viernes, 31 de octubre de 2014

BIEN MERECIDO

>> Tras un tenso debate la reforma laboral ha sido aprobada por la mayoría del Congreso, con los únicos votos a favor del partido en el gobierno << Decía la presentadora del espacio informativo que veía Ernesto desde su sillón.
-        - Bien hecho – exclamo para sí.
Volvió a dar otro sorbo de su cerveza para arrellanarse en el viejo butacón que presidia frente al televisor toda la estancia. Como todas las noches antes de cenar Ernesto gustaba de informarse de lo acontecido durante el día mediante los telediarios de la cadena pública, acompañado de una lata de cerveza. En aquella ocasión se sentía especialmente satisfecho. Si le hubiesen consultado a él para tomar aquella medida habrían coincidido plenamente. Estaba claro que no había otro camino, pensaba.

 Alberto se vestía mientras Cándida desde la cama le observaba  El ritual de su marido era conmovedor, al menos a ella se lo parecía. Primero se deshacía de los calzoncillos con los que dormía. Solo utilizaba esa prenda durante la noche. Después tras elegir calcetines, calzoncillos del cajón de la cómoda, se dirigía al armario donde escogía unos pantalones y una camisa que el mismo planchaba y ordenaba por colores y tejidos. Luego se vestía despacio, ajustando cada prenda a su fisonomía, con una lentitud que ella disfrutaba, algunas veces hasta se excitaba. Pensaba en un estriptis al revés, solo le faltaba la música. Aquel día su marido quizás había ido algo más rápido y eso la inquieto.
-          - A ver con que mierda se descuelga hoy el gobierno – hizo una pausa – de los mercados porque de los ciudadanos…. – finalizo Alberto dejando la frase en alto.
-         -  Me gustaría veros a vosotros en su lugar ¿O creéis de verdad que hay otra salida? – repuso Cándida que en cuestiones de política no congeniaba con su marido ni la mitad que en la cama.
-          - Que hayas votado a ese partido de vendidos no significa que tengas que aceptar cuanto hacen. No entiendo vuestra resignación. Tiene que haber otra salida más justa – intento zanjar la conversación Alberto no sin cierto enfado.

Bien trajeado alisándose el pelo sobre su incipiente calvicie Ernesto salía por la puerta del despacho de la directora de recursos humanos. Desde el fondo del despacho provenía la voz que pronuncio su nombre,  se paro dándose la vuelta para observar a su interlocutora, que con tono preocupado se dirigía a él.
-          - Ernesto. No nos queda otra salida son órdenes de arriba.
-         -  No se preocupe, Adela lo entiendo y lo comparto. Es lo que hay que hacer en tiempos de crisis – repuso Ernesto con gesto de asentimiento.
Ernesto recorrió la zona de moqueta que distingue a las dependencias de la dirección, a continuación bajo dos tramos de escaleras para descender hasta la planta de almacenes de la que era rey y señor, así se sentía él. Hizo llamar a tres empleados de su sección por megafonía, y enseguida acudieron dos hombres de cierta edad y Cándida. Ella llevaba trabajando en aquella empresa casi diez años y aunque no era un trabajo que la llenase, no se quejaba y se entregaba a sus quehaceres en cuerpo y alma. Al llegar al despacho de Ernesto, Francisco y Fernando ya se encontraban allí. Observo como Ernesto les entregaba un papel. A continuación se dirigió hacia ella con un gesto que parecía un saludo, y le tendió otro documento igual.
-          - Podéis pasar por caja a por lo finiquitos. Es todo – expuso Ernesto con mucha frialdad e indiferencia.
-         - Veinte años en la empresa y me dices que “es todo”, ¡Ni una explicación, así porque si! Hasta el día que te mueras serás un cabrón – repuso Francisco ostensiblemente cabreado.
-          - Son lentejas. Majo. La crisis – sentencio Ernesto con una medio sonrisa.
-          - Qué crisis, joder. Si habéis tenido un 5 porciento más de beneficios, y os acaban de dar una gratificación, a los jefes. Me cago en la puta que os parió – dijo Fernando acercándose mucho a Ernesto con gran enfado en actitud muy provocadora.
Cándida con lagrimas en los ojos observaba aquella discusión con sensación de incredulidad y mareo. Ernesto sin entrar en provocaciones hizo señas a dos empleados de seguridad que observaban, preparados, la escena a pocos metros de distancia, pues ya habían sido prevenidos  por el encargado del almacén. Estos se acercaron y agarrándolos por el brazo retiraron a los trabajadores recién despedidos no sin que estos aprovecharan para increpar a gritos a sus antiguo jefe.

No habían transcurridos cinco días del despido de Cándida cuando ya se podían leer por toda la empresa carteles convocando a los trabajadores a una huelga. Ernesto deambulaba entre el almacén y las instalaciones comerciales junto con un compañero cuando oyeron voces de trabajadores que coreaban consignas contra la dirección. Ernesto y su compañeros se acercaron a la asamblea que estaba presidida por Alberto que hablaba por un megáfono y se le escuchaba a duras penas entre el gentío enardecido.
-        -  La situación no hace más que empeorar. Algunos aprovechan la crisis para aumentar el margen de beneficios. Despedir es más barato y ya no hay que justificar nada – arengaba Alberto a los compañeros que asentían y comentaban entre ellos.
-         -  Algunos partidos políticos han reducido la democracia a un ¡tu votas cada cuatro años y luego ya hare yo lo que me dé la gana! La clase obrera debe reflexionar y en breve tendremos elecciones generales.
Ernesto escuchaba también los comentarios de algunos compañeros de alrededor.
-        -  Es lo que votamos y lo tenemos bien merecido – expresaba uno de ellos.
-         - Estamos tontos o qué, primero votamos a estos sinvergüenzas y luego ellos le dejan nuestro despido en bandeja al patrón – apostillaba otro.
Cándida que había ido a recoger algunos papeles que necesitaba para obtener la prestación por desempleo se había acercado también a escuchar a su marido, y apesadumbrada percibía la indignación y resentimiento que acumulaban sus antiguos compañeros que ya habían soportado varias bajadas de sueldo. Y ahora la reducción de 50 empleos en toda la empresa estaba colmando la capacidad de aguante de muchos.
-         -  Ante los despidos injustificados, debemos movilizarnos. El comité ha debatido la situación y os propone una huelga de 48 horas – continuo Alberto intentado exaltar a su auditorio.
-          - Unidos podemos vencer, nuestra arma es la movilización. Todos a la huelga – los trabajadores prorrumpieron en aplausos y comenzaron a corear.
-          - ¡Huelga! ¡Huelga!
Ernesto observaba con altanería la algarabía  y alzando la voz con descaro se dirigió a sus colega.
-          - Lo que hay que hacer es trabajar más. Estos sindicalistas subvencionados acaban con las empresas y el trabajo. Muy pronto esto acabara, ya lo veras. Hace falta más mano dura. Hay que ser inflexibles con tanta molicie y despilfarro.
-         -  Bien dicho, Ernesto – contesto Javier templando la voz para evitar ser oído.
La asamblea había terminado y algunos trabajadores volvían a sus puestos de trabajo, otro en dirección a su casa por la hora que era. Cándida permanecía pensativa apoyada contra la pared, cuando se le acerco una vieja compañera.
-         - Cándida ¿Cómo estás? Ya me he enterado. Vaya putada tía. Pero es que se lo han puesto a huevo a las empresas para despedir. ¡Lo siento de verdad!
Cándida la miró asintiendo con la cabeza para terminar agachándola. No había sido capaz tan siquiera de contestar, quizás habría perdido la capacidad de responder, de reaccionar pensó ella mientras que se aleja llorosa.

