viernes, 25 de noviembre de 2016

Cuatro mujeres maltratadas y una madre

A ritmo de vals circulaban sobre la pista unas quince parejas de todas las edades. Eduard las dirigía y corregía, desde el centro del salón, con un correcto castellano matizado por su inconfundible acento alemán, a pesar de llevar más de treinta años residiendo en Palma de Mallorca. Su mujer Elisabeth una inglesa de sesenta y cinco años, esbelta y elegante, que conservaba aquellos rasgos que delatan una gran belleza en la juventud, tarareaba el característico ritmo de vals, desde la zona elevada al fondo del antiguo salón de bailes, mientras señalaba el compás con las manos. Ambos formaron una gran pareja galardonada internacionalmente. Ahora en su edad de oro se dedicaban a la enseñanza de lo que había sido su vida.

Jaime se afanaba por mantener el paso. Hacia un mes y medio desde que acompaño a su amigo Vicente por simple y llana curiosidad, ahora todos los viernes iba a tomar clases sin faltar. Era uno de los jovencitos de la sala, con tan solo veintidós años. Su pareja solía ser Luisa, una de las pocas mujeres que acudían en solitario a la academia del señor Eduard. Luisa tenía cerca de treinta años y al principio le impuso algo de respeto, pero su carácter afable y su falta de pericia, similar a la del novel Jaime les hizo congeniar enseguida. Luisa no era una mujer que Jaime pudiera considerar bella, pero si hermosa y con un especial atractivo, no solo físico. Le atrajo su jovial madurez, sus experimentados rasgos, su confortable sensualidad, y su alegre carácter. Poco duraron sus expectativas, tras confesar Luisa su relación con un hombre casado, en una de las conversaciones mediante las que se iban conociendo, entre baile y baile.

Aquella tarde Jaime se esforzaba por tirar de su pareja. Luisa en un visible estado de desanimo, había acudido a clase tras la insistencia de su hermana Clara, que junto a su novio eran una de las más experimentadas parejas de la sala. Jaime no había querido preguntar por el contundente moratón que mal disimulado por el maquillaje lucia en el ojo derecho Luisa. Había tratado de animarla, con malos chistes, y jocosos comentarios de los desaciertos de otras parejas, y de los suyos propios, arrancando algunas tibias sonrisas de los labios de Luisa, y algún que otro monosílabo. Entre bailes, y en los distintos cambios de pareja que se iban sucediendo Jaime consiguió, con la ayuda de Clara, que un grupo se quedaran al final de clase para picar algo en un pequeño celler entre el carrer de la Botería y de la Mar, en la zona de la lonja, y luego tomar una copa en el Ábaco. Luisa acepto a regaña dientes, oliéndose la jugada pues en varias ocasiones había declarado su predilección por la decoración romana de este local y su ambiente refinado.

En el pequeño celler ocuparon una mesa para diez comensales. A pesar de la animada conversación Luisa se mantuvo esquiva y pensativa. Durante el pequeño paseo desde la taberna, por la Botería y el Paseo de Sant Joan, hasta el Ábaco Jaime decidió hacer las dos difíciles preguntas ¿Por qué? Y ¿Cómo? A lo que Luisa correspondió con evasivas, y acabo alegando un estúpido accidente doméstico.

