantil a nombre del hijo de mi jefe.

Ahora me tocaba desenmascarar toda la trama, y seguramente granjearme el odio de algunas personas más.