De nuevo las noticias traían novedades políticas al telediario por televisión. Cómo cada día desde mucho antes del comienzo de la campaña electoral. Ernesto había preparado la velada, en previsión de la confirmación de los acontecimientos que anhelaba. Abrió una botella de vino de Rioja del año dos mil diez, junto con unas aceitunas y unos cacahuetes. A pequeños sorbos ya iba por su segunda copa cuando el presentador en tono adusto afirmaba que los datos oficiales del ministerio de turno confirmaban un cambio de gobierno, de nuevo la llamada alternancia política del bipartidismo imperante se producía. Ernesto levanto su copa en dirección al televisor para finalizar con un largo trago  que termino el vino restante en ella, y una sonrisa de satisfacción se dibujo en su rostro.

Alberto se levanto de la cama intentando hacer el menor ruido posible, casi a tientas recogió su ropa y dio la luz del baño al entrar, a pesar de sus cuidados Cándida se despertó.
-        -  Esa luz ¿Dónde vas a estas horas? – farfulló Cándida con voz soñolienta.
-        -  Al piquete. Y tu qué ¿No te levantas? -  objeto Alberto a sabiendas de que en las últimas semanas sus horarios se había descoordinado.
-        -  El INEM no lo abren hasta las nueve – contesto algo mosqueada y escondiendo la cara debajo de la almohada.
Al llegar a la puerta del centro de trabajo  Alberto se encontró con que ya se concentraban varias decenas de trabajadores, configurando un numeroso piquete. Uno de los integrantes del comité de huelga megáfono en mano informaba a los compañeros allí congregados.
-         - Se han convocado manifestaciones y paros en defensa del sector público. Los recortes no paran de cebarse con lo que es de todos. Os invitamos a participar e impedir que nos quiten lo que tanto tiempo nos ha costado conseguir – terminaba elevando la voz para transmitir mayor emoción y consiguiendo que algunos de los reunidos prorrumpieran en aplausos.
Ernesto junto con otros dos encargados de sección entraronal edificio bordeando al grupo. Ernesto, altanero y  haciendo caso omiso de algunas voces que le increpaban, sonreía de manera burlona.
-         -  Ya están los liberados arengando a las multitudes, ya quedan pocos y menos que van a quedar. Vaya unos trepas – se acerco a unos de ellos para decirle al oído.
El grupo coreaba con fuerza, acompañado de pitos.
-         -¡Esquiroles!

Dos días después Ernesto había acudido de nuevo al despacho de la directora de recursos humanos. La mujer de menos de cuarenta años, muy bien peinada, con una blusa escotada debajo de una americana ceñida hablaba con serenidad y confianza sentada al otro lado de su mesa en un despacho austero pero con muebles de buena calidad.
-        -  Prescindir de tu departamento entra dentro del proceso de externalización que tan buenos resultados económicos esta dando. Siempre has entendido estas cosas, y espero que a pesar de suponer tu marcha de la empresa lo comprendas – termino tendiéndole la mano.
Ernesto sentado con cierta laxitud poco habitual en el había estado escuchando las palabras de Adela con la mirada pérdida y asintiendo en todo momento sin comprender del todo lo que estaba pasando. Se levanto de manera automática sosteniendo la mano de aquella mujer sin saber bien como había llegado allí.

El sueño de Ernesto había sido intranquilo. Había dado tantas vueltas en la cama que se levanto sudando. Recordaba el sueño como una sucesión de imágenes, donde se vio introduciendo una papeleta en una urna que giraba y se alejaba de él. También recordaba una imagen de él mismo riéndose de manera nerviosa en medio de trabajadores que le miraban y enseñaban documentos de despido, entre gritos sordos que le hacían taparse los oídos mientras todos seguía girando cabeza abajo. El resultado había sido un despertar abrupto y una sensación de angustia que no se había ido ni después de ducharse durante al menos diez minutos.
Tras levantarse y vestirse de cualquier manera, se encontró sentado en su sillón viendo el telediario matinal. El noticiario anunciaba nuevos recortes aprobados en consejo de ministros. Ernesto levanto la taza de café por encima de la cabeza en signo de reconocimiento para luego lanzarla contra la televisión, impactando por encima de esta y derramando todo su contenido sobre ella.

Alberto que disfrutaba de un día libre decidió acompañar a Cándida a la oficina del INEM. Eran la nueve y cuarto de la mañana y la cola ya daba la vuelta por la esquina del edificio contiguo. Hombres y mujeres de distintas edades esperaban para realizar los trámites correspondientes a sus variadas situaciones o demandas. Cándida había acudido a renovar su solicitud de prestación. Alberto le dio un codazo a sus mujer cuando vio acercarse cabizbajo hacia ellos a Ernesto. Cándida se giro para mirar en dirección hacia donde señalaba su marido con la cabeza, y se encontró con la mirada de Ernesto que levantaba la cabeza buscando el final de la cola. Al acercarse Ernesto levanto la cabeza tímidamente para saludar, aunque había estado tentado de continuar.
-         - Hola, Cándida y compañía ¿Cómo estáis?
Alberto hizo una mueca y levanto los hombros para luego mirar para otro lado. Cándida se lleno de valor para retener unas lagrimas que amenazaban con despeñarse por sus ojos y respondió.
-        -  Bien, mejor. Esta la cosa difícil.
-         - Siento mucho como me porte. De verdad que creía que aquello estaba bien.
Alberto se giro para mirarlo sorprendido y mordiéndose la lengua para no contestar.
-         - Lo pasado, pasado ¿Cómo te va a ti? – se intereso Cándida.
-         - Bueno, no hay trabajo ya lo sabes.
-        -  A lo mejor te interesa. En el polígono de abajo buscaban un encargado para un almacén de materiales de bricolaje. Yo fui pero no debí de dar el perfil.
-       - Gracias, iré a ver qué pasa. Muchas gracias – contesto Ernesto con gesto de agradecimiento.
Ernesto siguió su camino despidiéndose con la mano en alto y se situó al final de la fila. Cándida le correspondió de igual manera mientras levantaba los hombros ante la mirada de incredulidad de su marido.

