1.
Muy mal ambiente
Hay días para olvidar. Días en los que no debería
haberme levantado de la cama. Días que podría confundir con una pesadilla. Este
había sido uno de ellos.
Según entre en la oficina, cansado y ojeroso, tras una noche "toledana", percibí que la cosa aún podría empeorar. La noche había sido un ir de aquí para allá, tras haber recibido un whatsapp del antiguo camello de mi ex novia, del que aunque parezca paradójico acabe por ganármelo para la causa, tras la última recaída de Laura. Relación que tras un largo y tortuoso proceso de desintoxicación habíamos dejado. En él me alertaba de que había vuelto a las andadas.
Allí estaba Juan sentado en mi mesa, con cara de dolor de muelas para entregarme un dossier de la compañía que últimamente ocupaba mis quehaceres laborales, para realizar otro análisis de riesgo ante una nueva licitación.
- Espero que tus andanzas nocturnas no te hayan dejado exhausto. El jefe lo quiere para mediodía, y esta vez no hay excusas que valgan. - soltó como un exabrupto mientras lanzaba el portafolio encima de la mesa.
- No es lo que tú crees. Los últimos trabajos me han costado algo más de tiempo pero han sido iguales o mejores que los anteriores. - intente disculparme sin entrar en detalles que no me apetecía hacer públicos.
- Venga Faus no me toques los cojones. El jefe te está calando, y ya no eres su niño bonito. - Estaba claro que quería hacer sangre, y yo no estaba para entrar en enconamientos personales o laborales.
- Al grano ¿Para qué hora has dicho? - solté mirándole no sin cierta mala leche.
Juan se levanto, se sacudió la camisa con ese típico gesto de limpiarse la mierda, y se marcho sin decir nada más.
Como todavía tenía que acabar dos análisis más. Decidí hablar con Roberto. Aunque desde mi llegada a la empresa habíamos sido uña y carne, la relación se había enrarecido, y le notaba que quería tomar cierta distancia conmigo.
-¿Qué tal Rober? Y Ana ¿Sigue tan guapa como siempre?- le dije con la mejor de mis sonrisas, que en aquellas condiciones sonaba a lamento lastimero, mientras me acercaba a su mesa.
- Hola Faus, todo bien. - me respondió con cierta desgana, casi sin mirarme.
- Veras Rober, tengo un apretón de trabajo y... - sin dejarme terminar me interrumpió.
- Ni los sueñes Faus, yo tengo también mis líos, y solo te acuerdas de mí cuando necesitas que te saque las castañas del fuego.
Adrian se acerco desde la mesa contigua, sin que nadie se lo pidiese. Yo ya
me temía lo peor, porque nunca habíamos congeniado.
- Mira tío, creo que eres un jeta. Te lo has montado muy bien. Has conseguido hacerte con los expedientes de relumbrón, y nosotros no hemos dejado de currar en lo que nadie quiere. Pero eso se ha acabado.
Entre el cansancio y la sensación de hostilidad que percibía empezó a removérseme el estomago, y la nausea se apodero de mi mundo y de mi razón.
2.
Increíble acusación
A la mañana siguiente nada más atravesar el umbral de
la oficina sentí como media docena de ojos se clavaban en mí, como finos
aguijones. Sin decirme buenos días, ni preguntar por mi estado de salud,
Roberto me indico que el jefe quería hablar conmigo inmediatamente. Enseguida
vi como se entreabría la puerta del despacho de Adolfo y con un gesto de mano
me indicaba el camino.
Cuando entre él ya estaba sentado al otro lado de la mesa, alisándose la corbata con gesto adusto.
- Buenos días, jefe. - dije mientras pensaba en el rapapolvo que me aguardaba por no tener el trabajo al día.
- ¿Como estas, Faus? No andaré con rodeos, primero porque no se darlos y segundo porque el tema me escuece personalmente. - no hacía falta ser muy perspicaz para notar que fuera a mejorar mi situación.
- Tú dirás. - me acomode para encajar mejor el golpe.
- Mira Faus he recibido varios correos con insultos y amenazas, el último ayer por la tarde. - me sentía observado como si esperase alguna reacción en particular.
- Y ¿Qué tiene eso que ver conmigo? - atine a decir no sin cierta extrañeza.
Se me quedo observando, cerrando los ojos como si quisiera penetrar en mis pensamientos.
- En el último hemos podido identificar el correo desde donde se mando. - hizo una pequeña pausa como esperando que yo dijese algo. - Y resulta que es el tuyo. - me quede noqueado, en algún momento de mi juventud había recibido un puñetazo y en ese instante reviví la misma sensación.
- No tienes nada que decir. - insistió no sin vehemencia y haciendo ademán de levantarse, para luego volver a sentarse.
