viernes, 25 de noviembre de 2016

Cuatro mujeres maltratadas y una madre

A ritmo de vals circulaban sobre la pista unas quince parejas de todas las edades. Eduard las dirigía y corregía, desde el centro del salón, con un correcto castellano matizado por su inconfundible acento alemán, a pesar de llevar más de treinta años residiendo en Palma de Mallorca. Su mujer Elisabeth una inglesa de sesenta y cinco años, esbelta y elegante, que conservaba aquellos rasgos que delatan una gran belleza en la juventud, tarareaba el característico ritmo de vals, desde la zona elevada al fondo del antiguo salón de bailes, mientras señalaba el compás con las manos. Ambos formaron una gran pareja galardonada internacionalmente. Ahora en su edad de oro se dedicaban a la enseñanza de lo que había sido su vida.

Jaime se afanaba por mantener el paso. Hacia un mes y medio desde que acompaño a su amigo Vicente por simple y llana curiosidad, ahora todos los viernes iba a tomar clases sin faltar. Era uno de los jovencitos de la sala, con tan solo veintidós años. Su pareja solía ser Luisa, una de las pocas mujeres que acudían en solitario a la academia del señor Eduard. Luisa tenía cerca de treinta años y al principio le impuso algo de respeto, pero su carácter afable y su falta de pericia, similar a la del novel Jaime les hizo congeniar enseguida. Luisa no era una mujer que Jaime pudiera considerar bella, pero si hermosa y con un especial atractivo, no solo físico. Le atrajo su jovial madurez, sus experimentados rasgos, su confortable sensualidad, y su alegre carácter. Poco duraron sus expectativas, tras confesar Luisa su relación con un hombre casado, en una de las conversaciones mediante las que se iban conociendo, entre baile y baile.

Aquella tarde Jaime se esforzaba por tirar de su pareja. Luisa en un visible estado de desanimo, había acudido a clase tras la insistencia de su hermana Clara, que junto a su novio eran una de las más experimentadas parejas de la sala. Jaime no había querido preguntar por el contundente moratón que mal disimulado por el maquillaje lucia en el ojo derecho Luisa. Había tratado de animarla, con malos chistes, y jocosos comentarios de los desaciertos de otras parejas, y de los suyos propios, arrancando algunas tibias sonrisas de los labios de Luisa, y algún que otro monosílabo. Entre bailes, y en los distintos cambios de pareja que se iban sucediendo Jaime consiguió, con la ayuda de Clara, que un grupo se quedaran al final de clase para picar algo en un pequeño celler entre el carrer de la Botería y de la Mar, en la zona de la lonja, y luego tomar una copa en el Ábaco. Luisa acepto a regaña dientes, oliéndose la jugada pues en varias ocasiones había declarado su predilección por la decoración romana de este local y su ambiente refinado.

En el pequeño celler ocuparon una mesa para diez comensales. A pesar de la animada conversación Luisa se mantuvo esquiva y pensativa. Durante el pequeño paseo desde la taberna, por la Botería y el Paseo de Sant Joan, hasta el Ábaco Jaime decidió hacer las dos difíciles preguntas ¿Por qué? Y ¿Cómo? A lo que Luisa correspondió con evasivas, y acabo alegando un estúpido accidente doméstico.

Cuando comenzaron con el segundo gyn tonic, el grupo se había reducido a siete personas, Luisa, Jaime, Clara y su novio Miguel y tres mujeres cercanas a los cuarenta años, Magda, Luna y Silvia, todas rebosantes de energía y un aguante al alcohol de primera, pues las copas de vino durante la cena cayeron de tres en tres. Luisa parecía más animada, la conversación había pasado por distintas fases, y ahora ganaba cierta profundidad cuando alguien pronuncio la palabra “patriarcado”.
-        Como yo lo veo, esto sigue igual. Que si discriminación positiva que si políticas de igualdad, y al final mi jefe es un tío, el único del departamento. – aclaró Magda la mayor del grupo.
-        Y que esperabas, el patriarcado subyace históricamente en nuestras mentes, se transmite de generación en generación. – afirmo Luna, con rotundidad.
-        Y sobre todo lo trasladan las madres. – puntualizo Jaime con cierta cautela.
Miguel se removía incomodo ante la severa mirada de su novia. Clara se levanto.
-     Bueno chicos y chicas – enfatizo la dualidad, arrastrando la palabra – nosotros nos vamos mañana tenemos lío en casa de Miguel. – dijo mientras ofrecía la mano a su novio.
Todos se levantaron para despedir a la pareja, en un cruce de besos y parabienes muy protocolario.
-   Creo que yo también me debería ir. El sexo masculino me deja solo, y expuesto ante experimentadas mujeres. – sentencio Jaime con una ligera sonrisa y un guiño para Luisa.
-        Ni se te ocurra. Has sido el promotor de todo esto, y tú te quedas hasta el final. – le corrigió Luisa.
Apuraron sus copas entre risas,  con algunas de las chanzas que Silvia locuazmente relataba sobre hombres. Ya con Luisa bastante animada y sonriente. Nadie parecía tener prisa el ambiente distendido, la conversación y los efectos del alcohol, habían generado una atmosfera de camaradería entre las cuatro mujeres, donde Jaime no parecía encajar pero lo disfrutaba como una más.
-        Os propongo tomar la última en un apartamento del que dispongo, aquí cerca en la dársena de Santa Bárbara. – ofreció Luisa gentilmente, mientras hacía señas al camarero para que trajera la cuenta.
-        Está claro que esto no lo podemos dejar así, en lo mejor. – afirmo Luna.
-        Y lo que está aprendiendo este joven. – dijo Magda.
-     Y lo que le queda. – apunto Luisa mientras cogía a Jaime de la mano y tiraba de él en dirección a la salida.
Todas asintieron y emprendieron la marcha tras ellos.