Un grupo de unas cinco personal, todas vestidas con ropa de trabajo, vociferaban a las puertas de un almacén. Algunos golpeaban fuertemente con palos unas chapas que retumbaban, otros soplaban unas potentes bocinas. El follón se oía por todo el complejo industrial.  Ernesto vestía un traje oscuro con corbata azul y sostenía un café en la mano. Miraba por la ventana, y escuchaba con gesto firme y contenido el estruendo que provocaban los trabajadores que reclamaban su puesto de trabajo tras ser despedidos el día anterior. Por la puerta del despacho que ocupaba Ernesto apareció un trabajador vestido igual que los que aporreaban las puertas.
-         -  Don Ernesto, ya he llamado a los de seguridad del polígono. Dicen que vienen de camino.
Ernesto con serenidad asintió.
-        -  Bien hecho Ibáñez, la empresa te lo agradecerá.

 Madrid, a 13 de octubre de 2014


FIN

martes, 23 de septiembre de 2014

Ninis y Nonos

Sonríe mirando al frente con decisión. Calle de Atocha arriba camina con paso firme Arancha. Una jovencísima mujer de veintiún años, cumplidos el uno de abril de dos mil trece, pero que afronta la vida con la determinación y confianza de quien dispuso de una larga vida. Y es que ella, tan morena, tan alta, saborea y exprime cada segundo de su vida. Así la recuerdo yo.

Arancha caminaba con paso firme, mientras se ajustaba una falda roja brillante a la cintura ante la atenta mirada de un grupo de jóvenes británicos ataviados con camisetas de un equipo de futbol, haciendo botellón a la espera del comienzo del partido. Arancha nunca para de pensar. Es tan positiva, tan decidida >> Hoy vamos a llenar las calles. La gente poco a poco se dará cuenta de lo que pasa. Solo necesitan un pequeño empujoncito. << Se ha dado cuenta de la mirada de varios de ellos, y les guiña un ojo mientras sonríe y avanza, siempre avanza.

Por la calle Arenal, Luis caminaba escuchando música. Se levanto los pantalones que ya se le caían más de la cuenta. Tan grande y fuerte, y tan desgarbado mientras se contoneaba tímidamente al son de Amaral, tropezando con esas enormes zapatillas de basket que solo se quita para dormir. Luis se ajusta los auriculares a los oídos, con gesto de mejorar su entonación desafinada, de una letra que ha repetido mil veces en voz baja por la calles y plazas de Madrid >> si nunca nos jugamos nadaaa, qué más da quién pierda o gana. En esta tarde de domingo rara…<< Y sigue cantando para sí esperando la oportunidad de volver a alzar la voz, bajita.

Un hombre de raza negra, alto y enjuto, avanzaba con paso lento por la Puerta del Sol. Andrés miraba de un lado a otro, incluso dándose la vuelta en algunas ocasiones. Se lo recrimina a sí mismo cuando ocurre, no quiere parecer inseguro y asustadizo pero le dicen que lo lleva en los genes, y el suele contestar que no, que sus tatarabuelos fueron grandes guerreros, señores de las llanuras africanas. Un niño se le acerco para pedirle la hora.
-       ¿Me puedes decir la hora? Por favor – ante la mirada furtiva y desaprobatoria de su padre.
Andrés se sobresalto y miro su reloj. Le extraño y le agrado la pregunta. Casi nadie suele ser natural con él.

