viernes, 31 de octubre de 2014

BIEN MERECIDO

>> Tras un tenso debate la reforma laboral ha sido aprobada por la mayoría del Congreso, con los únicos votos a favor del partido en el gobierno << Decía la presentadora del espacio informativo que veía Ernesto desde su sillón.
-        - Bien hecho – exclamo para sí.
Volvió a dar otro sorbo de su cerveza para arrellanarse en el viejo butacón que presidia frente al televisor toda la estancia. Como todas las noches antes de cenar Ernesto gustaba de informarse de lo acontecido durante el día mediante los telediarios de la cadena pública, acompañado de una lata de cerveza. En aquella ocasión se sentía especialmente satisfecho. Si le hubiesen consultado a él para tomar aquella medida habrían coincidido plenamente. Estaba claro que no había otro camino, pensaba.

 Alberto se vestía mientras Cándida desde la cama le observaba  El ritual de su marido era conmovedor, al menos a ella se lo parecía. Primero se deshacía de los calzoncillos con los que dormía. Solo utilizaba esa prenda durante la noche. Después tras elegir calcetines, calzoncillos del cajón de la cómoda, se dirigía al armario donde escogía unos pantalones y una camisa que el mismo planchaba y ordenaba por colores y tejidos. Luego se vestía despacio, ajustando cada prenda a su fisonomía, con una lentitud que ella disfrutaba, algunas veces hasta se excitaba. Pensaba en un estriptis al revés, solo le faltaba la música. Aquel día su marido quizás había ido algo más rápido y eso la inquieto.
-          - A ver con que mierda se descuelga hoy el gobierno – hizo una pausa – de los mercados porque de los ciudadanos…. – finalizo Alberto dejando la frase en alto.
-         -  Me gustaría veros a vosotros en su lugar ¿O creéis de verdad que hay otra salida? – repuso Cándida que en cuestiones de política no congeniaba con su marido ni la mitad que en la cama.
-          - Que hayas votado a ese partido de vendidos no significa que tengas que aceptar cuanto hacen. No entiendo vuestra resignación. Tiene que haber otra salida más justa – intento zanjar la conversación Alberto no sin cierto enfado.

Bien trajeado alisándose el pelo sobre su incipiente calvicie Ernesto salía por la puerta del despacho de la directora de recursos humanos. Desde el fondo del despacho provenía la voz que pronuncio su nombre,  se paro dándose la vuelta para observar a su interlocutora, que con tono preocupado se dirigía a él.
-          - Ernesto. No nos queda otra salida son órdenes de arriba.
-         -  No se preocupe, Adela lo entiendo y lo comparto. Es lo que hay que hacer en tiempos de crisis – repuso Ernesto con gesto de asentimiento.
Ernesto recorrió la zona de moqueta que distingue a las dependencias de la dirección, a continuación bajo dos tramos de escaleras para descender hasta la planta de almacenes de la que era rey y señor, así se sentía él. Hizo llamar a tres empleados de su sección por megafonía, y enseguida acudieron dos hombres de cierta edad y Cándida. Ella llevaba trabajando en aquella empresa casi diez años y aunque no era un trabajo que la llenase, no se quejaba y se entregaba a sus quehaceres en cuerpo y alma. Al llegar al despacho de Ernesto, Francisco y Fernando ya se encontraban allí. Observo como Ernesto les entregaba un papel. A continuación se dirigió hacia ella con un gesto que parecía un saludo, y le tendió otro documento igual.
-          - Podéis pasar por caja a por lo finiquitos. Es todo – expuso Ernesto con mucha frialdad e indiferencia.
-         - Veinte años en la empresa y me dices que “es todo”, ¡Ni una explicación, así porque si! Hasta el día que te mueras serás un cabrón – repuso Francisco ostensiblemente cabreado.
-          - Son lentejas. Majo. La crisis – sentencio Ernesto con una medio sonrisa.
-          - Qué crisis, joder. Si habéis tenido un 5 porciento más de beneficios, y os acaban de dar una gratificación, a los jefes. Me cago en la puta que os parió – dijo Fernando acercándose mucho a Ernesto con gran enfado en actitud muy provocadora.
Cándida con lagrimas en los ojos observaba aquella discusión con sensación de incredulidad y mareo. Ernesto sin entrar en provocaciones hizo señas a dos empleados de seguridad que observaban, preparados, la escena a pocos metros de distancia, pues ya habían sido prevenidos  por el encargado del almacén. Estos se acercaron y agarrándolos por el brazo retiraron a los trabajadores recién despedidos no sin que estos aprovecharan para increpar a gritos a sus antiguo jefe.

