A
través de la pequeña ventana una luna tenue, distorsionada por la superficie
desigual del vidrio y la suciedad, se reflejaba en el edificio colindante. El
display del Teleworkpad se encendió mostrando las tareas del día, la primera
precalentaba el agua de la ducha, la segunda controlaba el pequeño dispensador
del desayuno. El ruido chirriante que comenzó a emitir hizo que Eduardo buscará
el dispositivo con rabia contenida. Aunque ya estaba despierto no pudo desconectar la alarma dado que su nivel de acceso no le autorizaba a ello. De
un manotazo paro aquel sonido desalentador, y continuo mirando aquella escasa
luna a través del ventanuco como si allí hubiera algo que le reconfortara, como
si formara parte de aquel sueño que se le negaba, cada noche, cada día.
Antes
de saltar de la cama, desde arriba de la litera miro para no caer encima de su
mujer, que aún remoloneaba con un antifaz puesto para evitar esa odiosa luz que
se encendía a las seis y treinta y dos minutos de la mañana sin faltar, dos
minutos después de sonar el despertador. Eduardo se acerco a Sol que se giraba
hacía él, mientras le ofrecía sus labios soñolientos y se desprendía de aquella
careta oscura.
- - Buenos días, mi amor ¿Qué tal has dormido?
- - Poco, me costó dormirme ¿Y tú?
- - Bien, ya sabes que soy de dormir poco – mintió como muchas otros días para no preocupar a su mujer.
Enseguida
el olor a café inundo el pequeño cuarto. Se trataba de un albergue de
trabajadores en el extrarradio de la ciudad, existían cientos organizados en
barrios. Allí se hacinaban miles de personas, sus remuneraciones no daban para
vivir en las cómodas y espaciosas viviendas de las ciudades periféricas, y los
precios desorbitantes de los inmuebles de la ciudad, destinados principalmente
a empresas y negocios comerciales, tan solo eran asequible para las grandes
fortunas.
Uno
detrás del otro pasaron por la ducha tibia de noventa segundos, que
puntualmente se desconectaba tuvieras jabón o no, lo que les obligaba a
ducharse muchas veces juntos, muy abrazados en aquella estrecha cabina.
Ambos
ya vestidos revisaban las rutas de trabajo y los horarios establecidos en sus
dispositivos de programación, tan solo disponían de quince minutos para subir a
un ascensor que desde la planta treinta y cuatro que habitaban les dejaría en
el tren subterráneo que recorría los diferentes barrios de alojamiento.
Mientras
apuraban el escaso café y un pequeño panecillo dulce que suministraba día sí y
día también el dispensador, Eduardo pensó en sus minúsculas vacaciones, diez
días al borde del mar, al leer las noticias que el sistema regularmente ofrecía
a las seis y cuarenta y cinco minutos. La noticia titulaba “El gobierno planea
un nuevo recorte de los programas de descanso vacacional”. Argumentaba un
déficit financiero para su mantenimiento, y esgrimía el problema de la sobre exposición
de los ecosistemas costeros en creciente deterioro, sobre todo desde la última
subida del nivel del mar que había reducido el número de kilómetros de playa en
todo el planeta.
- - Eduardo. Vamos ¡Hombre!
- - Si, si ya voy.
- - Venga que perdemos el transporte, y tendremos penalizaciones.
- - ¿Has pensado en lo que hablamos ayer?
- - Ya sabes cómo está la cosa, aún así lo pensare.
Una
vez en el andén Eduardo se despidió de su mujer con un suave beso en los labios
que demoro intencionadamente, como sabía que a ella le gustaba.
- - Nos vemos a la noche, cariño.
- - Luego hablamos por wasapp, vale. – repuso Eduardo cuando el tren se paraba frente a ellos.
Eduardo
busco el coche 7 que le dejaría en el hotel donde tenía que prestar sus
primeros servicios. Sol subió al número 5 que iría hasta el edificio
consistorial donde desde las siete treinta, y durante dos horas atendía las
necesidades de peluquería de concejales y funcionarios de los cuerpos de elite
de la administración del departamento nacional al que pertenecían.