Luis ha llegado a una cafetería. Ha mirado el rótulo para confirmar su destino. Atravesó la barra del bar donde desayunan varios ejecutivos. Jóvenes, con cara aniñada, todos de complexión atlética,  y trajeados apuraban su café y un croissant. Al pasar a su lado, Luis volvió a ajustarse los auriculares y buscando su mejor tono, le vomito casi en el oído de uno de los comensales de la barra, un >> si nunca nos jugamos nadaaa. << Algo más alto de la cuenta. Aquel se giro bruscamente con gesto de golpearlo.
-      Estas tonto o ¿Qué te pasa? – le increpo el hombre. A lo que Luis respondió haciendo con las manos un símbolo de paz.
-        Tranqui, hombre – respondió mientras seguía andando hacia tras.
-         Déjalo, Gonzalo no merece la pena montarla aquí y ahora – le sugería uno de sus compañeros.
Luis aprovecho para escabullirse de la zona de la barra en dirección a una zona de mesas al fondo de la cafetería. Allí Andrés y Arancha conversaban sentados delante de un café y una infusión de menta poleo. Luis  mientras saludaba con la mano se dirigió a un camarero que atendía en la mesa de al lado.
-          Un té, por favor – pidió al camarero que le miró algo molesto por la impaciencia que se delataba en el tono de Luis.
Luis se acerco a Arancha para besarla, simultáneamente que ofrecía la mano a Andrés para saludarlo.
-          Arancha, Andrés – saludo Luis con las prisas que le caracterizan.
-       ¿Cómo andas? – respondió Andrés con cortesía. Una fórmula que nunca había entendido pero que automatizó con el tiempo.
Luis se dejo caer sobre la silla y estuvo a punto de caerse si Andrés no le acerca la silla. Se retiro los auriculares.
-        Vas acelerado ¡Para hombre! – intento frenarlo Andrés.
-        ¿Qué tal en el buffet de abogados estirados al que fuiste ayer? – se intereso Arancha con algo de socarronería.
-     Una panda de trajeados motivados. Me tuvieron mareando la perdiz un buen rato para luego decirme que no daba el perfil. Canteaba mazo que me dieron puerta – haciendo gestos sobre el pelo  y señalándose la ropa.
-        Pero si tú de perfil eres la caña – se reía Arancha.
-      Lo mejor es que al niñato trajeado que esperaba conmigo le ofrecieron ser pasante por 540€ al mes. Vaya mierda. Y acepto – añadió Luis con mucha sorna.
-          Otra vez será – intervino Andrés.
Arancha y Luis se miraban con gesto divertido, pero Andrés reflejaba una tristeza serena, tranquila.
-        Hoy tampoco pinta bien. Que nos coincida hoy la mani con la entrevista de trabajo, después de esperar un mes y llamarles 30 veces, ya es mala suerte. Dicen que no hay otra fecha.
-         Y qué esperabas de los carroñeros de las empresas de selección de personal – respondió Arancha a Andrés con cierta mala leche.
-        Yo lo tengo claro. La mani no va a servir para nada. Ellos son los que reparten el trabajo, aunque sea una mierda. Me lo paso bien con vosotros pero me agotáis con vuestros sermones. Así que yo voy a ver que me ofrecen – declaro Luis con un tono de resignación que enervó a Arancha.
-       Así que nos utilizas como monos de feria. Aquí el único payaso eres tú y toda esa tontería que tienes. Por mi parte puedes ir a todas las entrevistas de trabajo, con ejecutivos estirados, que quieras – le espeto Arancha muy enfadada y con una voz que resonó por todo el local.
Algunos ejecutivos se removían en la barra al oír a Arancha, y miraban con inquina en la dirección de la mesa en la que se sentaban Andrés, Luis y Arancha.
-       Tranquilos. Bajad la voz que no salimos de aquí – argumento Andrés en voz baja mientras veía el movimiento y los cuchicheos de la barra.
-       No pienso ir a esa entrevista. Yo no quiero trabajo, al precio de la sumisión. Quiero derechos y tengo dignidad.
-      Eso ya lo he oído antes en la facu, y sigues con la misma canción que mira que te ha costado petas de profesores y cagarla en varias asignaturas. La realidad es tozuda. Aquí estamos sin curro – insistió Luis con un pragmatismo insólito.
-      No sé cómo fue en vuestra facultad ser progre, pero sí sé cómo es en mi vida ser negro -  intervino Andrés dirigiéndose a Arancha - Sabes que te debo varias pero necesito trabajar, mis padres me costearon los estudios a base de lamer culos blancos en una portería, para que ahora los hayan sustituido por un video portero, para más inri en blanco y negro. Estoy dispuesto a coger cualquier cosa aunque no me paguen.
Carmen y Luis se miraron atónitos. Un silencio tenso se apodero del grupo, a pesar del murmullo incesante de la cafetería.
-          Para que quieres trabajo si no te pagan, eso se llama esclavitud – reacciono Arancha con un tono duro.
-         Era una forma de hablar, necesito dinero y o trabajo o… - interpuso avergonzado Andrés.
-         No te rebajes, hombre – intento Luis contemporizar, sin gran fortuna.
-         Eso es lo que pasara si seguimos resignados, aborregados. Que trabajaremos sin cobrar.
Arancha se levanto sin mirarlos recogió sus cosas y se fue. Andrés y Luis se miraron con gesto de resignación, de conocer sus formas y personalidad. Sin ofenderse.
Con paso decidido, Arancha atravesó la barra del bar. Gonzalo se giro para marcharse y choco con Arancha, lo que provoco que cayeran al suelo algunos de los papeles que Arancha llevaba en la mano, y que había recogido precipitadamente de la mesa de la cafetería.
-        Pero bueno ¿Esto qué es? La habéis tomado conmigo – dijo Gonzalo con cierto malhumor.
Arancha sin contestar, sin mirarle siquiera, se agacho rápidamente a recoger sus papeles. Gonzalo la miro, con algo de asombro observo a Arancha, e inmediatamente cambiando la expresión de su rostro se agacho para ayudarla a recoger.
-         Perdona, pero llevo un día. Y voy acelerado.
-         Vale, no te preocupes – respondió Arancha, que seguía sin mirarle.
-        Tú eres Arancha. La delegada peleona de tercero ¿Verdad?
-        ¿Cómo? – giró la cabeza mirándole a los ojos con una expresión de fiereza.
-       Si, mujer soy Gonzalo el delegado de quinto. El que te sujeto la mano cuando le ibas a atizar al de laboral, en aquel consejo por la movilizaciones de Bolonia.
Ambos se levantaron al unísono, frente a frente, muy juntos. La expresión dubitativa de Arancha suavizo sus facciones, aunque mitigaba su atractivo.
-        -       Pues… no sé con aquel follón. Bueno,  gracias. Tengo prisa.
Arancha se dirigió hacia la salida y Gonzalo la siguió, observando la ajustada minifalda roja que llevaba. Gonzalo no quería dejarla marchar así, busco dentro de su repertorio y añadió.
-          Siempre me extraño que una chica tan guapa fuera tan reivindicativa e inteligente.
-          Lamento romper el mito masculino de “guapas y tontas”. Adiós – repuso Arancha cortante.
-        Espera mujer, al fin y al cabo me debes una. Y yo a ti una disculpa por arrollarte – cogiéndola del brazo. Arancha se paro. Se giró.
-         No me debes nada, la culpa ha sido mía y …
-     Mira yo solo quería proponerte tomar una copa y que asistas a un foro de trabajo digno que estamos montando algunos antiguos alumnos – la corto Gonzalo.
-         Paso de copas, pero ese foro ¿De qué va? – mosqueada y mirándolo de arriba abajo.
-         Dame un teléfono y vienes un día, así me das tu opinión – ofertó Gonzalo.

Lucia salió por la puerta de la vivienda unifamiliar donde vivía con su familia. Un pequeño chalet con algo de jardín a las afueras de Getafe. Se detuvo al borde de la puerta para recoger un pequeño paquete que le entregó su padre que venía detrás de ella.
-       Papa, no hace falta que me hagas el bocadillo. Soy universitaria y mayor de edad, ¿Recuerdas?
-       Ya lo sé, pero déjame que te diga algo – se acerco Juan a darle un beso.
-       Bueno… - acepto con resignación Lucia.
-       No te dejes llevar por los amigotes, se prudente y reflexiva como eres tú.
-       Claro, papa, como siempre – con cierto sarcasmo respondió.
Cuando su padre cerró la puerta, Lucia tiró detrás de un banco su mochila y recogió un banderín rojo enrollado. Se marchó corriendo y saltando hasta toparse con un grupo de compañeros, cinco jóvenes de su clase que permanecían semi-escondidos tras una esquina. Entre ellos se encontraba Arancha que la recibió riéndose y dándole un beso en la boca.
-          -   ¿Dónde va la niña de papa? – pregunto Arancha.
-         -      A meterse en líos, contigo nena.
El grupo se marcho con aire jovial, casi festivo. Abrazados y sonrientes todos portaban pequeñas pancartas, banderines y camisetas reivindicativas. El padre de Lucia observaba desde una ventana en la segunda planta de la casa, con gesto de preocupación, al grupo donde su hija marchaba.