No habían transcurridos cinco días del despido de Cándida cuando ya se podían leer por toda la empresa carteles convocando a los trabajadores a una huelga. Ernesto deambulaba entre el almacén y las instalaciones comerciales junto con un compañero cuando oyeron voces de trabajadores que coreaban consignas contra la dirección. Ernesto y su compañeros se acercaron a la asamblea que estaba presidida por Alberto que hablaba por un megáfono y se le escuchaba a duras penas entre el gentío enardecido.
-        -  La situación no hace más que empeorar. Algunos aprovechan la crisis para aumentar el margen de beneficios. Despedir es más barato y ya no hay que justificar nada – arengaba Alberto a los compañeros que asentían y comentaban entre ellos.
-         -  Algunos partidos políticos han reducido la democracia a un ¡tu votas cada cuatro años y luego ya hare yo lo que me dé la gana! La clase obrera debe reflexionar y en breve tendremos elecciones generales.
Ernesto escuchaba también los comentarios de algunos compañeros de alrededor.
-        -  Es lo que votamos y lo tenemos bien merecido – expresaba uno de ellos.
-         - Estamos tontos o qué, primero votamos a estos sinvergüenzas y luego ellos le dejan nuestro despido en bandeja al patrón – apostillaba otro.
Cándida que había ido a recoger algunos papeles que necesitaba para obtener la prestación por desempleo se había acercado también a escuchar a su marido, y apesadumbrada percibía la indignación y resentimiento que acumulaban sus antiguos compañeros que ya habían soportado varias bajadas de sueldo. Y ahora la reducción de 50 empleos en toda la empresa estaba colmando la capacidad de aguante de muchos.
-         -  Ante los despidos injustificados, debemos movilizarnos. El comité ha debatido la situación y os propone una huelga de 48 horas – continuo Alberto intentado exaltar a su auditorio.
-          - Unidos podemos vencer, nuestra arma es la movilización. Todos a la huelga – los trabajadores prorrumpieron en aplausos y comenzaron a corear.
-          - ¡Huelga! ¡Huelga!
Ernesto observaba con altanería la algarabía  y alzando la voz con descaro se dirigió a sus colega.
-          - Lo que hay que hacer es trabajar más. Estos sindicalistas subvencionados acaban con las empresas y el trabajo. Muy pronto esto acabara, ya lo veras. Hace falta más mano dura. Hay que ser inflexibles con tanta molicie y despilfarro.
-         -  Bien dicho, Ernesto – contesto Javier templando la voz para evitar ser oído.
La asamblea había terminado y algunos trabajadores volvían a sus puestos de trabajo, otro en dirección a su casa por la hora que era. Cándida permanecía pensativa apoyada contra la pared, cuando se le acerco una vieja compañera.
-         - Cándida ¿Cómo estás? Ya me he enterado. Vaya putada tía. Pero es que se lo han puesto a huevo a las empresas para despedir. ¡Lo siento de verdad!
Cándida la miró asintiendo con la cabeza para terminar agachándola. No había sido capaz tan siquiera de contestar, quizás habría perdido la capacidad de responder, de reaccionar pensó ella mientras que se aleja llorosa.

De nuevo las noticias traían novedades políticas al telediario por televisión. Cómo cada día desde mucho antes del comienzo de la campaña electoral. Ernesto había preparado la velada, en previsión de la confirmación de los acontecimientos que anhelaba. Abrió una botella de vino de Rioja del año dos mil diez, junto con unas aceitunas y unos cacahuetes. A pequeños sorbos ya iba por su segunda copa cuando el presentador en tono adusto afirmaba que los datos oficiales del ministerio de turno confirmaban un cambio de gobierno, de nuevo la llamada alternancia política del bipartidismo imperante se producía. Ernesto levanto su copa en dirección al televisor para finalizar con un largo trago  que termino el vino restante en ella, y una sonrisa de satisfacción se dibujo en su rostro.

Alberto se levanto de la cama intentando hacer el menor ruido posible, casi a tientas recogió su ropa y dio la luz del baño al entrar, a pesar de sus cuidados Cándida se despertó.
-        -  Esa luz ¿Dónde vas a estas horas? – farfulló Cándida con voz soñolienta.
-        -  Al piquete. Y tu qué ¿No te levantas? -  objeto Alberto a sabiendas de que en las últimas semanas sus horarios se había descoordinado.
-        -  El INEM no lo abren hasta las nueve – contesto algo mosqueada y escondiendo la cara debajo de la almohada.
Al llegar a la puerta del centro de trabajo  Alberto se encontró con que ya se concentraban varias decenas de trabajadores, configurando un numeroso piquete. Uno de los integrantes del comité de huelga megáfono en mano informaba a los compañeros allí congregados.
-         - Se han convocado manifestaciones y paros en defensa del sector público. Los recortes no paran de cebarse con lo que es de todos. Os invitamos a participar e impedir que nos quiten lo que tanto tiempo nos ha costado conseguir – terminaba elevando la voz para transmitir mayor emoción y consiguiendo que algunos de los reunidos prorrumpieran en aplausos.
Ernesto junto con otros dos encargados de sección entraronal edificio bordeando al grupo. Ernesto, altanero y  haciendo caso omiso de algunas voces que le increpaban, sonreía de manera burlona.
-         -  Ya están los liberados arengando a las multitudes, ya quedan pocos y menos que van a quedar. Vaya unos trepas – se acerco a unos de ellos para decirle al oído.
El grupo coreaba con fuerza, acompañado de pitos.
-         -¡Esquiroles!