El
tren iba abarrotado. Aquella era una atmosfera densa. No se oía ni un susurro.
Solo el lánguido siseo del vehículo magnético. Las ordenanzas de uniformidad de
horarios imponían horarios muy rígidos, y tan solos aquellos que tenían hijos
disponían de un margen de media hora para adaptar sus necesidades familiares.
Tener hijos era un proceso administrativo tan exigente, y los gastos tan
elevados que Sol aún no había querido abordar, a pesar de las sucesivas
demandas de Eduardo en el último año.
Sol
se despisto un poco pensando en ello, y cuando llego su parada dudo, casi se
queda atrapada dentro, el tiempo de apertura era muy riguroso y el sistema de
conducción automático poco flexible, en alguna ocasión había tenido que pagar en
moneda temporal los gastos de una demora por saltarse una estación y no llegar
en hora.
Eduardo
comenzó a moverse lentamente entre los pasajeros que se agolpaban en los
pasillos del vagón cuando su teleworkpad, o TWP como todos llamaban al
dispositivo de control laboral móvil, le alerto que su estación era la próxima.
A pocos metros del andén, en la boca de salida a la red subterránea que
comunicaba toda la ciudad, encontró el primer control policial. Estos cada vez
eran más frecuentes y exhaustivos, lo que obligaba a los viajeros a esperar
algunos minutos, y a tenerlos muy en cuenta para llegar en hora a sus puestos
de trabajo. La sensación que ofrecían aquellos controles era brutal, agentes
acorazados y armados con fusiles de asalto, perros agresivos, escáneres,
continuos cacheos y retenciones preventivas.
Su
primer servicio debía prestarlo en un hotel céntrico. Acelero el paso para
recuperar el tiempo perdido en el control policial. Ayudado de las cintas
transportadoras que cubrían toda la intrincada red de conductos viarios, y un
par de carreritas, alcanzo el ascensor de servicio que le conducía a la planta
cuarenta y tres. Allí debía realizar labores de mantenimiento de la
climatización. El TWP le señalaba las tareas correspondientes y la duración estimada.
Mierda
de máquina, murmuro para sí al comprobar que la programación horaria había
reducido el tiempo de trabajo en quince minutos. La semana pasada lo termino a
duras penas disponiendo de más tiempo. Abrió la sala de control con furia
contenida, pero el golpe fue tal que varias camareras se volvieron para
mirarlo.
- - Hola, la puerta estaba algo atascada. – se disculpo.
Las
dos muchachas apenas se pararon y continuaron con una ligera sonrisa, apretando
el paso. Conecto el TWP al sistema y comenzó la revisión rutinaria de
depósitos, conductos y válvulas de control de temperatura. Tras una hora y tres
cuartos de un complejo trabajo de supervisión, aplicando los protocolos
establecidos, y a sabiendas de lo critico que podía ser una mala calibración de
aquellos dispositivos tuvo que terminar ajustando una de las llaves
manualmente, sin utilizar el sensor de presión pues el TWP ya le avisaba de su
siguiente trabajo. Estaba harto de correr cada vez más, trabajar peor y cobrar
menos, y todo porque los tiempos de realización de cada uno de los trabajos, se
medían diariamente y se reajustaban periódicamente para reducir costes
laborales. Estaba hasta los huevos de correr más y cobrar menos, pensó.
De
nuevo dentro de un vagón abarrotado de gente, se estremeció al recorrerlo con
la vista y solo encontrar gestos de cansancio y, silencio. Apenas eran las diez
y quince minutos de la mañana. Sintió que aquel día se haría muy largo.
Eduardo
aprovecho los escasos diez minutos que tardaría en desplazarse desde la manzana
hotelera, al nordeste de la ciudad, hasta su siguiente destino algo más al sur,
el complejo financiero estatal, para enviar un mensaje. En el pedía una
entrevista con el supervisor de asignación de funciones. Llevaba tiempo
reclamando trabajos de nivel superior que conllevarían mayores retribuciones y
menos desplazamientos, sin respuesta alguna.