Andrés y Luis esperaban sentados en una sala, junto a otras personas. Luis se removía en su silla mientras observaba el móvil. Levanto la cabeza para mirar a una chica de mediana edad que acababa de salir de uno de los despachos casi llorando. Andrés se acerco al oído de su amigo, apartando el auricular.
-       Un amigo dice que esta gente es muy exigente con la formación y la experiencia, y luego pagan fatal – dijo con voz baja.
Desde el despacho se oyó una voz áspera que dijo >> Alberto Galíndez, por favor pase <<. Un hombre maduro, con alguna cana, trajeado y bien afeitado entró cabizbajo dentro del despacho al oír su nombre. Una mujer mayor, vestida con dudoso gusto y muy maquillada, se dirigió al hombre que estaba sentado a su lado.
-        Vera usted, el entrevistador que nos ha tocado es un caballero de los que no quedan. Eso sí, muy exigente, pero amabilísimo. Ya tuve mi primera entrevista con él hace meses y salí tan contenta a pesar de que no me dio trabajo, vuelvo siempre que puedo y voy para diez.
Andrés y Luis tuvieron que contener la risa, y se cubrieron la cara con las manos mientras miraban para otro lado.

Arancha caminaba rodeada por una multitud de personas, a su lado se encontraba Lucía, casi hombro con hombro. El gentío repetía con fuerza las consignas que marcaba una voz con el megáfono.
-          Ea, ea, ea, menos beneficios y muchos más oficios.
-      ¿Quién demonios hará las rimas? – susurraba con fuerza Arancha al oído de Lucia mientras el resto seguía coreando con fuerza.
-       Lo mismo es de la patronal – levantaba los hombros Lucia, mientras terminaba con una sonrisa que Arancha no pudo por menos que besar.
-          Ahora van a ver estos como se reivindican los derechos en el siglo XXI.
Y Arancha se quito la falda roja de un tirón, ante la mirada atónita de varios jóvenes manifestantes que enseguida la hicieron corro. Detrás llevaba otra blanca,  más ajustada  y corta. La falda se mostro como una pequeña pancarta que Arancha ondeaba con los brazos arriba. Enseguida Lucia se sumo agitando su banderín de Comisiones Obreras junto a Arancha.
-        Bien hecho, hermosa – grito Lucia para que Arancha la pudiera oír bien.

Andrés permanecía sentado al otro lado de una mesa de un despacho, amplio y austero, con amplios ventanales, frente a su entrevistador, un hombre mayor correctamente vestido con un traje gris oscuro, que le escuchaba algo impaciente.
-          -   Tras terminar el bachillerato, realice un ciclo de grado medio de electricidad y…
-         -    Por favor, concrete su formación – le pidió Juan con amabilidad, pero cortando el relato de Andrés.
-          -   Soy ingeniero industrial electricista – termino Andrés casi cohibido.
-          -  ¿De qué experiencia dispone? – pregunto Juan algo asombrado por lo que había escuchado.
-      -    He hecho prácticas en varios almacenes como reponedor, tuve un contrato de un mes repartiendo publicidad. Busco mi primer empleo y por necesidades familiares me urge trabajar aunque no tenga que ver  con mi formación – afirmo Andrés casi sudando, por lo que le costaba tener que decir aquello.
A través de uno de los ventanales, ligeramente entornado, se oía crecer una algarabía de gritos y cánticos, que llegaron a un extremo que Juan y Andrés miraron en dirección a su origen. Se trataba de una manifestación que se había parado justo debajo de las oficinas donde Andrés realizaba su entrevista.
- Fuera las agencias de contratación. No hagáis negocio con mi selección – coreaban los manifestantes con fuerza y desentonación.
Juan se levanto extrañado y se acercó al ventanal  mientras se dirigía a Andrés para decirle.
-     Siento comunicarte que ahora mismo no tengo nada para ti – mirando por el ventanal.
Juan observaba el gentío. Se detuvo sobre una persona que le resultaba familiar. Al descubrir entre los manifestantes a su hija Lucia dio un paso atrás como escondiéndose. Andrés también se había acercado a mirar por la ventana. Al reconocer a su amiga Arancha, intento saludarla. Ante el gesto de desaprobación del entrevistador, paro de mover la mano, y volvió a sentarse cabizbajo.

Un joven ejecutivo salió por la puerta de uno de los despacho adyacentes a la sala de espera donde aguardaba Luis, claramente enojado.
-      Sera posible, me cago en la puta,… hay que joderse – muy alterado y hablando para sí.
Cruzó la sala a grandes zancadas casi sin mirar pasando por delante de Luis, y tropiezando con su pierna. Se miraron, y Luis al reconocerle volvió la cara rápidamente.
-     ¿Yo a ti te conozco?... joder el del bar – dijo Gonzalo sin pararse, señalando con dos dedos en forma de uve.
Gonzalo abrió la puerta del despacho donde se encontraban  Juan y Andrés con tal fuerza que reboto y le golpeo en el brazo, tocándose este con gesto de dolor grito colérico  desde la puerta al interior.
-     Suspenda todas las entrevistas. ¿Quién se han creído que son? Que creen los puestos de trabajo ellos, si pueden y si les dejamos.
Cerró dando un portazo y se retiro a su despacho aflojándose la corbata y cogiéndose el codo derecho con el otro brazo, en un claro signo de dolor. Al entrar en su despacho, volvió a cruzar una mirada con Luis que intento contener una risa que se le escapaba de manera indisimulada. A su lado otras dos personas que esperaban junto a él, miraban perplejos el espectáculo.
Luis tras mover bruscamente de un lado a otro la cabeza, en señal de negación como si hubiera descubierto algo, salió corriendo por la puerta, dando un portazo en las narices de Gonzalo que salía de nuevo a la sala de espera en busca de un nuevo candidato.
Andrés ya se levantaba para marcharse, cuando Juan con un claro síntoma de abatimiento le invito a sentarse de nuevo. Las voces seguían arreciando en sus canticos e increpaciones a través del ventanal.
-     Veras, he pensado que te puedo ofrecer una plaza que tenemos vacante hace algún tiempo – Andrés escuchaba asombrado por aquel cambio y la tristeza que reflejaba la cara de su interlocutor.
-      Un contrato de trabajo como entrevistador junior, no requiere experiencia, necesitas un traje y solo tienes que escuchar, anotar y rechazar a los candidatos. Seria por tres meses con un salario de 2500€ al mes, prorrogable - Juan tenía que elevar la voz, y Andrés escuchaba su propuesta asombrado, y seguía sin comprender porque aquel hombre no cerraba el ventanal, parecía como si se obligase a oír aquello, como si aceptase un castigo.
Un silencio se instalo entre ellos. Juan respiraba como cogiendo aire. Andrés meditaba, no la propuesta, sino su falta de entusiasmo ante ella.  Juan alargo la mano para coger un pequeño porta retrato de encima de su mesa. Lo miró, sus facciones se suavizaron, y una pequeña lágrima amago en sus ojos. Dejándolo de nuevo sobre la esquina de su mesa. Se dirigió de nuevo a Andrés.
-     Hagas lo que hagas debes seguir estudiando. Continúa tu formación. No te conformes y persevera con tus objetivos. Haz como yo, un trabajo no lo es todo – Andrés le miró con cara de no creérselo.