Cuando comenzaron con el segundo gyn tonic, el grupo se había reducido a siete personas, Luisa, Jaime, Clara y su novio Miguel y tres mujeres cercanas a los cuarenta años, Magda, Luna y Silvia, todas rebosantes de energía y un aguante al alcohol de primera, pues las copas de vino durante la cena cayeron de tres en tres. Luisa parecía más animada, la conversación había pasado por distintas fases, y ahora ganaba cierta profundidad cuando alguien pronuncio la palabra “patriarcado”.
-        Como yo lo veo, esto sigue igual. Que si discriminación positiva que si políticas de igualdad, y al final mi jefe es un tío, el único del departamento. – aclaró Magda la mayor del grupo.
-        Y que esperabas, el patriarcado subyace históricamente en nuestras mentes, se transmite de generación en generación. – afirmo Luna, con rotundidad.
-        Y sobre todo lo trasladan las madres. – puntualizo Jaime con cierta cautela.
Miguel se removía incomodo ante la severa mirada de su novia. Clara se levanto.
-     Bueno chicos y chicas – enfatizo la dualidad, arrastrando la palabra – nosotros nos vamos mañana tenemos lío en casa de Miguel. – dijo mientras ofrecía la mano a su novio.
Todos se levantaron para despedir a la pareja, en un cruce de besos y parabienes muy protocolario.
-   Creo que yo también me debería ir. El sexo masculino me deja solo, y expuesto ante experimentadas mujeres. – sentencio Jaime con una ligera sonrisa y un guiño para Luisa.
-        Ni se te ocurra. Has sido el promotor de todo esto, y tú te quedas hasta el final. – le corrigió Luisa.
Apuraron sus copas entre risas,  con algunas de las chanzas que Silvia locuazmente relataba sobre hombres. Ya con Luisa bastante animada y sonriente. Nadie parecía tener prisa el ambiente distendido, la conversación y los efectos del alcohol, habían generado una atmosfera de camaradería entre las cuatro mujeres, donde Jaime no parecía encajar pero lo disfrutaba como una más.
-        Os propongo tomar la última en un apartamento del que dispongo, aquí cerca en la dársena de Santa Bárbara. – ofreció Luisa gentilmente, mientras hacía señas al camarero para que trajera la cuenta.
-        Está claro que esto no lo podemos dejar así, en lo mejor. – afirmo Luna.
-        Y lo que está aprendiendo este joven. – dijo Magda.
-     Y lo que le queda. – apunto Luisa mientras cogía a Jaime de la mano y tiraba de él en dirección a la salida.
Todas asintieron y emprendieron la marcha tras ellos.

Luisa abrió la puerta. Encendió las luces, y un gran ventanal en el amplió apartamento con vistas al puerto y el paseo marítimo, suscito palabras de exclamación entre sus invitados. Luego dedico unos breves minutos a mostrarles la lujosa vivienda decorada de manera sencilla pero elegante. Además, disponía de un dormitorio con una esplendida cama de agua, donde Silvia se permitió una pequeña voltereta, entre risas y chismorreos obscenos de la concurrencia. Enseño la cocina con los más modernos electrodomésticos, y finalmente un precioso baño con jacuzzi. De vuelta a la sala Luisa se acerco al mueble bar, y saco varias botellas.
-        Jaime, cielo, serias tan amable de traer hielo de la cocina.
Jaime que miraba por el ventanal, sin decir nada, se dirigió a la cocina.
-        No encuentro la nevera. – alzo la voz desde la puerta.
-        Esta dentro de la despensa, junto al tendedero.
-        Ok.
Abrió la puerta de la despensa, y sin encender la luz se dirigió al frigorífico. Le costó encontrar el dispensador de hielo, saco una bandeja llena de hielo con ambas manos y al salir cerró la puerta con un punta pie. El portazo hizo que el cadáver que se encontraba escondido entre la nevera y el escobero rodara por el suelo. Jaime miro hacia atrás con una expresión dura pero continuo hasta el salón.