Tan
solo se demoro dos minutos en llegar al parking de limusinas donde prestaba su
segundo servicio, y tuvo que retenerse cuando ya levantaba la mano para lanzar
el TWP contra el suelo, al ver que emitía, en un rojo parpadeante, un mensaje
de sanción por retraso. Se presento ante el jefe de taller.
- - Buenos días. ¿Es usted, el responsable?
- - Sí, claro que soy yo. – contesto de manera bronca – Llevamos esperando cinco horas. Y en media varios vehículos deben salir.
- - Vengo, en el horario programado.
- - Claro, claro, ponte manos a la obra, y rapidito.
Eduardo
le miro de soslayo y se dirigió al coche que señalaba el capataz con la mano.
- - Este es el primero, en veinte minutos sale.
Cuando
termino tres horas más tarde con el último de los diez vehículos, respiro
profundamente. Miro el TWP y comprobó que disponía de treinta minutos para
comer. Busco la casa de comidas más cercana en el navegador y reservo un menú
del día. Las casas de comidas se encontraban ubicadas dentro de la red
subterránea de comunicaciones. Los conciertos de las empresas, a través de
compañías de bonocomensal, permitían a los trabajadores comer rápidamente, tras
las últimas medidas laborales aplicadas mediante copago. Sentado en una mesa
alta y longitudinal, junto a otras diez personas, Eduardo observo la comida con
desgana. La variedad era inexistente, la cantidad escasa y la calidad ínfima.
Sus tripas rugían. Cogió la cuchara para llevarse a la boca aquella espesa
crema de sabor indefinido que sabia siempre igual, y que ofrecía colores
distintos para cada día de la semana. A su lado un parroquiano removía el puré
con la cuchara como si esperase encontrar algo.
- - ¡Tienen el cuajo de llamarlo crema de verduras, esto no ha conocido, ni por lo más remoto una hortaliza!
- - Por lo menos podía ser de color verde o naranja – apostilló Eduardo.
Ambos
se miraron y sonrieron con desgana. El TWP vibró. Eduardo lo miró. Un mensaje
de texto procedente de Sol, anunciaba la pantalla. La cara de Eduardo se
ilumino. “Cómo estas cari? Estuve pensando. A lo mejor tienes razón. Hablamos
noche Bsss”. Una buena noticia en aquel jodido día, pensó. Eduardo cogió con
ganas cuchillo y tenedor, y zanjo de dos bocados el pequeño filete de carne, indeterminada,
a pesar del sugestivo título que lo precedía “solomillo de cerdo en salsa
americana”.
Antes
de salir con destino a su tercer trabajo, reviso el módulo de pagos para
comprobar el ingreso por cada uno de los trabajos realizados. La retención volvía
a subir según las fluctuaciones del mercado de primas de seguros sociales. Tampoco
había noticia alguna de la unidad de gestión laboral.
El
TWP señalaba su siguiente trabajo a varias manzanas de donde se encontraba.
Tenía quince minutos para llegar, cómo había tiempo decidió caminar. No por
disfrutar del paseo, pues todos sus desplazamientos se realizaban bajo tierra.
Las salidas al exterior en la ciudad suponían un pago de tasas, y pasar por
controles policiales. Casi ningún trabajador alcanzaba a ver la luz de sol
salvo para realizar labores que así lo requirieran. Todo tenía un límite y el
suyo había sido sobrepasado, pensó mientras marcaba el número destinado solo
para emergencias del TWP. Una operadora se puso al otro lado con urgencia.
- - ¿En qué puedo ayudarle?
- - Necesito hablar con el jefe de programación. Ha surgido un problema.
- - El TWP le identifica como Eduardo Noriega ¿Confirme su clave de sistema?
- - Tres, uve, zeta, cuatro, cero, dos, uno, be mayúscula.
- - Confirmo su acceso y traslado su petición.
Eduardo
caminaba esperando que su arriesgada maniobra sirviera para algo y no para
encabronar a los jefazos, que por otra parte ni conocía.