Luis salió disparado del portal, miró a un lado y a otro. En un grupo muy alborotador distinguió a Arancha, y corrió hacia ella. Arancha al verle, se sorprendió, y abrió los brazos para abrazarlo. El grupo retomaba la marcha y los coros contra las políticas de empleo se recrudecían.
-          Más empleo, menos prevaricación.
-          Más trabajo, menos frustración.
Arancha y Luis cogidos de la cintura caminaban juntos. Al otro lado de la mano iba Lucia que los mira con interés.
-       -    ¿Qué neurona se te ha cruzado ahora? Cambias de opinión más que el presidente del gobierno.
-     -     Ahora estoy seguro de que la manifestación ha servido para algo – respondió Luis con sarcasmo y guiñándole un ojo a Lucia, que lo miraba sin acabar de entender aquello.
Luis cogió la pancarta de Arancha y la abrió con los brazos arriba, mientras Arancha y Lucia le abrazaban una a cada lado. Y Luis entonaba los canticos del grupo.

Andrés y Juan se estrechaban la mano bajo la puerta del despacho. En la sala ya no quedaba nadie, y el vocerío de los manifestantes ya solo se percibía como un rumor.
-      Si algo me ha enseñado una buena amiga es que el trabajo digno no es solo una cuestión de salario e ir bien vestido – decía Andrés mientras se despedía.
-          Sin dignidad no somos personas – respondió Juan.
-          Juanito, venga usted a la carrera, osea ya – escucharon Juan y Andrés una voz que procedía del despacho contiguo.
-          Ahora mismo señor director – contesto Juan levantando la voz para que se le escuchara.
Antes de entrar al despacho de Gonzalo, Juan se paro para volverse hacia Andrés. Al fondo del despacho Gonzalo realizaba unas anotaciones y miraba el reloj.
-          Juan, a que espera, venga usted aquí.
Juan dio unos pasos hacia Andrés que ya abría la puerta de salida.
-          Andrés, espera.
Andrés se detuvo al  oír su nombre con un gesto que había automatizado, como esperando una reprimenda, algo malo.
-        Si encuentras abajo a una chica de tu edad, muy resuelta y con una larga coleta que responde al nombre de Lucia, dile que su padre la quiere y le pide perdón por no estar a la altura de ella ¿Lo harás? – en voz baja, con la voz y el semblante afectados Juan volvió a tender la mano a Andrés.
Gonzalo observo sonriente desde su ventana como la manifestación se alejaba. Comenzó a teclear en su teléfono móvil una invitación a un foro sobre trabajo digno con destino a Arancha >> Mañana, foro job 20h + copa risas. Guapa. Gonzalo <<. Entro Juan y se acerco despacio como reteniéndose en darse la vuelta. Gonzalo lo observo, distinto.
-        -      Usted dirá – dijo Juan al llegar al borde de la mesa sin sentarse.
-         Tengo una candidata al puesto de secretaria de personal. Anota su teléfono.
Saco un papel y un bolígrafo, empezó a anotar los números que le dictaban, y cuando termino arrugo la hoja y la deposito encima de la mesa de Gonzalo. Y salió por la puerta.

Andrés consiguió unirse al numeroso grupo de manifestantes que anteriormente interrumpieron su entrevista de trabajo. Tras un largo rato de búsqueda, moviéndose con dificultad entre la muchedumbre acabó por encontrar a sus amigos, que proseguían con sus canticos, bromas y risas.
-       -     Vaya lío que habéis montado – gritó al ver a sus camaradas.
-       -     Y más que vamos a montar – repuso Arancha, siempre tan dispuesta.
-      -       Pues conmigo no cuentes – respondió Luis, guiñándole un ojo.
Andrés sorprendido descubrió en el corro que su amigos hacían, a una mujer con una larga coleta que respondía a la descripción de Juan.
- A esta chica tan guapa, yo no la conozco – afirmo Andrés.
Soy Lucia. Llámame Lu – respondió Lucia ante la sorprendida mirada de Luis y Arancha.
-       -      Una gran, gran amiga – apostilló Arancha.
Andrés se acerco a su oído y le dijo algo que hizo que su rostro se fuera iluminando, para terminar por verter una lagrimas enmarcadas en una gran sonrisa. Todos continuaron su canticos y su marcha.
-        -    ¿Qué te ha dicho este sin vergüenza? – pregunto intrigada Arancha a Lucia.
-       -      Me ha contado un chiste sobre un trabajo de 3000 euros que ha rechazado.

Así siempre recordare a aquel grupo de amigos que se marcho coreando los lemas de los manifestantes, riendo y saltando, abrazándose entre ellos. Arancha subió de nuevo la pancarta con los brazos en alto y Andrés la cogió a hombros. Entonces se puedo leer claramente en  la pancarta “Nuestro trabajo, ser dignos”. Y aún lo intento.

martes, 26 de agosto de 2014

La boleta

En aquella pequeña habitación, mal iluminada, en la trastienda del bar de Juanfran, antiguo entrenador de nuestro equipo de futbol, entre el denso humo, el olor agrio a sudor, entre carcajadas socarronas, parecía que el tiempo no hubiera pasado. Tras una cena emotiva, cargada de viejos recuerdos, con café, muchas copas y puro, volvimos a compartir una velada de cartas.

Hacía más de tres años que llevaba sin ver a mis amigos. Así que entre naipe y naipe, nos fuimos poniendo al día de nuestras últimas peripecias, mezcladas con recuerdos de los buenos momentos, y de algunos no tan buenos.

Borja repartía las cartas. No había perdido su falta de habilidad con el tiempo, y hasta en tres ocasiones se le había caído la baraja.

-      Te hiciste las “Américas” en tres años, no está mal, nada mal. Te hemos echado de menos Ángel - me disparaba Borja a bocajarro mientras torpemente repartía las cartas.
-  Gracias. No pare de trabajar


Enfrente de mí Gaby revisaba un boleto de apuestas. Le gustaba el futbol con locura y era un sufrido hincha del Atlético de Madrid.