Luisa abrió la puerta. Encendió las luces, y un gran ventanal en el amplió apartamento con vistas al puerto y el paseo marítimo, suscito palabras de exclamación entre sus invitados. Luego dedico unos breves minutos a mostrarles la lujosa vivienda decorada de manera sencilla pero elegante. Además, disponía de un dormitorio con una esplendida cama de agua, donde Silvia se permitió una pequeña voltereta, entre risas y chismorreos obscenos de la concurrencia. Enseño la cocina con los más modernos electrodomésticos, y finalmente un precioso baño con jacuzzi. De vuelta a la sala Luisa se acerco al mueble bar, y saco varias botellas.
-        Jaime, cielo, serias tan amable de traer hielo de la cocina.
Jaime que miraba por el ventanal, sin decir nada, se dirigió a la cocina.
-        No encuentro la nevera. – alzo la voz desde la puerta.
-        Esta dentro de la despensa, junto al tendedero.
-        Ok.
Abrió la puerta de la despensa, y sin encender la luz se dirigió al frigorífico. Le costó encontrar el dispensador de hielo, saco una bandeja llena de hielo con ambas manos y al salir cerró la puerta con un punta pie. El portazo hizo que el cadáver que se encontraba escondido entre la nevera y el escobero rodara por el suelo. Jaime miro hacia atrás con una expresión dura pero continuo hasta el salón.

Una vez sentados junto al mirador en unos cómodos sofás, Luisa ofreció algo que beber a sus camaradas de farra.
-        ¡Cómo te cuidas Luisa! – dijo Luna mientras ofrecía su vaso para que Luisa le sirviera un whisky de veinticinco años. - Y un par de hielos, por favor.
-        ¿Qué tomaras, Jaime?
-        Yo preferiría seguir con la ginebra y la tónica.
-        Perfecto.
Cuando todos dispusieron de un vaso en la mano, Jaime propuso un brindis.
-        ¡Por las grandes mujeres!
-        Por ellas. – corearon todas al unisonó.
Entrechocaron sus vasos y bebieron, y tras un pequeño silencio lleno de miradas. Luisa tomo la palabra.
-      Os agradezco vuestro apoyo y amistad. He de ser franca con vosotros, este moratón no es fruto de un accidente. – hizo una pequeña pausa para coger aire – He sido objeto de una agresión por parte de mi amante, tras una discusión ayer noche, aquí mismo.
-        Ese hijo puta, no te merece, sea quien sea. – intento consolarla Silvia al notar el temblor de su voz.
-        Mierda de tíos ¿Quién los necesita? – continuo Magda con una torcida expresión en su boca.
Jaime seguía callado, circunspecto. El había supuesto lo que había pasado, estaba prácticamente seguro de ello. Creía conocer a Luisa lo suficiente, una mujer abierta y sincera, para advertir no solo los signos inequívocos de aquel golpe.
-    No lo entiendo. Se ha desvivido por mí, me ha cubierto de regalos y atenciones, este apartamento me lo cedió para que hiciera lo que quisiera. ¿Qué ha cambiado? – hizo una pausa que parecía buscar una respuesta – Durante el último mes su mal carácter, su agresividad verbal hacia mí. Al principio lo achacaba a problemas en los negocios, luego… no sé qué pensar. Todo lo que yo hacía estaba mal, y…. – termino con un breve sollozo.
-     Parece la historia de mi vida, cariño, solo que fue durante diez años. Hasta que tuve los arrestos de separarme de aquel mal nacido. – expuso con mucha frialdad Magda.
Luna y Silvia se removieron en sus asientos, mirando a Magda con vivo interés. Jaime se sentó junto a Luisa y la tomo por las manos. Luisa bajo la cabeza, y Jaime cogiendo su barbilla la levanto y le deposito un suave beso en el ojo amoratado, ante la atenta mirada del resto.
-        No solo duelen los golpes.
-     Así es Luisa. Yo también he sufrido la violencia de un macho engreído en mi puesto de trabajo. Nunca me pego, pero el trato autoritario, vejatorio, rayando lo violento, los comentarios insultantes por parte de mi jefe duraron lo suficiente para que tres años más tarde tenga que seguir en terapia, y me cueste hablar de ello ¡Y todo por ser mujer! – termino Silvia con un visible temblor en sus palabras y en sus labios.
-        Bueno parece que hemos entrado en el terreno de las confesiones de lo inconfesable. – apunto Luna.
-        Porque debe ser inconfesable ¿Por qué? – alzo la voz Jaime, y todas quedaron paralizadas – No lo entiendo. Soy un hombre. Sí, pero lo comprendo. No entiendo que nos pasa…. Tampoco somos todos ¡Pero esto es una puta mierda! – se le quebró la voz.
Un silencio agónico sobre paso la estancia. Todos permanecían con la mirada perdida. Luisa metió la cara entre las manos. Luna decidió romperlo.
-        Me toca. Yo también tengo mi historia y bastante reciente.
-        Coño, no se salva nadie. – interrumpió Magda.
-        Todavía no se lo he contado a nadie. No sé si porque nadie me creería o porque no sirve de nada. Lo cierto es que mi socio ha estado acosándome sexualmente. Hace un año que participo en una empresa inmobiliaria, fruto de la absorción por una gran cadena de la isla de mi pequeña y exitosa agencia. Al principio, que si estas muy buena, que si tu novio se lo pasara en grande, y pensé bueno otro que quiere hacerse el gracioso. Pero desde hace dos meses comenzó a mirarme descaradamente el escote o el trasero, luego a tocarme el culo haciéndose el encontradizo, y por último, intento besarme y meterme mano la última vez que nos quedamos solos.
-        Menudo cabronazo, lo habrás denunciado ¿No? – pregunto Silvia.
-        Sí, mi abogado le mando un buro fax pidiéndole que se mantuviera a distancia de mí, y el hijo de la gran puta ha arruinado la sociedad llevándose por la puerta de atrás todo el capital disponible a otra de sus sociedades, dejándome en la ruina. – increíblemente Luna parecía serena al terminar sus historia.
-        Siento…, de verdad, siento mucho que por mi culpa estemos todas reviviendo miserias. – dijo Luisa con un acentuado tono de culpabilidad.
-        No te preocupes, mujer. – la tranquilizo Magda – Mi desgraciado matrimonio me hizo más fuerte. Me hizo valorar más a mis amigos, los de verdad, que disfrutara mi tiempo ¡Que viviese! Aquel cabrón me tuvo meses pleiteando, difamándome, puteándome todo lo que pudo ¿Aquello me ha dejado huella? Sí, por supuesto pero ahora soy yo, no su sombra, ni su paño de lagrimas, ni su puta cuando no tenía con quién acostarse. Me cago en su negro corazón.
Magda levanto el vaso lentamente.
-        Por nosotras. – propuso.
Y todos acudieron a golpear el cristal de aquella copa, animosamente. Para luego apurar el vaso hasta el final, con ansia.
-        ¿Quién quiere otra? – mostró el vaso vacío Luisa.
-        Voy a por más hielo.
Y se levanto rumbo a la cocina. Jaime con rostro serio siguió con la mirada a Luisa.