Una vez sentados junto al mirador en unos cómodos sofás, Luisa ofreció algo que beber a sus camaradas de farra.
-        ¡Cómo te cuidas Luisa! – dijo Luna mientras ofrecía su vaso para que Luisa le sirviera un whisky de veinticinco años. - Y un par de hielos, por favor.
-        ¿Qué tomaras, Jaime?
-        Yo preferiría seguir con la ginebra y la tónica.
-        Perfecto.
Cuando todos dispusieron de un vaso en la mano, Jaime propuso un brindis.
-        ¡Por las grandes mujeres!
-        Por ellas. – corearon todas al unisonó.
Entrechocaron sus vasos y bebieron, y tras un pequeño silencio lleno de miradas. Luisa tomo la palabra.
-      Os agradezco vuestro apoyo y amistad. He de ser franca con vosotros, este moratón no es fruto de un accidente. – hizo una pequeña pausa para coger aire – He sido objeto de una agresión por parte de mi amante, tras una discusión ayer noche, aquí mismo.
-        Ese hijo puta, no te merece, sea quien sea. – intento consolarla Silvia al notar el temblor de su voz.
-        Mierda de tíos ¿Quién los necesita? – continuo Magda con una torcida expresión en su boca.
Jaime seguía callado, circunspecto. El había supuesto lo que había pasado, estaba prácticamente seguro de ello. Creía conocer a Luisa lo suficiente, una mujer abierta y sincera, para advertir no solo los signos inequívocos de aquel golpe.
-    No lo entiendo. Se ha desvivido por mí, me ha cubierto de regalos y atenciones, este apartamento me lo cedió para que hiciera lo que quisiera. ¿Qué ha cambiado? – hizo una pausa que parecía buscar una respuesta – Durante el último mes su mal carácter, su agresividad verbal hacia mí. Al principio lo achacaba a problemas en los negocios, luego… no sé qué pensar. Todo lo que yo hacía estaba mal, y…. – termino con un breve sollozo.
-     Parece la historia de mi vida, cariño, solo que fue durante diez años. Hasta que tuve los arrestos de separarme de aquel mal nacido. – expuso con mucha frialdad Magda.
Luna y Silvia se removieron en sus asientos, mirando a Magda con vivo interés. Jaime se sentó junto a Luisa y la tomo por las manos. Luisa bajo la cabeza, y Jaime cogiendo su barbilla la levanto y le deposito un suave beso en el ojo amoratado, ante la atenta mirada del resto.
-        No solo duelen los golpes.
-     Así es Luisa. Yo también he sufrido la violencia de un macho engreído en mi puesto de trabajo. Nunca me pego, pero el trato autoritario, vejatorio, rayando lo violento, los comentarios insultantes por parte de mi jefe duraron lo suficiente para que tres años más tarde tenga que seguir en terapia, y me cueste hablar de ello ¡Y todo por ser mujer! – termino Silvia con un visible temblor en sus palabras y en sus labios.
-        Bueno parece que hemos entrado en el terreno de las confesiones de lo inconfesable. – apunto Luna.
-        Porque debe ser inconfesable ¿Por qué? – alzo la voz Jaime, y todas quedaron paralizadas – No lo entiendo. Soy un hombre. Sí, pero lo comprendo. No entiendo que nos pasa…. Tampoco somos todos ¡Pero esto es una puta mierda! – se le quebró la voz.
Un silencio agónico sobre paso la estancia. Todos permanecían con la mirada perdida. Luisa metió la cara entre las manos. Luna decidió romperlo.
-        Me toca. Yo también tengo mi historia y bastante reciente.
-        Coño, no se salva nadie. – interrumpió Magda.
-        Todavía no se lo he contado a nadie. No sé si porque nadie me creería o porque no sirve de nada. Lo cierto es que mi socio ha estado acosándome sexualmente. Hace un año que participo en una empresa inmobiliaria, fruto de la absorción por una gran cadena de la isla de mi pequeña y exitosa agencia. Al principio, que si estas muy buena, que si tu novio se lo pasara en grande, y pensé bueno otro que quiere hacerse el gracioso. Pero desde hace dos meses comenzó a mirarme descaradamente el escote o el trasero, luego a tocarme el culo haciéndose el encontradizo, y por último, intento besarme y meterme mano la última vez que nos quedamos solos.
-        Menudo cabronazo, lo habrás denunciado ¿No? – pregunto Silvia.
-        Sí, mi abogado le mando un buro fax pidiéndole que se mantuviera a distancia de mí, y el hijo de la gran puta ha arruinado la sociedad llevándose por la puerta de atrás todo el capital disponible a otra de sus sociedades, dejándome en la ruina. – increíblemente Luna parecía serena al terminar sus historia.
-        Siento…, de verdad, siento mucho que por mi culpa estemos todas reviviendo miserias. – dijo Luisa con un acentuado tono de culpabilidad.
-        No te preocupes, mujer. – la tranquilizo Magda – Mi desgraciado matrimonio me hizo más fuerte. Me hizo valorar más a mis amigos, los de verdad, que disfrutara mi tiempo ¡Que viviese! Aquel cabrón me tuvo meses pleiteando, difamándome, puteándome todo lo que pudo ¿Aquello me ha dejado huella? Sí, por supuesto pero ahora soy yo, no su sombra, ni su paño de lagrimas, ni su puta cuando no tenía con quién acostarse. Me cago en su negro corazón.
Magda levanto el vaso lentamente.
-        Por nosotras. – propuso.
Y todos acudieron a golpear el cristal de aquella copa, animosamente. Para luego apurar el vaso hasta el final, con ansia.
-        ¿Quién quiere otra? – mostró el vaso vacío Luisa.
-        Voy a por más hielo.
Y se levanto rumbo a la cocina. Jaime con rostro serio siguió con la mirada a Luisa.