- - ¿De qué se trata, señor Noriega? – le interpelo una voz masculina de manera inexpresiva.
- - Llevo varios meses esperando una respuesta de los departamentos de recursos humanos a mi solicitud de ascenso a nivel laboral tres.
- - Señor, sabe usted que este no es el cauce y que no puedo atender esto. Buenas tardes.
- - Si no obtengo una respuesta, me niego a realizar el siguiente servicio. – se atrevió a afirmar Eduardo, sorprendido de su respuesta.
- - Esto es inadmisible su trabajo está programado desde hace días y el cliente le espera.
- - Usted decide o hablo con el jefe de asignadores, o vaya buscando a otro.
- - El planing indica que no hay disponible nadie más.
Eduardo
calló. Conocedor de su órdago le temblaba el TWP en la mano.
- - ¿Me escucha señor?
- - Sí, estoy en la puerta. Usted decide si subo o me quedo aquí.
- - Vale, vale, espere un momento – sugirió la voz anónima con cierta aprensión.
Trascurrieron
varios segundos que se le hicieron eternos a Eduardo.
- - Hola Eduardo, soy Jaime de asignación de servicios.
- - ¿Qué tal Jaime?
- - Creo que nos conocimos hace algunos meses en…. Bueno, dime qué puedo hacer por ti.
- - Veras mi mujer y yo queremos tener un hijo. Tú sabes los gastos que supone. Nuestros ingresos no son suficientes, y llevo meses tratando de hablar con alguien de una petición que curse, sin conseguirlo.
- - Desde aquí no podemos hacer mucho, puedo ponerte más servicios, de mayor duración y así…
- - Hombre, pero tú sabes que trabajo todos los días diez o doce horas, y realizo cuatro o cinco trabajos distintos para el consorcio de empresas de servicios no automáticos. Tengo cualificación como programador y analista contrastada para subir de nivel.
- - Te voy a ser sincero Eduardo, ayer mismo tuvimos una visita del accionista mayoritario del consorcio, nos anuncio la absorción del mismo por la empresa madre del TWP, Work Corporation, y que ello podría conllevar una ligera bajada de remuneraciones, incluso algún despido. Creo que no es mejor momento para tener hijos.
- - Llevamos así años, siempre pasa algo que…
- - Tú decides, sube o no a realizar el trabajo. Yo reportare tu petición no puedo hacer más. Adiós.
La
comunicación se interrumpió. Eduardo abatido cogió el ascensor. El wasapp
mostraba un mensaje de Sol “cari, t veo n casa. Estoy my contenta. Bsss”. Esbozo
una sonrisa y salió del elevador. Su siguiente trabajo era en el ático de uno
de los más suntuosos edificios de la ciudad. El sistema de limpieza reportaba
fallos de una vivienda.
Llamo
a la puerta. Al otro lado una mujer de raza negra miro el display de la consola
de control de acceso, confirmo la identidad del sujeto, y abrió la puerta.
- - Hola, vengo a revisar y reparar los robots de limpieza.
- - Buenas tardes, adelante. – la mujer se dio la vuelta – sígueme, por favor.
Tras
recorrer un largo pasillo que comunicaba las habitaciones de servicios
domésticos, llegaron a un amplio salón. Obras de arte, lujosas alfombras y
muebles de maderas nobles decoraban la estancia.
- - Hace dos días uno de los robots rasgo una de las alfombras, y creo que cuesta cada una de ellas más que el sistema de limpieza entero de la casa. – bromeo con una pequeña sonrisa la mujer.
- - Bien donde se encuentra ahora.
- - Esta desconectado tras aquella puerta.
Abrió
el armario, y un dispositivo de limpieza total de última generación de casi
metro y medio de altura apareció ante él.
- - Si necesitas algo pulsa el nueve en el intercomunicador. Te ruego que no hagas mucho ruido el señor trabaja en el despacho, justo al otro lado. - y la mujer se marchó.
Eduardo
cabizbajo, le seguía dando vueltas a su situación, conecto su TWP a la máquina.