Un grito agudo y angustiado que parecía surgir del centro de la tierra sobresalto a todos los presentes. Jaime abandono a la carrera la habitación. Tras el corrieron Magda, Luna y Silvia. Delante de la puerta pudieron observar como Jaime sujetaba a Luisa que parecía desplomarse, mientras miraba un oscuro bulto en el suelo. Se acercaron, lentamente, con cautela ante lo que pudieran encontrar. El grito fue unánime.
-        ¡Dios mío! – exclamo Silvia.
-        ¡Ostias! – grito Luna pegando un brinco.
-        ¡Será hijo puta! – se acerco Magda dándole una patada con saña.
Jaime una vez comprobó que Luisa se encontraba bien, la dejo sentada en una silla de la mesa de la cocina. Volvió hacia la despensa, apartando a las tres mujeres, y cerró la puerta.
-        Venga, vamos. – tras una breve pausa dubitativa – Habrá que llamar a la policía.
-        Espera no te precipites. – replico Luna.
Silvia se había sentado al lado de Luisa, Magda y Luna hicieron lo mismo, y Jaime fue a buscar una silla al salón para hacer lo propio. Un silencio oscuro, tenebroso, sobrevolaba la estancia. Las miradas hacia la puerta se repetían una y otra vez.
-        ¿Por qué le has dado una patada? – pregunto Luisa dirigiéndose a Magda.
-        Ese hijo de puta es… era mi exmarido ¿Se puede saber que hace muerto en tu cocina?
-        Era mi amante, el cabrón que me hizo esto. – Luisa se señalo el ojo ostensiblemente nerviosa – No sé porque está muerto, algo que no puedo negar que deseara ayer por la noche.
-        Bien, vale, pero habrá que llamar a la policía, insisto.
-        Antes de hacer nada valoremos la situación. – apunto Luna con una pasmosa serenidad.
-        Hijo de puta, cabrón, cabronazo, muérete, cerdo, cerdo….
-        Tranquila, tranquila…. Respira hondo, relájate. – intervino Jaime ante la crisis de Silvia.
-        No sé qué está pasando aquí, pero ese hombre además de ser el exmarido de Magda y el amante de Luisa, era mi socio, el hombre que me ha dejado en la ruina, que acabo con la empresa de mi vida. No estoy apenada por su muerte.
-        Un come mierda, y un jefe hijo de puta. También es eso. – concluyo Silvia con lagrimas en los ojos y una medio sonrisa que daba miedo.
Luisa se levanto y comenzó a caminar en círculos como una autómata. El resto calló. Nadie se atrevió a intervenir. Las miradas se entrecruzaron en todas direcciones, el ambiente se fue serenando lentamente. Jaime se acerco al fregadero tomo un vaso y lo lleno de agua. Se lo bebió de un trago y lo volvió a llenar.
-        Me das uno a mí. – pidió Silvia.
-        ¿Estamos seguros de que está muerto? – pregunto Luna con mucha serenidad.
-        No me cabe la menor duda. – afirmo Jaime, una vez que se hubo sentado.
-        Lo que esta claro es que ese hombre, es… era… tenía algo que ver, algo malo que ver con todas vosotras.
-        Cierto. – confirmo Luna – eso nos hace sospechosas a todas, yo diría que a partes iguales.
-        Pero yo no le he matado. – lloriqueo Silvia.
-        Si no lo hice en su día porque habría de hacerlo ahora. – propuso Magda – Yo diría que Luisa y Luna tienen muchos más motivos.
-        Tú crees, de verdad, que si lo hubiese matado ocultaría el cadáver en mi casa.
-        En su casa, querrás decir cariño. – puntualizo Luna.
-        Vale, y que más da. Yo no he sido.
Todos miraban a Luna esperando una confirmación de lo que pasaba por sus cabezas.
-        No pensareis que he sido yo. O sí, claro que lo pensáis. Pues quizás haya sido yo, pero igual que todas vosotras. Que casualidad, todas tenemos cuentas pendientes con ese hombre, somos amigas que bailan juntas en la academia del señor Eduard, y todas acabamos en casa de la victima el día de su muerte.
-        Creo que Luna tiene razón. Habría que valorar todo esto antes de acudir a la policía.
-        Sería mejor evitarlo. – intervino Magda.
-        Quién va a echar en falta a este demonio. No tiene amigos, no tiene mujer, ni hijos, ni socios, ni empleados, ni familia. Deshagámonos del cuerpo y punto final. – propuso Luna con mucha seguridad.
-        ¿Qué opinas Luisa?
-        No sé, Jaime. Esto me sobrepasa.
-        ¿Y tú, Silvia?
-        Creo que Magda y Luna pueden tener razón.
Un nuevo silencio se instalo en la sala. Todos mostraban con de cansancio y abatimiento. Luna se levanto en dirección a la despensa y abrió la puerta. Todos se giraron con un gesto reprobatorio.
-        ¿Qué hacemos? No cabe duda que era un desgraciado, una mala persona, de esas que la sociedad puede prescindir ¿Cómo puedo ayudaros?
-        Jaime, tienes que deshacerte del cadáver. Tu no eres sospechoso de nada ¡Hazlo por nosotras! También por todas las mujeres que sufren la violencia que tú genero provoca. Podrías compensar un poco esa balanza tan inclinada entre hombres y mujeres.
-        No me parece… no sé que decir. Os comprendo, os entiendo, os quiero, pero esto no me parare correcto.
-        Es correcto acosar en el trabajo, es apropiado golpear mujeres, es justo abusar sexualmente de ellas, es apropiado machacar ex esposas. Yo creo que no. – insistió Luna.
-        Bien os ayudare.