Un grito agudo y angustiado que parecía surgir del centro de la tierra sobresalto a todos los presentes. Jaime abandono a la carrera la habitación. Tras el corrieron Magda, Luna y Silvia. Delante de la puerta pudieron observar como Jaime sujetaba a Luisa que parecía desplomarse, mientras miraba un oscuro bulto en el suelo. Se acercaron, lentamente, con cautela ante lo que pudieran encontrar. El grito fue unánime.
-        ¡Dios mío! – exclamo Silvia.
-        ¡Ostias! – grito Luna pegando un brinco.
-        ¡Será hijo puta! – se acerco Magda dándole una patada con saña.
Jaime una vez comprobó que Luisa se encontraba bien, la dejo sentada en una silla de la mesa de la cocina. Volvió hacia la despensa, apartando a las tres mujeres, y cerró la puerta.
-        Venga, vamos. – tras una breve pausa dubitativa – Habrá que llamar a la policía.
-        Espera no te precipites. – replico Luna.
Silvia se había sentado al lado de Luisa, Magda y Luna hicieron lo mismo, y Jaime fue a buscar una silla al salón para hacer lo propio. Un silencio oscuro, tenebroso, sobrevolaba la estancia. Las miradas hacia la puerta se repetían una y otra vez.
-        ¿Por qué le has dado una patada? – pregunto Luisa dirigiéndose a Magda.
-        Ese hijo de puta es… era mi exmarido ¿Se puede saber que hace muerto en tu cocina?
-        Era mi amante, el cabrón que me hizo esto. – Luisa se señalo el ojo ostensiblemente nerviosa – No sé porque está muerto, algo que no puedo negar que deseara ayer por la noche.
-        Bien, vale, pero habrá que llamar a la policía, insisto.
-        Antes de hacer nada valoremos la situación. – apunto Luna con una pasmosa serenidad.
-        Hijo de puta, cabrón, cabronazo, muérete, cerdo, cerdo….
-        Tranquila, tranquila…. Respira hondo, relájate. – intervino Jaime ante la crisis de Silvia.
-        No sé qué está pasando aquí, pero ese hombre además de ser el exmarido de Magda y el amante de Luisa, era mi socio, el hombre que me ha dejado en la ruina, que acabo con la empresa de mi vida. No estoy apenada por su muerte.
-        Un come mierda, y un jefe hijo de puta. También es eso. – concluyo Silvia con lagrimas en los ojos y una medio sonrisa que daba miedo.
Luisa se levanto y comenzó a caminar en círculos como una autómata. El resto calló. Nadie se atrevió a intervenir. Las miradas se entrecruzaron en todas direcciones, el ambiente se fue serenando lentamente. Jaime se acerco al fregadero tomo un vaso y lo lleno de agua. Se lo bebió de un trago y lo volvió a llenar.
-        Me das uno a mí. – pidió Silvia.
-        ¿Estamos seguros de que está muerto? – pregunto Luna con mucha serenidad.
-        No me cabe la menor duda. – afirmo Jaime, una vez que se hubo sentado.
-        Lo que esta claro es que ese hombre, es… era… tenía algo que ver, algo malo que ver con todas vosotras.
-        Cierto. – confirmo Luna – eso nos hace sospechosas a todas, yo diría que a partes iguales.
-        Pero yo no le he matado. – lloriqueo Silvia.
-        Si no lo hice en su día porque habría de hacerlo ahora. – propuso Magda – Yo diría que Luisa y Luna tienen muchos más motivos.
-        Tú crees, de verdad, que si lo hubiese matado ocultaría el cadáver en mi casa.
-        En su casa, querrás decir cariño. – puntualizo Luna.
-        Vale, y que más da. Yo no he sido.
Todos miraban a Luna esperando una confirmación de lo que pasaba por sus cabezas.
-        No pensareis que he sido yo. O sí, claro que lo pensáis. Pues quizás haya sido yo, pero igual que todas vosotras. Que casualidad, todas tenemos cuentas pendientes con ese hombre, somos amigas que bailan juntas en la academia del señor Eduard, y todas acabamos en casa de la victima el día de su muerte.
-        Creo que Luna tiene razón. Habría que valorar todo esto antes de acudir a la policía.
-        Sería mejor evitarlo. – intervino Magda.
-        Quién va a echar en falta a este demonio. No tiene amigos, no tiene mujer, ni hijos, ni socios, ni empleados, ni familia. Deshagámonos del cuerpo y punto final. – propuso Luna con mucha seguridad.
-        ¿Qué opinas Luisa?
-        No sé, Jaime. Esto me sobrepasa.
-        ¿Y tú, Silvia?
-        Creo que Magda y Luna pueden tener razón.
Un nuevo silencio se instalo en la sala. Todos mostraban con de cansancio y abatimiento. Luna se levanto en dirección a la despensa y abrió la puerta. Todos se giraron con un gesto reprobatorio.
-        ¿Qué hacemos? No cabe duda que era un desgraciado, una mala persona, de esas que la sociedad puede prescindir ¿Cómo puedo ayudaros?
-        Jaime, tienes que deshacerte del cadáver. Tu no eres sospechoso de nada ¡Hazlo por nosotras! También por todas las mujeres que sufren la violencia que tú genero provoca. Podrías compensar un poco esa balanza tan inclinada entre hombres y mujeres.
-        No me parece… no sé que decir. Os comprendo, os entiendo, os quiero, pero esto no me parare correcto.
-        Es correcto acosar en el trabajo, es apropiado golpear mujeres, es justo abusar sexualmente de ellas, es apropiado machacar ex esposas. Yo creo que no. – insistió Luna.
-        Bien os ayudare.