- Esto yo, no sé que... no sé cómo..., es decir no creerás que yo iba a hacer eso ¿Verdad? - llegue a decir medio balbuceando.
- Yo ya no creo nada. - se aflojo el nudo de la corbata como si le
molestara. - Lo he puesto en manos de Recursos Humanos.
Nos despedimos con bastante aspereza, y salí de allí con una asquerosa sensación en la boca del estomago que me empezaba a ser familiar. Más que sentarme me derrumbe sobre la silla de mi puesto de trabajo intentando buscar algún sentido a lo que estaba pasando en mi vida. Repasando mentalmente de manera inconexa los últimos acontecimientos, sin encontrar significado a nada de lo que estaba viviendo. Así permanecí durante, lo que bien pudieron ser varios minutos, pero que mi reloj insistía en asegurarme que fueron casi dos horas.
Después recobrar algo de serenidad, y tomarme una tila de la máquina del pasillo, que además procede como laxante, decidí comprobar mi correo. Efectivamente, allí estaba un correo dirigido a Adolfo con un tono que superaba mis peores expectativas de mal gusto y de procacidad. Alguien había manipulado mi ordenador, y había enviado en mi nombre un correo para incriminarme en tamaña calumnia. ¿Quién? y ¿Por qué? Eran preguntas que se me agolpaban en la cabeza. Tanto que tuve que tomar un paracetamol, que evitó que el dolor de cabeza pasara a mayores pero agravo el revoltijo de estomago que venía padeciendo.
Haciendo repaso de quién podría haber accedido a mi ordenador, recordé que hace unos meses tuve que salir corriendo, y le pedí a Roberto que terminara un trabajo y lo enviara desde mi correo. Nuestra relación no atravesaba un buen momento, como pude comprobar el día anterior, pero no lo justificaba, ni tenía la percepción de que Roberto fuera capaz de aquella maldad. También recordé que Adrián fue el encargado del cambio de los sistemas informáticos que realizo recientemente una empresa subcontratada a tal efecto, y quizás pudo tener acceso, de alguna manera. A este sí que le veía capaz de aquello, y más. En todo caso acceder a un ordenador en estos tiempos, y con mi clave de alta seguridad "12345678", no se me antojaba muy difícil con lo que cualquiera podía haber entrado impunemente, y hacer cosas aún peores. Ahora empezaba a comprender la necesidad de un buen sistema de seguridad informático ¡Un poco tarde!
Seguía dándole vueltas a mi más que peliaguda situación, y no entendía nada. Había recibido varias felicitaciones por mis informes de las dos importantes licitaciones que me habían encomendado, en las que incluso mi jefe había participado de forma muy activa, hasta el punto que había sido agasajado no hacía ni un mes con una subida de sueldo. Bien es cierto, que tras el último expediente para nuestro más asiduo cliente, una toda poderosa empresa, mi jefe me había ordenado repetirlo hasta tres veces, al detectar un problema financiero que imposibilitaba la operación. En cuanto, a la relación con mis compañeros era la habitual, con unos mejor y con otros simplemente no la había. Aunque no podía desprenderme de la amarga sensación que me producía haber llegado el último y haber pasado por encima de mis compañeros, en algunas ocasiones olvidando los principios más elementales de la camaradería y el trabajo en equipo.
3.
A la calle
El día
siguiente comenzó en la misma línea. Cuando llegue a mi mesa, al otro lado
encontré a un hombre enjuto, bien afeitado, repeinado con la raya a un lado que
se agarraba con fuerza a un maletín.
- Buenos días, en que puedo
ayudarle. - me ofrecí nada más llegar, con la mosca tras la oreja, mientras me
sentaba.
- Buenos días, me llamo Benito Díaz,
tengo el encargo de Recursos Humanos de instruir un expediente contra usted por
un caso de acoso laboral. - me contesto del tirón, sin ningún tipo de
miramiento.
- Como ya le explique a Adolfo no
entiendo lo que está pasando, y desde luego no tengo nada que ver en ello. – me
sentí como en un interrogatorio donde debía negarlo todo, y a punto estuve de
solicitar un abogado. Me traicionaba mi gusto por el género policial.
- En todo caso vengo a informarle
que dispone de tres días para formular alegaciones, y que este tipo de falta
muy grave puede conllevar un despido disciplinario.- dejo entrever una mínima
sonrisa que me preocupo incluso más que lo que acaba de oír.
- A ver si puedo explicarle que
aunque el mensaje salió de mi ordenador, yo no lo envié. Pudo hacerlo
cualquiera. – seguía respondiendo a preguntas que no me habían hecho. Algo que
me estaba desconcertando sobremanera.