Comenzaba el trabajo con retraso, y aun le quedaban dos más. Al otro lado
escuchaba voces, más bien gritos que pegaba un vehemente individuo. Al
principio no le prestó mucha atención pero tras escuchar varios insultos y las
palabras “consorcio de servicios”, pego el oído a la pared.
- - Estoy hasta los cojones de mariconadas y problemas con el dichoso consorcio, yo he venido a este mundo a hacer negocios no a promover obras de caridad. – mantenía el sujeto con firmeza y una voz potente que Eduardo escuchaba perfectamente. Tras una pequeña pausa. – Sabes de sobra que el TWP me ha llevado a controlar el mercado laboral, y gano un dineral gestionándolo. – se hizo otro silencio - Si, si ya sé que abaratar los costes laborales es lo que exigen las grandes multinacionales, y ellas pagan lo que gano. – una nueva pausa - El gobierno pisa por donde mean esos magnates. Vale muy bien. No pienso bajar esos costes, lo que no significa que renuncie a ganar más, tú ya me has entendido. Haz lo que tienes que hacer y déjate de ostias.
Eduardo
no podía creer lo que oía. Aquel hombre confirmaba lo que todos pensaban, y
nadie se atrevía a confesar. Existía un sistema podrido de enriquecimiento a
costa del trabajo de los demás, controlado por unos fríos y calculadores
ejecutivos.
Empezó
a desmontar el mamparo de acceso a las funciones de control del robot. Seguía
pensando en ello. Qué podía hacer él, un pobre hombre, un trabajador sin
influencias, sin contactos, sin nada ni nadie que no fuera su mujer, y su
distanciada familia. Encontró el problema, un fallo en el nivel de sensibilidad
de limpieza de residuos. Le daba vueltas la cabeza, estaba tan harto, tan
cansado. No veía futuro, no albergaba confianza en un mañana mejor, si alguien
no hacia algo y pronto. Mientras recalibraba el sistema y limpiaba algunos
sensores pensaba en las huelgas anunciadas para los próximos días, en aquellos
que arriesgaban su vida en ellas, y en cómo habían reforzado la seguridad de las zonas donde se
realizarían las protestas. También recordó como aquellos que mostraban su
rechazo a las medidas del gobierno eran arrestados. Se habían endurecido muchos
las leyes de convivencia ciudadana para reprimir cualquier reclamación social
en las calles por justa que fuese.
Un
pensamiento negro, ácido, paso por su cabeza. Ahora allí no le sería difícil
acabar con aquel cabrón que manejaba las vidas de los demás sin escrúpulos. Lo
rechazo de inmediato ¡Que insensatez! No tardarían en detenerlo y ajusticiarlo.
No había nada que hacer, se dijo. Cuando ya descartaba cualquier absurda idea,
al ver el modelo de robot recordó que aquel estaba preparado para eliminar y
retirar residuos biológicos vivos del tamaño de una vaca, y recordó un artículo
que leyó donde organizaciones animalistas criticaron duramente unas pruebas de un
droide similar que acababa con una hiena
en menos de dos minutos.
Eduardo
había tomado una decisión. Dispuso el aparato de manera que en tres minutos un
gusano informático cambiase la programación permitiendo la eliminación de
cualquier tipo de residuo orgánico vivo, y cancelase los sistemas de protección
humana ¡Tenía nivel como programador de sobra, y esta era la demonstración! Pensó,
mientras torcía la boca en una media sonrisa. Una vez comprobó que todo estaba
en orden, inicio la máquina y la condujo a la sala contigua. Abrió una puerta e
hizo pasar al robot. Allí un hombre enjuto, de cabellos lacios miraba una
pantalla echado hacia atrás en un lujoso sillón. Levanto la cabeza y lo miro
con desprecio.
- - ¿Qué pasa? – más que una pregunta pareció un insulto, por el tono empleado.
- - Nada, hemos puesto en servicio el robot y va realizar su trabajo. – contesto Eduardo con voz tenue.
- - Bien, váyase y más vale que funcione de una puta vez.
