La musa que consagro su éxito le
pillo desprevenido, indefenso, ni mucho menos trabajando. Paseando por el
parque y lanzando pelotas a Pelusa. Una tras otra le devolvía una bola cada vez
más pastosa que su mascota esperaba supusiera un nuevo lanzamiento, una nueva
carrera, otra cabriola. Algunas veces para evitar coger aquel repulsivo objeto
del deseo canino le atizaba un puntapié a lo que Pelusa respondía con la misma
vitalidad.
Pasear con su perro se había
convertido en uno de esos momentos a los que recurrir cuando algo “no anda bien”.
Una actividad insulsa, sin objetivo, sin
una finalidad concreta. Era un tiempo
donde no tenía que pensar, ni imaginar, ni crear o recrear, ni delirar, y eso
le gustaba. Abrir un intervalo vacio de reflexión, de pensamiento. Tan solo
actuar y observar.
Esos paseos que se convertían en una vía de
escape, el nunca los conceptualizo así. Y fue raro porque siempre
conceptualizaba todo, o al menos lo intentaba. En ello esperaba la chispa. El
concepto ante todo y sobre todo.
Un nuevo puntapié, otra galopada.
Pero ¡Pelusa no volvía! Aquella había sido una buena patada, y la pelota había
ido a parar tras un seto. El sol se ponía justo detrás entre los árboles, y
tuvo que llevarse la mano a la frente para intentar divisar la vuelta de su
perro. Se fue acercando extrañado por la tardanza. Al sobre pasar los arbustos,
una mujer ¡No! ¡Una niña! Una joven con cara divertida levantaba la esférica
masa de babas, tierra y verdín para lanzarla aun más lejos, con la consiguiente
algarabía de Pelusa. Jean no pudo por menos que sonreír ante aquella imagen
casi onírica. Una fotografía no le habría hecho justicia, pensó. Y lo uno llevo
a lo otro, de la imagen a la reflexión, del pensamiento al concepto, y del paseo
a la creación.
Así le gustaba definirlo cuando
en ruedas de prensa se le preguntaba por aquel giro inesperado, sorprendente,
atrevido y original que le había consagrado como uno de los jóvenes creadores
plásticos del momento.
De manera muy correcta, se acerco
y le pidió disculpas. Se intereso por si aquella bola viscosa y nauseabunda le
había golpeado y manchado. Lisa se limpiaba las manos en la falda cortísima que
llevaba, mientras muy sonriente le miraba y negaba cualquier molestia producida
por tan linda criatura o su juguete. A Jean sus palabras le parecieron tan
melodiosas que las coloco mentalmente sobre un
pentagrama. Al verlo tan absorto, Lisa le pregunto si le parecía mal que
jugara con su perro. Tras superar su aturdimiento, se presento cortésmente, así
como a Pelusa que ya depositaba la pelota a los pies de Lisa.
Entre lanzamientos y patadas
caminaron juntos. Lisa proclamo su debilidad por los animales, por las puestas
de sol entre los árboles, y por la naturaleza. Jean enseguida se lleno del
perfume que emanaba la juventud impetuosa, la vitalidad y la fuerza innata de
aquella mujer, excesivamente joven para él, se recalco de inmediato.
Durante los siguientes días y
semanas Jean desplego una actividad frenética, todo lo que esbozaba, esquematizaba
y pintaba tenía sentido, todo fluía, sobre todo tras los paseos que primero de
manera encontradiza, y después de mutuo acuerdo realizaba con Lisa durante las
últimas horas de la tarde. Por las noches en su estudio exprimía la sabía que
florecía cada tarde. El lápiz se movía en sus manos instintivamente, los
colores resplandecían, los objetos, las siluetas, las formas, las figuras se
podían tocar, se podían sentir.
No tenía claro que disfrutaba
más, si los paseos con Lisa, o las noches de enaltecimiento artístico que
provocaban ¡No quiso elegir! ¡No podía
elegir! Eso si lo tuvo claro, en algún momento.
Cada detalle, cada palabra de
Lisa estuvieron en su pincel. Cuando Lisa pregunto por su lugar de nacimiento,
cuando le mostro la cadena que le regalaron sus padres, cuando acariciaba a
Pelusa, cuando canturreaba cualquier cosa, cuando preguntaba, cuando saltaba o
corría o bebía, cuando…, cuando…, y así todo se trasladaba al lienzo,
provocando una reacción insospechada por Jean en él.
Siempre recordaba aquel periodo
de su vida como el más feliz, incluso ahora que se acercaba la hora de su boda.
Ese estado de suave embriaguez
que nos permeabiliza, que sucedía a cada encuentro con Lisa, fue acomodándose
en su vida hasta no recordar cómo había vivido, sentido y pintado antes. Nunca
pensó en amor, en deseo o atracción física, en inclinación o devoción alguna.
Lisa estaba más allá de lo mensurable, de lo cualificable, no lo entendía, no
le interesaba.
En uno de aquellos paseos Lisa sabedora
de la capacidad artística de su nuevo compañero de paseos, acertó a interesarse
por su obra. Quería verle pintar, quería sentir aquella emoción, que él había intentado
describir, en alguna ocasión, sin encontrar las palabras. Jean tembló ¿El
misterio, la magia se romperían?
Considero las consecuencias de mostrar a Lisa su obra. Llena de
imágenes, alusiones e interpretaciones de su relación ¿Cómo lo entendería?