Dispusieron todo para hacer desaparecer el cuerpo inerte de aquel hombre. Jaime se encargo de buscar un medio de transporte. Silvia y Luisa limpiaron a fondo el apartamento, mientras Magda y Luna, mucho más tranquilas, envolvieron el cadáver con sabanas y bolsas de plástico. Tras planificar las coartadas de cada una de ellas, y abandonar de manera secuenciada el apartamento, Jaime espero a que pasaran los servicios de limpieza y a las cuatro de la madrugada, tras comprobar que no encontraría a nadie por los alrededores, empujo un carro con el difunto al fondo de la dársena, al que amarro varias pesas con cinta americana. Luego volvió paseando por el paseo marítimo canturreando “Tonto, tonto eres, no te pienses mejor que las mujeres. Malo, malo eres…”

¡Perdón! Con permiso ¿Te importa que me explique?... La verdad es que estaba deseando que me lo pidieran, es más lo había planificado hasta el último detalle. Yo era el mínimo factor común. En el segundo mes de mis prácticas, hace cinco años, en el despacho de mi tío Alberto conocí todos los entresijos del traumático divorcio de Magda. Javier su exmarido la acuso de cuanto pudo y más, sus abogados destrozaron con pruebas falsas y manipuladas la pobre defensa que planteó el buffet donde era becario. De Luna conocí, recientemente, todos los ardides legales y alégales que utilizo Javier para apropiarse de su negocio, dado que trabajo contratado para Fuster&Borrás gabinete jurídico que defendía los intereses del finado, y tuve fácil acceso al dosier. En cuanto a Silvia da la casualidad que mi hermana Laura era su terapeuta, y fue muy sencillo acceder a su expediente, de esto hace ya dos cuando localice al que fuera amante de mi madre. Francamente ese engendro la había dejado muy tocada. De Luisa, y su relación con aquel hombre, por llamarle de alguna manera, tuve conocimiento tras haberle seguido durante varios meses. Entablar amistad con ella era pan comido, primero por que es una estupenda persona, y segundo cuando sabes todo lo que yo sabía.

Alguien se preguntara que hago yo en medio de todo esto. Cuatro mujeres maltratadas por el mismo hombre. El nexo en común arranca hace seis años. Desde entonces lleva mi madre ingresada en un hospital, imposibilitada de cuello para abajo tras sufrir un brutal accidente allí en aquel apartamento. Sí, en el mismo que acabamos de abandonar. Ella nunca quiso confesarme lo inconfesable, y siempre sostuvo que se trato de un tonto accidente doméstico en casa del entonces su amante. Por supuesto nunca la creí, o más bien nunca lo entendí.