Dispusieron todo para hacer desaparecer el cuerpo inerte de aquel hombre. Jaime se encargo de buscar un medio de transporte. Silvia y Luisa limpiaron a fondo el apartamento, mientras Magda y Luna, mucho más tranquilas, envolvieron el cadáver con sabanas y bolsas de plástico. Tras planificar las coartadas de cada una de ellas, y abandonar de manera secuenciada el apartamento, Jaime espero a que pasaran los servicios de limpieza y a las cuatro de la madrugada, tras comprobar que no encontraría a nadie por los alrededores, empujo un carro con el difunto al fondo de la dársena, al que amarro varias pesas con cinta americana. Luego volvió paseando por el paseo marítimo canturreando “Tonto, tonto eres, no te pienses mejor que las mujeres. Malo, malo eres…”

¡Perdón! Con permiso ¿Te importa que me explique?... La verdad es que estaba deseando que me lo pidieran, es más lo había planificado hasta el último detalle. Yo era el mínimo factor común. En el segundo mes de mis prácticas, hace cinco años, en el despacho de mi tío Alberto conocí todos los entresijos del traumático divorcio de Magda. Javier su exmarido la acuso de cuanto pudo y más, sus abogados destrozaron con pruebas falsas y manipuladas la pobre defensa que planteó el buffet donde era becario. De Luna conocí, recientemente, todos los ardides legales y alégales que utilizo Javier para apropiarse de su negocio, dado que trabajo contratado para Fuster&Borrás gabinete jurídico que defendía los intereses del finado, y tuve fácil acceso al dosier. En cuanto a Silvia da la casualidad que mi hermana Laura era su terapeuta, y fue muy sencillo acceder a su expediente, de esto hace ya dos cuando localice al que fuera amante de mi madre. Francamente ese engendro la había dejado muy tocada. De Luisa, y su relación con aquel hombre, por llamarle de alguna manera, tuve conocimiento tras haberle seguido durante varios meses. Entablar amistad con ella era pan comido, primero por que es una estupenda persona, y segundo cuando sabes todo lo que yo sabía.

Alguien se preguntara que hago yo en medio de todo esto. Cuatro mujeres maltratadas por el mismo hombre. El nexo en común arranca hace seis años. Desde entonces lleva mi madre ingresada en un hospital, imposibilitada de cuello para abajo tras sufrir un brutal accidente allí en aquel apartamento. Sí, en el mismo que acabamos de abandonar. Ella nunca quiso confesarme lo inconfesable, y siempre sostuvo que se trato de un tonto accidente doméstico en casa del entonces su amante. Por supuesto nunca la creí, o más bien nunca lo entendí.

domingo, 30 de octubre de 2016

TRABAJO FICCIÓN

A través de la pequeña ventana una luna tenue, distorsionada por la superficie desigual del vidrio y la suciedad, se reflejaba en el edificio colindante. El display del Teleworkpad se encendió mostrando las tareas del día, la primera precalentaba el agua de la ducha, la segunda controlaba el pequeño dispensador del desayuno. El ruido chirriante que comenzó a emitir hizo que Eduardo buscará el dispositivo con rabia contenida. Aunque ya estaba despierto no pudo desconectar la alarma dado que su nivel de acceso no le autorizaba a ello. De un manotazo paro aquel sonido desalentador, y continuo mirando aquella escasa luna a través del ventanuco como si allí hubiera algo que le reconfortara, como si formara parte de aquel sueño que se le negaba, cada noche, cada día.

Antes de saltar de la cama, desde arriba de la litera miro para no caer encima de su mujer, que aún remoloneaba con un antifaz puesto para evitar esa odiosa luz que se encendía a las seis y treinta y dos minutos de la mañana sin faltar, dos minutos después de sonar el despertador. Eduardo se acerco a Sol que se giraba hacía él, mientras le ofrecía sus labios soñolientos y se desprendía de aquella careta oscura.
  • -        Buenos días, mi amor ¿Qué tal has dormido?
  • -       Poco, me costó dormirme ¿Y tú?
  • -       Bien, ya sabes que soy de dormir poco – mintió como muchas otros días para no preocupar a su mujer.