Dos días después Ernesto había acudido de nuevo al despacho de la directora de recursos humanos. La mujer de menos de cuarenta años, muy bien peinada, con una blusa escotada debajo de una americana ceñida hablaba con serenidad y confianza sentada al otro lado de su mesa en un despacho austero pero con muebles de buena calidad.
-        -  Prescindir de tu departamento entra dentro del proceso de externalización que tan buenos resultados económicos esta dando. Siempre has entendido estas cosas, y espero que a pesar de suponer tu marcha de la empresa lo comprendas – termino tendiéndole la mano.
Ernesto sentado con cierta laxitud poco habitual en el había estado escuchando las palabras de Adela con la mirada pérdida y asintiendo en todo momento sin comprender del todo lo que estaba pasando. Se levanto de manera automática sosteniendo la mano de aquella mujer sin saber bien como había llegado allí.

El sueño de Ernesto había sido intranquilo. Había dado tantas vueltas en la cama que se levanto sudando. Recordaba el sueño como una sucesión de imágenes, donde se vio introduciendo una papeleta en una urna que giraba y se alejaba de él. También recordaba una imagen de él mismo riéndose de manera nerviosa en medio de trabajadores que le miraban y enseñaban documentos de despido, entre gritos sordos que le hacían taparse los oídos mientras todos seguía girando cabeza abajo. El resultado había sido un despertar abrupto y una sensación de angustia que no se había ido ni después de ducharse durante al menos diez minutos.
Tras levantarse y vestirse de cualquier manera, se encontró sentado en su sillón viendo el telediario matinal. El noticiario anunciaba nuevos recortes aprobados en consejo de ministros. Ernesto levanto la taza de café por encima de la cabeza en signo de reconocimiento para luego lanzarla contra la televisión, impactando por encima de esta y derramando todo su contenido sobre ella.

Alberto que disfrutaba de un día libre decidió acompañar a Cándida a la oficina del INEM. Eran la nueve y cuarto de la mañana y la cola ya daba la vuelta por la esquina del edificio contiguo. Hombres y mujeres de distintas edades esperaban para realizar los trámites correspondientes a sus variadas situaciones o demandas. Cándida había acudido a renovar su solicitud de prestación. Alberto le dio un codazo a sus mujer cuando vio acercarse cabizbajo hacia ellos a Ernesto. Cándida se giro para mirar en dirección hacia donde señalaba su marido con la cabeza, y se encontró con la mirada de Ernesto que levantaba la cabeza buscando el final de la cola. Al acercarse Ernesto levanto la cabeza tímidamente para saludar, aunque había estado tentado de continuar.
-         - Hola, Cándida y compañía ¿Cómo estáis?
Alberto hizo una mueca y levanto los hombros para luego mirar para otro lado. Cándida se lleno de valor para retener unas lagrimas que amenazaban con despeñarse por sus ojos y respondió.
-        -  Bien, mejor. Esta la cosa difícil.
-         - Siento mucho como me porte. De verdad que creía que aquello estaba bien.
Alberto se giro para mirarlo sorprendido y mordiéndose la lengua para no contestar.
-         - Lo pasado, pasado ¿Cómo te va a ti? – se intereso Cándida.
-         - Bueno, no hay trabajo ya lo sabes.
-        -  A lo mejor te interesa. En el polígono de abajo buscaban un encargado para un almacén de materiales de bricolaje. Yo fui pero no debí de dar el perfil.
-       - Gracias, iré a ver qué pasa. Muchas gracias – contesto Ernesto con gesto de agradecimiento.
Ernesto siguió su camino despidiéndose con la mano en alto y se situó al final de la fila. Cándida le correspondió de igual manera mientras levantaba los hombros ante la mirada de incredulidad de su marido.

Un grupo de unas cinco personal, todas vestidas con ropa de trabajo, vociferaban a las puertas de un almacén. Algunos golpeaban fuertemente con palos unas chapas que retumbaban, otros soplaban unas potentes bocinas. El follón se oía por todo el complejo industrial.  Ernesto vestía un traje oscuro con corbata azul y sostenía un café en la mano. Miraba por la ventana, y escuchaba con gesto firme y contenido el estruendo que provocaban los trabajadores que reclamaban su puesto de trabajo tras ser despedidos el día anterior. Por la puerta del despacho que ocupaba Ernesto apareció un trabajador vestido igual que los que aporreaban las puertas.
-         -  Don Ernesto, ya he llamado a los de seguridad del polígono. Dicen que vienen de camino.
Ernesto con serenidad asintió.
-        -  Bien hecho Ibáñez, la empresa te lo agradecerá.

 Madrid, a 13 de octubre de 2014


FIN

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