Eduardo
se retiro, cerró la puerta y se apresuro para recoger sus cosas. Enseguida la
mujer de servicio le enseño el camino de salida. Eduardo nervioso y algo
confuso tomo el ascensor de vuelta a la red subterránea de transporte.
Acelero
el paso. No sabía si era por llegar antes a su nuevo punto de trabajo que ya
marcaba el TWP en naranja o por alejarse de aquella locura que acababa de
cometer. Un revoltijo de pensamientos encontrados se acumulaba en su cabeza. Un
joven se acerco y le tendió un panfleto.
- - Compañero, con la ayuda de todos podemos derribar este sistema opresor, disfrazado de democrático. Mañana huelga general.
- - Gracias – y Eduardo recogió el papel.
Todavía
no había pensado que hacer durante la huelga. El coste de un día sin trabajo,
no solo era económico, algo que casi no se podía permitir. Las consecuencias
que solían ir aparejadas eran mucho peores. Sintió un mareo y se detuvo junto a
la pared. Notaba presión en el pecho. La cabeza a punto de estallar, y un frío
húmedo por todo el cuerpo. La gente al pasar le miraba, pero nadie se detenía.
Era lo inhumanamente habitual. Todos los que pasaban por allí iban con hora.
Respiro hondo e intento tranquilizarse. Reanudo la marcha. Apago el TWP, a
sabiendas de los problemas que aquella decisión iba a acarrearle. Hoy no haría
más servicios y mañana tampoco.
Se
sintió más aliviado. Al entrar en el andén un grupo de personas coreaba
insultos. Portaban varias pancartas que exhibían mensajes contra las medidas
laborales del gobierno. Al otro lado un destacamento de personal antidisturbios
se preparaba para cargar. Pensó en volver sobre sus pasos, pero sus piernas le
llevaron junto al grupo de manifestantes que le acogió con júbilo. Integrado
como uno más se sorprendió, coreando a voz en grito frases como ¡Gobierno
dimite el pueblo te lo exige! O ¡Hace falta ya, una huelga general!
Los
antidisturbios se acercaban parapetados detrás de sus escudos, enseñando
porras, fusiles de bolas de goma y pistolas eléctricas. El grupo se abrió y
varias personas comenzaron a lanzar objetos. La respuesta fue instantánea
comenzaron a llover pelotas de caucho. Los policías se detuvieron y comenzaron
a golpear sus escudos con las porras, generando una sensación absolutamente
bélica. Un pequeño grupo incendio varias papeleras y contenedores de residuos.
Cayeron varios botes de humo y la atmosfera se hizo irrespirable. De nuevo los
agentes reanudaron la marcha con mayor energía, lo que provoco una desbandada
general. Una joven que había tropezado reclamo la ayuda de Eduardo a gritos.
Este acudió a socorrerla. La muchacha lo vio derrumbarse justo cuando le tendía
la mano.
Sol
tras calentar la cena, comprobó que era algo más tarde de lo habitual. Deseaba
ver a Eduardo, besarle, abrazarle, hacerle el amor, y sobre todo darle la buena
noticia. Conecto el TWP a la pequeña pantalla mural para ver las noticias
mientras le aguardaba. La presentadora del canal de noticias público terminaba
de comentar la muerte del magnate y dueño de Work Corporation, en un
desafortunado accidente doméstico. A continuación conectaban con un hotel
céntrico donde una explosión había acabado con al menos ocho personas. Se
sospechaba de un sabotaje en el sistema de climatización, y se tildaba de
despreciable acto terrorista promovido por los extremistas que se manifestaban
contra el gobierno. En seguida daba paso, a otro informador que desde el metro
anunciaba como había sido abatido el presunto autor del atentado, unas horas más
tarde, en una carga policial contra radicales tras ser acorralado junto a estos,
cuando pretendían destrozar unas instalaciones ferroviarias. Fue posteriormente
identificado como Eduardo Noriega, de treinta y cinco años de edad, con una
autorización de trabajo que caducaba en dos meses, sin antecedentes penales, ni
familia conocida, un “lobo solitario”, concluyo el periodista.
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