Enseguida el olor a café inundo el pequeño cuarto. Se trataba de un albergue de trabajadores en el extrarradio de la ciudad, existían cientos organizados en barrios. Allí se hacinaban miles de personas, sus remuneraciones no daban para vivir en las cómodas y espaciosas viviendas de las ciudades periféricas, y los precios desorbitantes de los inmuebles de la ciudad, destinados principalmente a empresas y negocios comerciales, tan solo eran asequible para las grandes fortunas.

Uno detrás del otro pasaron por la ducha tibia de noventa segundos, que puntualmente se desconectaba tuvieras jabón o no, lo que les obligaba a ducharse muchas veces juntos, muy abrazados en aquella estrecha cabina.

Ambos ya vestidos revisaban las rutas de trabajo y los horarios establecidos en sus dispositivos de programación, tan solo disponían de quince minutos para subir a un ascensor que desde la planta treinta y cuatro que habitaban les dejaría en el tren subterráneo que recorría los diferentes barrios de alojamiento.

Mientras apuraban el escaso café y un pequeño panecillo dulce que suministraba día sí y día también el dispensador, Eduardo pensó en sus minúsculas vacaciones, diez días al borde del mar, al leer las noticias que el sistema regularmente ofrecía a las seis y cuarenta y cinco minutos. La noticia titulaba “El gobierno planea un nuevo recorte de los programas de descanso vacacional”. Argumentaba un déficit financiero para su mantenimiento, y esgrimía el problema de la sobre exposición de los ecosistemas costeros en creciente deterioro, sobre todo desde la última subida del nivel del mar que había reducido el número de kilómetros de playa en todo el planeta.
  • -          Eduardo. Vamos ¡Hombre!
  • -          Si, si ya voy.
  • -          Venga que perdemos el transporte, y tendremos penalizaciones.
  • -          ¿Has pensado en lo que hablamos ayer?
  • -          Ya sabes cómo está la cosa, aún así lo pensare.

Una vez en el andén Eduardo se despidió de su mujer con un suave beso en los labios que demoro intencionadamente, como sabía que a ella le gustaba.
  • -          Nos vemos a la noche, cariño.
  • -          Luego hablamos por wasapp, vale. – repuso Eduardo cuando el tren se paraba frente a ellos.

Eduardo busco el coche 7 que le dejaría en el hotel donde tenía que prestar sus primeros servicios. Sol subió al número 5 que iría hasta el edificio consistorial donde desde las siete treinta, y durante dos horas atendía las necesidades de peluquería de concejales y funcionarios de los cuerpos de elite de la administración del departamento nacional al que pertenecían.

El tren iba abarrotado. Aquella era una atmosfera densa. No se oía ni un susurro. Solo el lánguido siseo del vehículo magnético. Las ordenanzas de uniformidad de horarios imponían horarios muy rígidos, y tan solos aquellos que tenían hijos disponían de un margen de media hora para adaptar sus necesidades familiares. Tener hijos era un proceso administrativo tan exigente, y los gastos tan elevados que Sol aún no había querido abordar, a pesar de las sucesivas demandas de Eduardo en el último año.

Sol se despisto un poco pensando en ello, y cuando llego su parada dudo, casi se queda atrapada dentro, el tiempo de apertura era muy riguroso y el sistema de conducción automático poco flexible, en alguna ocasión había tenido que pagar en moneda temporal los gastos de una demora por saltarse una estación y no llegar en hora.

Eduardo comenzó a moverse lentamente entre los pasajeros que se agolpaban en los pasillos del vagón cuando su teleworkpad, o TWP como todos llamaban al dispositivo de control laboral móvil, le alerto que su estación era la próxima. A pocos metros del andén, en la boca de salida a la red subterránea que comunicaba toda la ciudad, encontró el primer control policial. Estos cada vez eran más frecuentes y exhaustivos, lo que obligaba a los viajeros a esperar algunos minutos, y a tenerlos muy en cuenta para llegar en hora a sus puestos de trabajo. La sensación que ofrecían aquellos controles era brutal, agentes acorazados y armados con fusiles de asalto, perros agresivos, escáneres, continuos cacheos y retenciones preventivas.

Su primer servicio debía prestarlo en un hotel céntrico. Acelero el paso para recuperar el tiempo perdido en el control policial. Ayudado de las cintas transportadoras que cubrían toda la intrincada red de conductos viarios, y un par de carreritas, alcanzo el ascensor de servicio que le conducía a la planta cuarenta y tres. Allí debía realizar labores de mantenimiento de la climatización. El TWP le señalaba las tareas correspondientes y la duración estimada.

Mierda de máquina, murmuro para sí al comprobar que la programación horaria había reducido el tiempo de trabajo en quince minutos. La semana pasada lo termino a duras penas disponiendo de más tiempo. Abrió la sala de control con furia contenida, pero el golpe fue tal que varias camareras se volvieron para mirarlo.
  • -          Hola, la puerta estaba algo atascada. – se disculpo.

Las dos muchachas apenas se pararon y continuaron con una ligera sonrisa, apretando el paso. Conecto el TWP al sistema y comenzó la revisión rutinaria de depósitos, conductos y válvulas de control de temperatura. Tras una hora y tres cuartos de un complejo trabajo de supervisión, aplicando los protocolos establecidos, y a sabiendas de lo critico que podía ser una mala calibración de aquellos dispositivos tuvo que terminar ajustando una de las llaves manualmente, sin utilizar el sensor de presión pues el TWP ya le avisaba de su siguiente trabajo. Estaba harto de correr cada vez más, trabajar peor y cobrar menos, y todo porque los tiempos de realización de cada uno de los trabajos, se medían diariamente y se reajustaban periódicamente para reducir costes laborales. Estaba hasta los huevos de correr más y cobrar menos, pensó.