¿Podría rechazarlo? Tras argumentar diversas derivadas que no encajaban con una
respuesta, objeto no sentirse preparado, que faltaban remates y le prometió una
visita a su estudio a la vuelta del viaje que ineludiblemente debía realizar
para preparar el estreno de una nueva exposición. Jean percibió resquebrajarse
algo, intangible, inalcanzable como cuanto rodeaba a Lisa.
La siguiente semana durante los
paseos Jean y Lisa, acompañados de Pelusa, continuaron charlando,
riendo y festejando el atardecer. Jean describió pormenorizadamente sus planes
para la nueva galería, los eventos que preparaba su marchante y el interés que
algunas de sus obras habían generado en la capital. Lisa mostraba su entusiasmo
y su deseo de conocer aquella forma de plasmar la vida que Jean intentaba
trasladar de su pincel a sus palabras. Jean era consciente que las pincelabas
le brotaban y las palabras no.
La última tarde antes de partir,
Jean se armo de valor e intento describir un pequeño cuadro que termino
recientemente. Es una obra esquemáticamente sensual, que una sola gama
cromática de magenta permite representar, en suaves y distanciadas pinceladas,
el perfil de una mujer con el pelo recogido. Jean quedo satisfecho de su
descripción pero Lisa pregunto ¿Qué la hace sensual? Jean se sobrecogió ante
aquella pregunta. El la percibía sensual. No podía desprenderse de un gesto tan
esbozado, tampoco la utilización del color le resultaba la justificación,
quizás el trazo del pincel ¡No! Sintió miedo ante su percepción. Lisa insistió,
me gustaría verlo. Pero siguieron caminando con las palabras de Lisa resonando
en su cabeza, la mirada ausente, y un nuevo lanzamiento de pelota de Lisa con
más fuerza, más lejos, al que Pelusa respondió con su alegre carrera.
Tras una semana de continuos
preparativos de la exposición, Jean acudió al parque ansioso por ver a Lisa y
lleno de optimismo, y con aquel cuadro en un cartapacio para mostrárselo.
Anduvo durante varias horas pero no la encontró. Deambulo por el parque, recorrió
el barrio, callejeo por la ciudad durante al menos 10 días. Cada vez más
cabizbajo, más afligido ¡Y nada! Nadie conocía a aquella mujer. Ninguna persona
la había visto, ni sola, ni paseando con él ¡Nunca! Algunos si reconocían haber
visto a Pelusa de aquí para allá, pero no recordaban a una joven delgada, alta,
de piernas largas, media melena pelirroja, facciones suaves y ojos verdes.
La infructuosa búsqueda acabo con
la apertura de la galería, que recogía una buena parte de su obra. Una
treintena de lienzos pintados en menos de veinte días. Cuando lo contaba, ni
tan siquiera su galerista le creía. Increíblemente prolijo había sido su
despertar al atardecer con Lisa.
Después, de parabienes, vítores, excelentes
críticas y unas estupendas ventas, con el encargo de una nueva exposición para
el año siguiente, Jean regreso con la esperanza de retomar sus paseos con Lisa,
de haber sufrido un mal sueño donde no encontraba a su musa.
Con el paso del tiempo, en su
desesperación, pensó que si debió ser un ensueño, una alucinación, una quimera.
Que aquella joven, fuente de su inspiración, no fue más que una recreación
ideal del sentimiento artístico que le condujo a encontrar su camino.
Habían transcurrido cinco años de
su encuentro con Lisa, los primeros llenos de reconocimientos y éxitos, los
últimos rentabilizando el trabajo de aquellos veinte días. Exigiéndose, buscándose,
intentando reinventarse, y trabajando sin cesar, pero su pincel ya no
sobrevolaba los trazos de manera límpida, sus colores no vibraban, la fuerza y armonía
de sus composiciones no emanaban sentimiento. Durante
todo ese tiempo no había dejado de pensar en ella. No había parado de
recapitular y repasar imágenes, escenas de aquel breve periodo de su vida, que
no podía afirmar haber vivido pero que guardan la innegable evidencia de su
obra. Ahora que esperaba en el altar, ante una multitud de amigos y familiares para
consagrar su relación sentimental con Olga. Ahora, a pesar de ello, no podía
por menos que elevar una mirada añorante de su epifanía artística y dar gracias
al cielo o a Lisa por todo.
Una pelota húmeda, con arena y hierba adherida, fue rodando hasta el antealtar, dejando un fino rastro tras de sí. La novia se removió incomoda ante el murmullo que ese pequeño objeto había generado. Jean, aturdido, descendió los escalones para recogerla. Una pequeña mueca de alegría se atisbo en sus labios al imaginar el alborozo de Pelusa cuando él pateaba pelotas por las calles, y cuando levanto la cabeza, pudo ver al final del pasillo a una mujer alta y pelirroja que le sonreía, y la emoción de pintar volvió a hormiguear por todo su cuerpo.
Una pelota húmeda, con arena y hierba adherida, fue rodando hasta el antealtar, dejando un fino rastro tras de sí. La novia se removió incomoda ante el murmullo que ese pequeño objeto había generado. Jean, aturdido, descendió los escalones para recogerla. Una pequeña mueca de alegría se atisbo en sus labios al imaginar el alborozo de Pelusa cuando él pateaba pelotas por las calles, y cuando levanto la cabeza, pudo ver al final del pasillo a una mujer alta y pelirroja que le sonreía, y la emoción de pintar volvió a hormiguear por todo su cuerpo.