- Ya le he dicho que usted puede
hacer las alegaciones que estime oportunas. Las pruebas de que disponemos son
las que son, y no otras. – aquella afirmación me dejo helado. Empezaba a tener
la sensación que alguien había dictado sentencia.
Un silencio incomodo que me pareció
eterno se rompió cuando se levanto mi interlocutor.
- Aquí tiene mi tarjeta. Envíeme
cuanto antes sus alegaciones. Para no alargar el asunto en demasía. - extendió
la mano para entregármela. Tuve que agarrarla al vuelo pues ya se daba la
vuelta para marcharse.
- Adiós.
Y se marcho sin más, dejándome mudo y helado a pesar de los veintiocho grados que padecíamos en aquella oficina, en los prolegómenos del verano cuando aún no se ponía el aire acondicionado.
Y se marcho sin más, dejándome mudo y helado a pesar de los veintiocho grados que padecíamos en aquella oficina, en los prolegómenos del verano cuando aún no se ponía el aire acondicionado.
Después de lavarme la cara, intente
poner en orden mis ideas. La primera conclusión era que alguien me estaba
jugando una muy mala pasada, y la cosa podía dar conmigo en la calle. La segunda
era que ese “alguien” debía tener unos motivos. Y tercero, no debía ser alguien
ajeno a la oficina. Me estaba jugando mucho, y o daba con aquel malnacido o
nacida (no quiero utilizar un lenguaje sexista, aunque en mi oficina no haya
mujeres algo que nunca he entendido, y siempre he echado de menos), o acababa
en las filas del paro.
Lo primero que decidí investigar fue
quien podría estar en la oficina el día, y a la hora, que se envío el e-mail desde mi ordenador.
Gracias a una amiga de control laboral, y después de invitarla aquella misma noche
a cenar, y pasar un rato del que no entraré en detalles, pero me elevo la moral,
descubrí que a esa hora solo habían estado Juan y Adrian en el despacho. Al día
siguiente, con la excusa de recuperar trabajo atrasado me quede hasta tarde en
el despacho, y anduve fisgoneando. Primero en la mesa de Juan donde no encontré
nada que llamase mi atención. Después, y con más ahínco, repase minuciosamente
la mesa de Adrian. Accedí a su ordenador, gracias a la malsana costumbre que
tienen algunos de apuntar su clave debajo del teclado, algo que yo evidentemente
no necesitaba por raciones obvias. Procedí meticulosamente a repasar su correo,
y después de revisar la bandeja de entrada y salida sin encontrar nada que
arrojase luz a mis preocupaciones, abrí la papelera sin grandes esperanzas.
Allí pude leer un correo de mi jefe donde contestaba las quejas de Adrian por
darme a mí determinados trabajos, y a la postre haberme ascendido, teniendo
en cuenta que había cometido errores de bulto, y que él tenía mayor antigüedad
y experiencia en el despacho. Los términos que utilizaba no me dejaban en muy
buen lugar, y se despachaba a gusto con descalificaciones. Por otro lado mi
jefe tan solo daba acuse de recibo y “tomaba nota”.
Empezaba a pensar que Adrian era
algo más que un candidato a jugármela de aquella manera. Sobre todo por una
afirmación que a cualquiera podría poner sobre aviso “y si no ya tomare yo las
medidas oportunas para acabar con esta injusticia”, decía mi inefable
compañero.
Decidí volver a examinar esos
expedientes, donde según Adrian, había errores de bulto. Se trataba justamente
de los dos informes que me supusieron un incremento salarial notable, y donde
mi jefe se tomo un gran interés. Imagino que por tratarse de nuestro mayor
cliente. Tras aplicarme una coca-cola desempolve los dos dosieres, y tras un
largo y tortuoso repaso, llegue a una conclusión que me empezaba a dar una
pista de lo que podía estar pasando. Adrian tenía razón.
Con una enorme sensación de
inutilidad y de culpabilidad, abrí el último trabajo que había hecho de esta
compañía. Se trataba de aquel informe que tuve que repetir hasta tres veces y
que permanecía bloqueado porque había encontrado un problema financiero que
suponía un riesgo para la transacción. Mi jefe había insistido en que era igual
que los anteriores, y que no suponía ninguna aventura. Lo que descubrí me dejo
frío pero hizo mucha luz sobre el asunto. Había una coincidencia entre los tres
informes, en todos se daban las mismas condiciones, en los dos primeros yo
había dado mi beneplácito, y en el tercero no. En este último había hecho bien
mi trabajo pero nadie me había felicitado, más bien todo lo contrario.
Solo me quedaba comprobar una cosa,
y confirmar mis sospechas. Y sí, allí estaba, la empresa que subcontrataba
nuestro cliente figuraba en el registro mercantil a nombre del hijo de mi jefe.
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