De nuevo dentro de un vagón abarrotado de gente, se estremeció al recorrerlo con la vista y solo encontrar gestos de cansancio y, silencio. Apenas eran las diez y quince minutos de la mañana. Sintió que aquel día se haría muy largo.

Eduardo aprovecho los escasos diez minutos que tardaría en desplazarse desde la manzana hotelera, al nordeste de la ciudad, hasta su siguiente destino algo más al sur, el complejo financiero estatal, para enviar un mensaje. En el pedía una entrevista con el supervisor de asignación de funciones. Llevaba tiempo reclamando trabajos de nivel superior que conllevarían mayores retribuciones y menos desplazamientos, sin respuesta alguna.

Tan solo se demoro dos minutos en llegar al parking de limusinas donde prestaba su segundo servicio, y tuvo que retenerse cuando ya levantaba la mano para lanzar el TWP contra el suelo, al ver que emitía, en un rojo parpadeante, un mensaje de sanción por retraso. Se presento ante el jefe de taller.
  • -          Buenos días. ¿Es usted, el responsable?
  • -          Sí, claro que soy yo. – contesto de manera bronca  – Llevamos esperando cinco horas. Y en media varios vehículos deben salir.
  • -          Vengo, en el horario programado.
  • -          Claro, claro, ponte manos a la obra, y rapidito.

Eduardo le miro de soslayo y se dirigió al coche que señalaba el capataz con la mano.
  • -          Este es el primero, en veinte minutos sale.

Cuando termino tres horas más tarde con el último de los diez vehículos, respiro profundamente. Miro el TWP y comprobó que disponía de treinta minutos para comer. Busco la casa de comidas más cercana en el navegador y reservo un menú del día. Las casas de comidas se encontraban ubicadas dentro de la red subterránea de comunicaciones. Los conciertos de las empresas, a través de compañías de bonocomensal, permitían a los trabajadores comer rápidamente, tras las últimas medidas laborales aplicadas mediante copago. Sentado en una mesa alta y longitudinal, junto a otras diez personas, Eduardo observo la comida con desgana. La variedad era inexistente, la cantidad escasa y la calidad ínfima. Sus tripas rugían. Cogió la cuchara para llevarse a la boca aquella espesa crema de sabor indefinido que sabia siempre igual, y que ofrecía colores distintos para cada día de la semana. A su lado un parroquiano removía el puré con la cuchara como si esperase encontrar algo.
  • -          ¡Tienen el cuajo de llamarlo crema de verduras, esto no ha conocido, ni por lo más remoto una hortaliza!
  • -          Por lo menos podía ser de color verde o naranja – apostilló Eduardo.

Ambos se miraron y sonrieron con desgana. El TWP vibró. Eduardo lo miró. Un mensaje de texto procedente de Sol, anunciaba la pantalla. La cara de Eduardo se ilumino. “Cómo estas cari? Estuve pensando. A lo mejor tienes razón. Hablamos noche Bsss”. Una buena noticia en aquel jodido día, pensó. Eduardo cogió con ganas cuchillo y tenedor, y zanjo de dos bocados el pequeño filete de carne, indeterminada, a pesar del sugestivo título que lo precedía “solomillo de cerdo en salsa americana”.

Antes de salir con destino a su tercer trabajo, reviso el módulo de pagos para comprobar el ingreso por cada uno de los trabajos realizados. La retención volvía a subir según las fluctuaciones del mercado de primas de seguros sociales. Tampoco había noticia alguna de la unidad de gestión laboral.
El TWP señalaba su siguiente trabajo a varias manzanas de donde se encontraba. Tenía quince minutos para llegar, cómo había tiempo decidió caminar. No por disfrutar del paseo, pues todos sus desplazamientos se realizaban bajo tierra. Las salidas al exterior en la ciudad suponían un pago de tasas, y pasar por controles policiales. Casi ningún trabajador alcanzaba a ver la luz de sol salvo para realizar labores que así lo requirieran. Todo tenía un límite y el suyo había sido sobrepasado, pensó mientras marcaba el número destinado solo para emergencias del TWP. Una operadora se puso al otro lado con urgencia.
  • -          ¿En qué puedo ayudarle?
  • -          Necesito hablar con el jefe de programación. Ha surgido un problema.
  • -          El TWP le identifica como Eduardo Noriega ¿Confirme su clave de sistema?
  • -          Tres, uve, zeta, cuatro, cero, dos, uno, be mayúscula.
  • -          Confirmo su acceso y traslado su petición.

Eduardo caminaba esperando que su arriesgada maniobra sirviera para algo y no para encabronar a los jefazos, que por otra parte ni conocía.
  • -          ¿De qué se trata, señor Noriega? – le interpelo una voz masculina de manera inexpresiva.
  • -          Llevo varios meses esperando una respuesta de los departamentos de recursos humanos a mi solicitud de ascenso a nivel laboral tres.
  • -          Señor, sabe usted que este no es el cauce y que no puedo atender esto. Buenas tardes.
  • -       Si no obtengo una respuesta, me niego a realizar el siguiente servicio. – se atrevió a afirmar Eduardo, sorprendido de su respuesta.
  • -          Esto es inadmisible su trabajo está programado desde hace días y el cliente le espera.
  • -          Usted decide o hablo con el jefe de asignadores, o vaya buscando a otro.
  • -          El planing indica que no hay disponible nadie más.