-    Una y otra y otra.... No hay manera. El Atleti siempre me la lía.
-    No juegues haz como yo, te quitas de problemas y ahorras una pasta. - apuntaba Carlos de manera muy sensata a pesar de las copas que llevaba encima.
-     Joder, si que estuvimos a punto de pillar una buena, desde entonces yo tampoco he vuelto a jugar. Sí señor, el último fin de semana que pasamos juntos hasta hoy – dijo Borja mientras terminaba de repartir las últimas cartas.
-       Ves Gaby. Haz como Borja y yo. Deja esa afición idiota. Y sobre todo deja ese equipo lastimero que siempre la caga – insistía Carlos que era madridista hasta la médula.
-     Yo tampoco he vuelto a jugar a las quinielas, en Estados Unidos no hay afición al fútbol, aunque se apuesta a todo. Nunca he tenido suerte en los juegos de azar. – dije con cierta tristeza.

Todos nos miramos de reojo, a la vez que interpretábamos la jugada que las cuatro cartas que teníamos entre las manos nos ofrecía. Gaby me guiño un ojo, en otra situación podría haberlo interpretado como un signo de complicidad, incluso pensé en ello, pero evidentemente se trataba de una treinta y una, y encima era mano.

De repente Carlos, dejo las cartas sobre la mesa, y con un tono evocador, rayando en la tristeza, nos miro sombrío diciendo.

-    Si que fue mala suerte, si hubiéramos acertado aquel maldito Sporting-Oviedo, ahora seriamos millonarios. Ángel no tendría que haber ido a Florida y yo no tendría que haber aceptado aquel jodido trabajo en Carrefour. Y tu no....
-          Yo no tendría que aguantar borrachos todas las noches vomitando por el Metro. Menuda mierda. – dijo Gaby de manera cortante, y dura.
-          Y que pasa con los cuatro años que me he tirado haciendo la puta carrera que a mi padre se le antojo. Lo peor es que estoy sin blanca, no me suelta un duro. – levanto la voz Borja con cierta mala leche.
-          Etc, etc, etc. Ahora el que la pilló, estará forrado - apunto pensativo Carlos.
-        Nunca se supo quien la engancho - expreso Gaby dejando las cartas sobre la mesa una a una, como intentando recordar.
-     Imagino que como siempre, el que acierta se marcha a las Bahamas ipso facto – dijo Borja con una mezcla de ironía y melancolía.
-   Aquella noche tan desafortunada habíamos quedado como todos los domingos y nadie apareció, excepto… - continuo diciendo Gaby.

<<Así recordó Gaby aquella noche en la barra del bar, tomando una cerveza importada que Juanfran traía directamente de Alemania, y nos esperaba mirando el reloj impaciente, cuando apareció María. La recordaba tan sensual, tan morena, tan angulosa,  que siempre sabía adornarse con aquellas posturas tan glamurosas. Recordaba su marcado acento porteño - se crío en Buenos Aires. Hija de inmigrantes españoles de segunda generación - mezclado con su perfecto castellano producía un efecto disonante y marcaba un aura desconcertante a su alrededor.

-          Hello, Gaby.
-          Y los chicos ¿Dónde andan? – conteste.
-      No creo que vengan. He visto a Carlos y andaba jodido con lo de la quiniela. Borja regaño con su Padre y Ángel andaba coqueteando con una preciosa amiga mía.
-          Casi me alegro, así tendremos tiempo tu y yo de...
-          No te alegres tanto, he venido a decirte que no los esperaras. Y a despedirme de ti – Le corto María
-          ¡Cómo! ¿Por qué? – pregunte sorprendido.
-          Lo hemos pasado bien.
-          Lo podríamos haber pasado mejor, pero tu … - me quede pensativo sin terminar la frase.
-      Déjalo estar, me equivoque con Carlos – me dijo con aquella frialdad que nos cautivaba mientras tomaba distancia de uno.
-          Todos habríamos querido ser Carlos – tome aire - Decidido me voy contigo.
-          He encontrado un trabajo fuera de esta ciudad y necesito estar sola un tiempo, ya sabrás de mí, chiao.
-          Llámame, o dame tu teléfono. – dije de manera dubitativa mientras la veía marchar.
-          O un beso. – termine diciendo para mí mismo mientras la veía salir por la puerta del bar.

Así era María. Perturbadora, imprevisible y cuando tomaba una decisión no había quién consiguiese torcer su camino concluyo Gaby>>

La noche había traído los ecos del que debió ser su último encuentro y Gaby, mientras daba un trago largo de su vaso, se dirigió a todos enseñando un boleto de apuestas.

-      Mirad todavía conservo una fotocopia de aquella maldita última apuesta – dijo Gaby al terminar de beber.
-          Sí, fue mala suerte que el Oviedo ganará al Sporting. – insistió Ángel.
-       De eso nada, que el Sporting mando a segunda al Oviedo, menudo cabreo tenía mi padre. – Afirmo Borja con contundencia.

<<También Borja rememoro como había vivido esos momentos, preludio de una larga separación entre nosotros.

-       En vez de preocuparte tanto de tus amigos, y de esa chica, deberías centrarte en la carrera – dijo mi padre, mientras bajaba del mercedes en la plaza del barrio donde había quedado con María.
-          Estudiar, competir, comprar, vender ¿Qué sabes de amistad, amor o compañerismo? Solo te interesa el dinero.
-      A ti también te interesa el dinero, pero el mío. En el buffet a mis espaldas dicen que eres un niñato holgazán y mal criado que sangra a su padre.

Borja tenía grabado en la cabeza hasta el último detalle y nos describía como María salía de un taxi saludando con un indescriptible gesto del brazo que parecía abarcar el mundo con cariño, y que siempre recordaría con nostalgia.

-          Esto último es hereditario pero yo lo hago por derecho, o no eres mi padre. Vete ya por ahí – le solté al pesado de mi padre.

Así Borja agarro del brazo  a María y salieron andando en dirección contraria, mientras su padre seguía recriminándole su despecho.

-          ¡Cómo está tu padre! No – me dijo María.
-          Así toda su vida, hoy peor que ha perdido el Oviedo, pero verte me alegra el día. Estás estupenda, para variar.
-    Espero no empeorar la situación. Los chicos no irán al café, tienen un gran disgusto por lo de la quiniela…. Y yo he venido a…. despedirme.
-    ¿Dónde vas? ¿Por qué te vas? Nos vas a dejar así por las buenas – intente que me diese alguna explicación.
-       Debo cambiar de aires, tengo una oferta de trabajo y…  debo irme. – María salió corriendo entre la gente y nunca más volví a verla>>

Todos habían olvidado las cartas. Gaby recostado sobre su silla apuraba su copa de Dyc con cola. Mientras yo escuchaba atentamente el relato de Borja, recostando la cabeza sobre un brazo encima de la mesa, que miraba a su vez las cartas como hipnotizado. Carlos abrió la cartera saco un papel que ondeo como si fuera una bandera.