Eduardo calló. Conocedor de su órdago le temblaba el TWP en la mano.
  • -          ¿Me escucha señor?
  • -          Sí, estoy en la puerta. Usted decide si subo o me quedo aquí.
  • -          Vale, vale, espere un momento – sugirió la voz anónima con cierta aprensión.

Trascurrieron varios segundos que se le hicieron eternos a Eduardo.
  • -          Hola Eduardo, soy Jaime de asignación de servicios.
  • -          ¿Qué tal Jaime?
  • -          Creo que nos conocimos hace algunos meses en…. Bueno, dime qué puedo hacer por ti.
  • -          Veras mi mujer y yo queremos tener un hijo. Tú sabes los gastos que supone. Nuestros ingresos no son suficientes, y llevo meses tratando de hablar con alguien de una petición que curse, sin conseguirlo.
  • -          Desde aquí no podemos hacer mucho, puedo ponerte más servicios, de mayor duración y así…
  • -      Hombre, pero tú sabes que trabajo todos los días diez o doce horas, y realizo cuatro o cinco trabajos distintos para el consorcio de empresas de servicios no automáticos. Tengo cualificación como programador y analista contrastada para subir de nivel.
  • -     Te voy a ser sincero Eduardo, ayer mismo tuvimos una visita del accionista mayoritario del consorcio, nos anuncio la absorción del mismo por la empresa madre del TWP, Work Corporation, y que ello podría conllevar una ligera bajada de remuneraciones, incluso algún despido. Creo que no es mejor momento para tener hijos.
  • -          Llevamos así años, siempre pasa algo que…
  • -          Tú decides, sube o no a realizar el trabajo. Yo reportare tu petición no puedo hacer más. Adiós.

La comunicación se interrumpió. Eduardo abatido cogió el ascensor. El wasapp mostraba un mensaje de Sol “cari, t veo n casa. Estoy my contenta. Bsss”. Esbozo una sonrisa y salió del elevador. Su siguiente trabajo era en el ático de uno de los más suntuosos edificios de la ciudad. El sistema de limpieza reportaba fallos de una vivienda.

Llamo a la puerta. Al otro lado una mujer de raza negra miro el display de la consola de control de acceso, confirmo la identidad del sujeto, y abrió la puerta.
  • -          Hola, vengo a revisar y reparar los robots de limpieza.
  • -          Buenas tardes, adelante. – la mujer se dio la vuelta – sígueme, por favor.

Tras recorrer un largo pasillo que comunicaba las habitaciones de servicios domésticos, llegaron a un amplio salón. Obras de arte, lujosas alfombras y muebles de maderas nobles decoraban la estancia.
  • -         Hace dos días uno de los robots rasgo una de las alfombras, y creo que cuesta cada una de ellas más que el sistema de limpieza entero de la casa. – bromeo con una pequeña sonrisa la mujer.
  • -          Bien donde se encuentra ahora.
  • -          Esta desconectado tras aquella puerta.

Abrió el armario, y un dispositivo de limpieza total de última generación de casi metro y medio de altura apareció ante él.
  • -         Si necesitas algo pulsa el nueve en el intercomunicador. Te ruego que no hagas mucho ruido el señor trabaja en el despacho, justo al otro lado. -  y la mujer se marchó.

Eduardo cabizbajo, le seguía dando vueltas a su situación, conecto su TWP a la máquina. Comenzaba el trabajo con retraso, y aun le quedaban dos más. Al otro lado escuchaba voces, más bien gritos que pegaba un vehemente individuo. Al principio no le prestó mucha atención pero tras escuchar varios insultos y las palabras “consorcio de servicios”, pego el oído a la pared.
  • -     Estoy hasta los cojones de mariconadas y problemas con el dichoso consorcio, yo he venido a este mundo a hacer negocios no a promover obras de caridad. – mantenía el sujeto con firmeza y una voz potente que Eduardo escuchaba perfectamente. Tras una pequeña pausa. – Sabes de sobra que el TWP me ha llevado a controlar el mercado laboral, y gano un dineral gestionándolo. – se hizo otro silencio - Si, si ya sé que abaratar los costes laborales es lo que exigen las grandes multinacionales, y ellas pagan lo que gano. – una nueva pausa - El gobierno pisa por donde mean esos magnates. Vale muy bien. No pienso bajar esos costes, lo que no significa que renuncie a ganar más, tú ya me has entendido. Haz lo que tienes que hacer y déjate de ostias.

Eduardo no podía creer lo que oía. Aquel hombre confirmaba lo que todos pensaban, y nadie se atrevía a confesar. Existía un sistema podrido de enriquecimiento a costa del trabajo de los demás, controlado por unos fríos y calculadores ejecutivos.

Empezó a desmontar el mamparo de acceso a las funciones de control del robot. Seguía pensando en ello. Qué podía hacer él, un pobre hombre, un trabajador sin influencias, sin contactos, sin nada ni nadie que no fuera su mujer, y su distanciada familia. Encontró el problema, un fallo en el nivel de sensibilidad de limpieza de residuos. Le daba vueltas la cabeza, estaba tan harto, tan cansado. No veía futuro, no albergaba confianza en un mañana mejor, si alguien no hacia algo y pronto. Mientras recalibraba el sistema y limpiaba algunos sensores pensaba en las huelgas anunciadas para los próximos días, en aquellos que arriesgaban su vida en ellas, y en cómo habían reforzado  la seguridad de las zonas donde se realizarían las protestas. También recordó como aquellos que mostraban su rechazo a las medidas del gobierno eran arrestados. Se habían endurecido muchos las leyes de convivencia ciudadana para reprimir cualquier reclamación social en las calles por justa que fuese.

Un pensamiento negro, ácido, paso por su cabeza. Ahora allí no le sería difícil acabar con aquel cabrón que manejaba las vidas de los demás sin escrúpulos. Lo rechazo de inmediato ¡Que insensatez! No tardarían en detenerlo y ajusticiarlo. No había nada que hacer, se dijo. Cuando ya descartaba cualquier absurda idea, al ver el modelo de robot recordó que aquel estaba preparado para eliminar y retirar residuos biológicos vivos del tamaño de una vaca, y recordó un artículo que leyó donde organizaciones animalistas criticaron duramente unas pruebas de un droide  similar que acababa con una hiena en menos de dos minutos.

Eduardo había tomado una decisión. Dispuso el aparato de manera que en tres minutos un gusano informático cambiase la programación permitiendo la eliminación de cualquier tipo de residuo orgánico vivo, y cancelase los sistemas de protección humana ¡Tenía nivel como programador de sobra, y esta era la demonstración! Pensó, mientras torcía la boca en una media sonrisa. Una vez comprobó que todo estaba en orden, inicio la máquina y la condujo a la sala contigua. Abrió una puerta e hizo pasar al robot. Allí un hombre enjuto, de cabellos lacios miraba una pantalla echado hacia atrás en un lujoso sillón. Levanto la cabeza y lo miro con desprecio.
  • -          ¿Qué pasa? – más que una pregunta pareció un insulto, por el tono empleado.
  • -          Nada, hemos puesto en servicio el robot y va realizar su trabajo. – contesto Eduardo con voz tenue.
  • -          Bien, váyase y más vale que funcione de una puta vez.

Eduardo se retiro, cerró la puerta y se apresuro para recoger sus cosas. Enseguida la mujer de servicio le enseño el camino de salida. Eduardo nervioso y algo confuso tomo el ascensor de vuelta a la red subterránea de transporte.

Acelero el paso. No sabía si era por llegar antes a su nuevo punto de trabajo que ya marcaba el TWP en naranja o por alejarse de aquella locura que acababa de cometer. Un revoltijo de pensamientos encontrados se acumulaba en su cabeza. Un joven se acerco y le tendió un panfleto.
  • -   Compañero, con la ayuda de todos podemos derribar este sistema opresor, disfrazado de democrático. Mañana huelga general.
  • -          Gracias – y Eduardo recogió el papel.

Todavía no había pensado que hacer durante la huelga. El coste de un día sin trabajo, no solo era económico, algo que casi no se podía permitir. Las consecuencias que solían ir aparejadas eran mucho peores. Sintió un mareo y se detuvo junto a la pared. Notaba presión en el pecho. La cabeza a punto de estallar, y un frío húmedo por todo el cuerpo. La gente al pasar le miraba, pero nadie se detenía. Era lo inhumanamente habitual. Todos los que pasaban por allí iban con hora. Respiro hondo e intento tranquilizarse. Reanudo la marcha. Apago el TWP, a sabiendas de los problemas que aquella decisión iba a acarrearle. Hoy no haría más servicios y mañana tampoco.

Se sintió más aliviado. Al entrar en el andén un grupo de personas coreaba insultos. Portaban varias pancartas que exhibían mensajes contra las medidas laborales del gobierno. Al otro lado un destacamento de personal antidisturbios se preparaba para cargar. Pensó en volver sobre sus pasos, pero sus piernas le llevaron junto al grupo de manifestantes que le acogió con júbilo. Integrado como uno más se sorprendió, coreando a voz en grito frases como ¡Gobierno dimite el pueblo te lo exige! O ¡Hace falta ya, una huelga general!

Los antidisturbios se acercaban parapetados detrás de sus escudos, enseñando porras, fusiles de bolas de goma y pistolas eléctricas. El grupo se abrió y varias personas comenzaron a lanzar objetos. La respuesta fue instantánea comenzaron a llover pelotas de caucho. Los policías se detuvieron y comenzaron a golpear sus escudos con las porras, generando una sensación absolutamente bélica. Un pequeño grupo incendio varias papeleras y contenedores de residuos. Cayeron varios botes de humo y la atmosfera se hizo irrespirable. De nuevo los agentes reanudaron la marcha con mayor energía, lo que provoco una desbandada general. Una joven que había tropezado reclamo la ayuda de Eduardo a gritos. Este acudió a socorrerla. La muchacha lo vio derrumbarse justo cuando le tendía la mano.


Sol tras calentar la cena, comprobó que era algo más tarde de lo habitual. Deseaba ver a Eduardo, besarle, abrazarle, hacerle el amor, y sobre todo darle la buena noticia. Conecto el TWP a la pequeña pantalla mural para ver las noticias mientras le aguardaba. La presentadora del canal de noticias público terminaba de comentar la muerte del magnate y dueño de Work Corporation, en un desafortunado accidente doméstico. A continuación conectaban con un hotel céntrico donde una explosión había acabado con al menos ocho personas. Se sospechaba de un sabotaje en el sistema de climatización, y se tildaba de despreciable acto terrorista promovido por los extremistas que se manifestaban contra el gobierno. En seguida daba paso, a otro informador que desde el metro anunciaba como había sido abatido el presunto autor del atentado, unas horas más tarde, en una carga policial contra radicales tras ser acorralado junto a estos, cuando pretendían destrozar unas instalaciones ferroviarias. Fue posteriormente identificado como Eduardo Noriega, de treinta y cinco años de edad, con una autorización de trabajo que caducaba en dos meses, sin antecedentes penales, ni familia conocida, un “lobo solitario”, concluyo el periodista.