-         Yo también guardo la fotocopia de aquella quiniela como una reliquia a la mala suerte, y debió ganar el Oviedo, sino la tendríamos acertada – dijo Carlos mostrando un papel muy ajado.
-          Pues, juraría que gano el Oviedo – asintió Gaby.
-          Veis fallamos ese resultado poniendo un 1 – continuo Carlos.
-          Deberíamos tener los 14 resultados. Porque gano el Sporting. Yo nunca mire un solo resultado pero de este estoy seguro – seguía manteniendo Borja.
-          Que no gano, que la revisamos…. – comenzó a dudar Carlos.

<<El recuerdo de María y él sentados en una mesa entre arrumacos mientras revisaban la quiniela invadió la mente de Carlos.

-          ¡Joder con el Oviedo! seguro que has cogido bien los resultados.
-          Sí, me los dio Ángel cuando me dijo que tenía que volver a Florida urgentemente. ¡Vaya suerte! nos ha roto la quiniela – se quejo María.
-          No hay manera. No voy a hacer una puta quiniela más – dije.
-          Siempre dices lo mismo. Déjalo, no te preocupes. Tengo que decirte algo importante.
-          Más importante que perder 200 millones – exclame sin saber lo que se avecinaba.
-          Me voy – me dijo María de una manera glacial.
-          Sí, vete a casa porque tengo un humor.
-          No Carlos, me voy de la ciudad. Te dejo.
-          Anda no digas tonterías, llámame mañana y hablamos cuando se nos pase lo de la quiniela.
-          Eso haré – me dijo para contentarme>>

Carlos con las manos en la cara y un tono lloroso, agravado por su embriaguez casi balbuceaba.

-          No volví a saber de ella.
-          Fue un día fatídico. – Le consolé.
-       Ángel, empiezo a pensar que fueron muchas casualidades en 48 horas, desde entonces no nos hemos vuelto a ver, tú, te fuiste de repente a Florida – dijo Gaby dirigiéndose a mí. - y hemos estado tres años sin saber de ti. María se marcho sin dejar rastro. El resto nos separamos. Pero, ¿Donde coño esta el boleto original? – acabo preguntando Gaby.
-          Siempre lo sellaba Ángel. - dijo Borja mientras se encolerizaba.

Borja se levanto señalándome, y Carlos secándose las lágrimas, se puso también de pie tambaleándose. El ambiente empezaba a enturbiarse de una manera preocupante.

-      ¿Dónde te metiste aquella noche? Tu tenias el boleto y te marchaste con el dinero, cabrón – me dijo empujándome Carlos, que había perdido la compostura y me incriminaba como a un delincuente.
-          Estas equivocado yo tenía un trabajo urgente que cerrar y... – me defendí.
-       Y te marchaste con la pasta y nos dejaste tirados, te voy a... – protesto Gaby, cortándome de manera acusadora
-     ¡Es un cerdo! pero así no solucionas nada, déjale que se explique. – dijo Borja mientras sujetaba a Carlos, alarmado por su agitación.

Estaba sudando, el alcohol y el agresivo calor ambiental que se había generado hacia que se inundase mi frente. Saque un pañuelo blanco con la inicial “M” bordada, para secarme el sudor.

-          No sé nada de ese boleto. Aquella semana estuve...
-          Más que un cerdo es un puto traidor  – me arrebato el pañuelo Gaby y se lo enseño a Carlos.
-        Lo voy a matar, de donde has sacado un pañuelo de María – se abalanzo Carlos sobre mí, trastabillando con la silla.
-          Dejad que hable, y luego me lo cargo yo – intercedió Borja, amablemente.
-          Lo siento, de verdad que lo siento. María me volvía loco como a todos y....

<<Me embargo un gran sentimiento de culpabilidad y comencé a explicar mi cena con María, aquella noche en la que los cuatro habíamos tenido algo que ver con aquella mujer, que nos encandilo a todos.

-          Me alegró mucho saber que quisieras cenar conmigo.
-          Te has vuelto una persona muy interesante, tanto ir y venir a EEUU te sienta bien. – me dijo María, con aquella voz y ese acento que me enloquecía.
-       Pues, tu estas tan radiante como siempre. Un poco más de vino – intentaba coquetear con mi mejor sonrisa.
-       Si gracias. Voy a ser sincera, me gustaría ir contigo mañana a Florida. Creo que tú y yo sintonizamos bien.
-          ¡Y Carlos!, ¿Qué hay de Carlos? – pregunte con gran sorpresa.
-          Eso acabo.
-          Pero, si ayer estabais de lo más enrollados.
-          Así es, pero las cosas pasan y....
-          Hay que aprovecharlas. Camarero la cuenta.

Acabe contando a mis amigos como tres años atrás los engañe. Me fui con aquella increíble mujer sin decir nada. No tuve valor para enfrentarme a ellos, y cogí aquel avión sin pensar en las consecuencias>>

-        Cacho cabrón,  nos dejaste sin quiniela y me birlaste la novia. – me empujo Carlos, chillando.

Parecía que se le había pasado la curda de repente. Me tenía contra la pared y Gaby y Borja detrás de él me traspasaban la piel con su mirada.

-          Os prometo que de la quiniela no se nada, recuerdo que aquella semana estuve muy liado y le pedí a Maria que sellara el boleto.
-          ¿Cómo? – me espetó Gaby, a tres centímetros de mi cara.
-          ¡Anda la ostia! – soltó Borja.
-          ¿Dónde está María, ahora? ¿Qué paso? – insistió Carlos abriéndose paso entre Gaby y Borja. Como en una carrera de relevos.
-          Pasamos tres semanas fantásticas y,  ... y luego desapareció. Nunca pensé que....
-          Que te utilizará como un juguete, y nos engañara a todos como a chinos. – acertó a decir Carlos como en un ataque de lucidez.
-          Y nos robase 200 millones, como quien quita un caramelo a un niño. – apuntilló Gaby.
-          ¡Joder con María! con lo buena que estaba. – lamentándose, añadió Borja.
-          ¡Ya te digo yo! –

Me miraron todos con ganas de pegarme y cierta envidia sana. Así es entre amigos.




FIN